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jueves, 14 de septiembre de 2017

Donde estaba, estoy

Atentos venyenloquecidos:
Sabed que no son ciertas estas quimeras que afirman que la razón de mi alejamiento de este blog está en mi nuevo confinamiento en la isla de Kong. Fui un calavera diletante y luzco una calvera radiante; pero lo que es estar, estoy en Gijón (aunque unos aseguren que estoy bien en la luna, y una me asegura bienestar en Venus).

En estos días estoy a lo mío: a fabular por escrito. Y lo estoy con ánimo de publicar lo establecido por mi fabular, de dejar un rastro estadístico de lo poco estático de mi imaginación. Dejo para los trostélidos el malestar de aburrirse, lo mío es estar siempre ingeniando algo nuevo (aunque se base en lo que ya está vivido)
A falta de uno, son tres los proyectos que estoy enninando: una antología de relatos –ya está acabada, y ahora estoy seleccionando los cuentos, ya que no quiero que el libro esté en más de 200 páginas–; una novela de misterio –éste es mi proyecto recreativo para este año 52 de la era ninoniana, mi reto está en ambientarlo en esta ciudad de Gijón–; y desde este fin de semana estoy ideando una colaboración en un proyecto establecido a ocho manos sobre Cine de la Europa del Oeste.

Aprovecho cuando puedo para estar fuera de mi sala de estar –ventajas de que me entretenga escribir, que si me gustara esculpir no podría estañar ni una minifigurita de Kong–, y disfrutar del bienestar de respirar aire fresco mientras estabilizo las neuronas.
Ayer estuve estabilizado en la playa de El Arbeyal, en el barrio gijonés de La Calzada. Fue una mañana soleada y ventosa –tal y como captura esta foto que acompaña a este juego insignificante de palabras con el significante “estar”–, la tarde fue venturosa y, a falta de sol, estuvimos en Venus.

Hoy tenía gracias de estar a tu lado. Gracias por tu compañía, amigo lector.

lunes, 11 de abril de 2016

Sin rastro en “El Rastro”



Mi endiablada Brujilda:
Ayer domingo de mañana tu despedida me hizo sentir un hombre de verdad, fue comentarte que al salir de tu casa me iba a acercar a “El Molinón” y tu empezaste a mirarme con la misma hambre estrábica con la que tus ojos devoran al tendero, al barrendero y sobre todo al butanero.
Tras un contraataque carnal con el que me pillaste fuera de juego y casi cometemos penalti, empezaste a tararear de manera repetida algo sobre un equipo “de rancia solera y brillante historial” de la que intentabas embutir tu cuerpo en una camiseta rojiblanca.

Mientras me maravillaba ante tu celebrar el ascenso de nuestra relación a la primera división, no dejabas de disculparte por no poder acompañarme; pero esta vez era verdad que venían tus padres a comer y tenías que preparar la comida.
Estabas tan contenta, imaginé que por su visita y por haber podido finalmente en esa camiseta cuatro números inferior a tu tallaje, que hasta me invitaste a acompañaros en el banquete familiar, por lo que me pediste que comprara pan de la que volvía a casa, pues lo que te quedaba lo habías usado para hacerme un bocadillo de esa longaniza que te regala el charcutero cuando yo no estoy de florero a tu lado.

Aún ahora me emociono, admito que soy de lágrima fácil, al recordar el ¡Puxa Sporting! con el que me despediste a grito vivo desde tu ventana. Fue entonces cuando casi me desmayo al comprender el error: tú creías que iba al partido de fútbol, cuando en realidad me encaminaba a la explanada del antiguo molino donde los domingos se celebra “El Rastro”, ese mercadillo de artículos de feria y de segunda mano al que tú no vas ni a rastras por eso de que no nos vean juntos en público.

Y es que en la noche del sábado me sorprendió no encontrar por tu casa ninguno de los veinticinco ejemplares dedicados –uno por cada mes que llevamos juntos– que te he regalado de mi impagable novela “Castigado a vivir”. Por pensar –que sí, que ya sé que no es lo mío–, hasta llegué a pensar que los habías tirado a la basura y algún trapero los habría recogido para malvenderlos. Sé que suelo desconfiar de ti y sin razones, pero ésta ha sido la más injustificada: pues miré y remiré, pero no encontré ningún ejemplar de mi libro ejemplarizante.



Luego de comprar el pan, que para algo que me confías no voy a olvidarlo, emprendí el camino de vuelta a tu casa entre un coro de lamentos de rojiblancos embufandados en pleno abril, que ser serán previsores ante los cambios del tiempo, pero también pesimistas frente a su paso, pues aseguraban no tener esperanza y sí certeza de que el Sporting bajará a segunda.

Lo que me faltaba: ¡además de desconfiado me acusarías de ser gafe! Me puse tan nervioso que empecé por devorar el panchón de pan y acabé por la bolsa de plástico. Fue tal la indigestión que me dio un sofocón. Me ingresaron por urgencias en el hospital para, después de hacerme un lavado de estómago, encerrarme en el frenopático.
Por suerte me he escapado esta mañana, aprovechando el descuido de un enfermero que quería que jugáramos a los médicos. En el móvil veo que tengo varias llamadas tuyas; como imagino que ya habréis comido supongo que no querrás preguntarme si compré el pan, sino cómo acabó el partido: pues perdimos, Brujilda, perdimos.

Y como veo que el heladero ha dejado su carrito a la puerta de casa, supongo que estaréis ocupados con vuestras cosas y no quiero molestaros, por lo que aprovecho para preguntarte como cierre a esta carta que cuelo bajo la puerta: ¿Puxamos esta nueche, ciñu mio, o tas enfurruñada connino?

Ninoskito

lunes, 4 de mayo de 2009

El caramelo en su boca


Joyce's Ulises? No way!
I lubricate my neurons reading Ven y enloquece, and dreaming about my one and only transformer: Nino Ortea!



Words never pronounced by:

Megan Fox

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