Hoy hace 20 años, España sufrió una cadena de atentados terroristas en los que fallecieron directamente 192 personas y casi 2.000 resultaron heridas.
Aquel
jueves, las noticias trágicas desbordaban la capacidad informativa de las
cadenas de radio. Apagué el receptor mientras empezaba a preparar la comida
para mi madre, convaleciente, y para mí –mi padre y hermana estaban trabajando–.
En el
comedor mi madre permanecía frente al televisor. Aterrada por lo que estaba
pasando, atrapada en la visión de aquellas imágenes aterradoras. Desoyó mis
invitaciones a que apagara el aparato y se uniera a mí en la cocina. Fui yo
quien se unió a ella en el comedor. Permanecimos sentados en silencio durante, calculo,
un par de horas. Recuerdo la frase con la que mi madre rompió ese silencio: “Me preocupa el mundo que os dejo a tu
hermana y a ti”.
Los
atentados del 11 M infectaron profundamente su ánimo. El lunes siguiente tenía
cita oncológica. Los resultados del análisis de sangre fueron por primera vez
negativos. Le suspendieron la administración del tratamiento paliativo que
estaba recibiendo. Suspensión temporal que se convirtió en definitiva dada la
progresión que alcanzó el cáncer en una semana. Pocos meses después falleció mi
madre: Elena. En parte fue una víctima colateral de esos atentados.
Veinte años
después, su hija y yo seguimos vivos. Mamá sigue latiendo en nuestros
corazones. Y, si existe ese Cielo en el que ella creía, confío en que al vernos
su preocupación no sea grande: el mundo sigue siendo cruel; pero en sus hijos
habita la ternura.
Amable leyente:
hemos vivido tiempos terribles y los hemos sobrevivido; hemos sufrido pérdidas
dolorosas y honramos el recuerdo de los fallecidos. Cuando el dolor ataca es
natural dolernos, cuando el recuerdo duele alivia el liberarlo. Nuestros seres
queridos, los vivos y los muertos, nos quieren libres de malos recuerdos; pero
no amnésicos del dolor compartido. Hoy hace veinte años fue un día nefasto, le
siguieron días horrendos y también estupendos. Si la vida fuera siempre una
fiesta, las fiestas –y probablemente la vida– no tendrían sentido. Vendrán días
felices, aunque el de hoy sea de melancolía.
¡Salud y
suerte!