Hola:
Hoy
tampoco publicaré una entrega del cuentacuento de Zänder. Mi pareja lleva
pachucha toda la semana –un resfriado que, al igual que yo, no quiere
despegarse de su lado–, con lo que mi imaginación no ha levantado el vuelo y
está pegada a su piel.
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Fotografía
tomada hoy en Gijón, a las 9:45
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En
general este otoño ha sido poco productivo en lo blogueístico. Todos los planes
que tenía para venir y enloquecer a vuestro lado tras la autopublicación de «La gata vio al
asesino»
se han visto menguados por la realidad –realidad que no ha sido ingrata, pero
sí alterante–.
Llevo
casi dos meses trabajando de teleoperador. Lo que de por sí conlleva una buena
situación en lo económico, es también una actividad positiva en lo anímico: al
trabajar en equipo conozco a personas, y con ello mi curiosidad se aviva. Pero,
el trabajar frente a una pantalla cansa mi vista, aviva mi migraña y activa
otros malestares –mi cuerpo está desgastado como si tuviera 180 años, y no soy
un dragoncito como Zänder–.
Además,
la vida no se detiene y yo fluyo con ella: con sus obligaciones, mis devociones
y nuestros encuentros.
Aunque
no bloguee aquí ni en vuestros espacios –os pido disculpas por esto último–, sigo
ensoñando. Mi ánimo fabulador no se detiene.
La
próxima entrega dragoncera será la que cierre este cuentacuento, al que seguirán
otros ya en enero.
Durante
el primer trimestre del año que viene, mi autoeditorial Librelena
publicará la primera obra de autoría ajena. Proyecto ante el que estoy muy
ilusionado. Ya os iré informando, pero sólo quiero agradecer la confianza que
deposita en mí su autora: GRACIAS.
Confío
en que os encontreis bien. Os deseo lo mejor.
Una
vez más, os agradezco el estímulo de vuestra compañía.
Siempre
libre, siempre vuestro:
Nino.
