He aceptado ser visto como el bohemio, el
diferente o el raro para disimular mi miedo a que se me identificara con un
monstruo. Llegué a entender el rechazo ajeno como una nuestra de envidia; por
lo que lo azucé con pretendida indiferencia.
He disfrutado viendo cómo quien no me
respetó, me temió.
Al igual que acumulo libros o películas a
las que nunca me acercaré, he amontonado relaciones. Traté a las personas como
novelas que posas en un estante y crees que siempre estarán allí, donde las
dejaste, esperando a que las bendigas con tu atención.
Mi eterna huida adelante y mi pretendida
angustia vital, se sustentaban en un constante tener planes que mejoraban a lo
perdido: gente por conocer, libros por leer, excesos por descubrir… Si algo me
hacía daño, me quejaba hasta la náusea, y avivado por el rencor retomaba mis
vicios pequeños. Las decisiones de los demás eran ataques del invierno contra
la primavera de mi ánimo.
Hoy y ahora ha vuelto la primavera. La recibo
con ánimo.