Ven y enloquece

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lunes, 6 de marzo de 2017

Quizá las palabras que mejor hablan de mí


Quizá las palabras que mejor hablan de mí son aquellas que escribo o pronuncio de manera inconsciente, al igual que los actos que más me definen son los que realizo de forma involuntaria pero con carácter cíclico: como el mantenerme alejado de Internet cada dos por tres.

Puede que el que yo sufra un trastorno de déficit de atención sea la razón que explica la existencia de mi heterónimo escritor: “Nino Ortea”. Lo que tengo claro es que este déficit es la causa habitual de mis ausencias del blog que él firma.

Una persona con déficit de atención e hiperactividad debe crearse unas rutinas que lo alejen de la introspección en el caos. Yo no me acostumbro a anclarme a la realidad: al igual que de niño me gustaba faltar al colegio, lo que obligaba a que mi madre me siguiera para asegurarse de que asistía a clase; ya de adulto, casi viejo, sigo disfrutando con la sensación de libertad que me proporciona el obrar a mi capricho y salirme de la rutina.

Este placer por dejarme llevar por mis ganas me supone muchos problemas en el desarrollo de una vida en sociedad: dificulta el que mantenga un trabajo, hace que me aburran las relaciones de amistad o de pareja, y me aleja del contacto social. Mi mayor estímulo son mis “enninaciones”, nada me gusta más que entregarme a divagar y ensoñar.

Me conviene crearme una serie de rutinas diarias; hacen que cobre sentido del paso del tiempo y que interactúe con otras personas, incluso le dan un barniz de “normalidad” a mi vida. Pero me aburre el ser rutinario y previsible, de ahí que siempre me acabe saliendo de los escenarios de escenas cotidianas.

Escribo desde siempre: hasta hace apenas 20 años escribía en privado, sin hacerlo a escondidas no iba comentando que le dedicaba horas a escribir, ya que nunca había tenido intención de compartir mis enninaciones: sinceramente no pensaba que pudieran ser de interés ajeno. Pero en el año 1998, mí por entonces pareja me pilló en el acto, insistió en que le dejara leer mis cosas y luego me animó de manera vehemente a que nunca dejara de escribir. Nuestra historia acabó cercana a la histeria, pero siempre le agradeceré su confianza: se llama Sara, le puse su nombre a la protagonista de la primera novela que publiqué «Sara y el Robasueños».

Por muy conveniente que sé que me resulta el crearme la costumbre de publicar con asiduidad en el blog, por muy feliz que me hace leer los comentarios lectores que recibo, no puedo evitar el dejar de venir y enloquecer. Podría poner como excusa ciertos problemas o cambios temporales en lo personal, pero sería mentir: si no cuelgo textos en el blog, es porque no quiero, porque me parece rutinario y al leerme me encuentro repetitivo. Al igual que estoy escribiendo esta enninación como nota personal que cuelgo en un sitio público; y no lo hago para intentar excusarme por mi ausencia blogueística, lo hago por la necesidad de entenderme y autoayudarme a dejar de ser tan individualista en los actos públicos.