Los
datos que me identifican en el Registro Civil son fortuitos: soy sietemesino –por
lo que mi fecha de nacimiento es totalmente azarosa–, mi nombre bautismal no es
el que había sido planeado y el número de mi DNI podía marcar a cualquier otro
ciudadano.
Cada
vez tengo menos que ver con ese administrado al que identifican unos datos
burocráticos que son tan aleatorios como lo es mi capricho.
Puesto a elegir, prefiero sobrevolar mis experiencias al aleteo de la irracionalidad a sobrellevarlas bajo la gravedad de la sensatez. Cada vez estoy menos interesado en la cordura de una sociedad que no me estimula. De ahí que, incómodo en éste, prefiera vagabundear por mundos imaginados mientras lo transito: voy absorto, a lo mío, ensimismado...
Hoy me han reprendido por no seguir unas indicaciones policiales y no llevar conmigo el DNI, ni ningún otro documento de identificación.
Hacía
décadas que no volvía a casa después de haber recibido una regañina pública. A diferencia
de entonces, hoy no estaban mi madre ni mi padre para contarles lo sucedido. Me
pregunto si estaré obligado a hacer costar en el DNI mi condición de huérfano.
