Ayer lunes
he revisionado la película «Los vikingos» (Richard Fleischer,
1958).
Tony Curtis siempre me
ha parecido un gran intérprete: versátil tanto en libretos trágicos como en cómicos,
dotado de un físico grácil que lo hacía creíble en películas de aventuras y de un
atractivo que lo equilibraba entre lo galante y lo pícaro.
Hablar
de la mirada de Tony Curtis, de su
capacidad para transmitir emociones, nos habla de un ser dinámico que transmite
vida. Como hedonista que optó por deleitarse con vivir lo propio frente a limitarse
a representar lo ajeno, fue maldito por la misma industria que él engrandecía.
De ahí que una carrera de más de 100 películas se vea reducida habitualmente a
su participación en una única producción: «Con faldas y a lo loco». Película convertida en leyenda al converger en ella la calidad
técnica y la magia del azar.
Me solivianta
el encontrar reducida la trayectoria de Tony
Curtis al eco de un “Nadie es
perfecto” que ni siquiera llegó a pronunciar. Palabras abordadas en una
lancha rápida en la que él nunca llegó a navegar.
A este
restringir su carrera a una única referencia, a ese referirnos a su interpretación
usando referentes ajenos, unámosles un último agravio. Tony Curtis no guardaba buen recuerdo de esa película, en concreto
de su relación con la —para otros, que no para él— icónica Marilyn Monroe.
Irónicamente
no es el único.
Ni
como persona, actriz o amante logró en vida Norma Jeane Mortenson provocar un interés prolongado en quienes la
convivían. Una vez muerta, la evocación de su personaje de Marilyn aún embruja nuestros sueños.
Al
final Tony Curtis se vio atrapado en el laberinto de Hollywood. Siendo un
Teseo a la fuerza, que combatía al minotauro de la memoria selectiva para
acudir al rescate de la memoria de una Ariadna cuyos labios no busca besar.
Hoy me
desperté solo. Y me acurruqué pensativo en la cama antes de levantarme con galbana.
En lo que va da día no he dejado de pensar que, al vistazo de ojos ajenos, probablemente
mi vida perezosa tenga un paralelismo con la de Tony Curtis, mi trayectoria se reduzca a un único viaje. La
diferencia entre ese actor y este escritor está en que soy el Dédalo que
construye mi laberinto, el Ninotauro que acecha en él y el Ícaro que, para huir
de su autoreclusión en la fantasía, se acerca tanto al Sol que sus alas de
libertad se derriten al calor de la realidad.
Por
suerte, en mi salón no brilla el Sol, sino el televisor. A su luz se derrite el
barro de mi condición humana. Sin las limitaciones de la carne, me reencarno en
las fantasías que pueblan la pantalla. Ayer volví a navegar en el drakar de
Eric y besé a una Morgana cuyos labios sabían a frambuesa.
Ante
la realidad de un beso se derrite cualquier fantasía. Incluso un vikingo
errante necesita un puerto donde fondear su corazón. Tony Curtis sabía que el amor es el viento más favorable para
nuestras velas vitales.
#MiércolesDePelícula

