
Titular e imágenes tomados de este artículo de la edición digital del diario “El País”. https://elpais.com/sociedad/2024-05-09/sanidad-quiere-poner-cerco-a-los-tranquilizantes-se-toman-en-exceso-y-se-cronifican.html
Encuentro
preocupante la manera en que hemos dejado que nuestro vivir en sociedad se
asocie a aceptar vivir bajo control. Nada más próximo a una pesadilla
orwelliana que el aceptar que cancelen nuestro pasado –nuestras vivencias–,
bajo la excusa de protegernos del daño que nos produce el recordar esas experiencias,
¿verdad, amable leyente?
En
«1984»,
George Orwell fabulaba sobre la
posibilidad de que se establecieran “ministerios de la Verdad, de la Paz, de la
Abundancia y del Amor”. En 2024, esa distopía es real. “If liberty means anything at all, it means the right to tell people
what they do not want to hear” –escribió George Orwell en su prefacio a «Anninal Farm (Rebelión en la granja)»
–primera novela que leí en inglés en edición no escolar–. Nada más cercano a
una realidad orwelliana que un sistema sanitario público en el que ante
cualquier síntoma de flaqueza ante el tiempo presente te recetan pastillas para
no soñar, como si fuéramos personajes decantados por una canción de Joaquín Sabina.
Nos
quieren tontos.
Eso
queda claro desde que entramos en el sistema –la educación nos deforma para
formarnos en el aprendizaje del “prietas las filas”–. Y, para rematar su
control, nos atontan con pastillas, con ansiolíticos para tenernos quietos ante
cualquier inquietud. ¿Cómo puede haber en España un problema de adicción a una
droga medicamentada bajo receta?
Muy
sencillo: cuando te la dan para paliar cualquier mal –incluso una migraña
crónica, como es mi caso–.
Grave
peligro corre quien cuenta lo que tiene en la cabeza a su doctor de cabecera.
Intentará adormecer tu ánimo, no paliar tu dolor. Y si rechazas esa medicación,
te echan del sistema de protección sanitaria. Y lo hacen por tu bien, para ver
si de una puñetera vez aprendes a dejar tu insolencia en casa y haces lo que la
buena doctora te ordena –en mi caso, kafkiano más que orwelliano, la doctorada
respondió a mi actitud reacia a la ingesta diaria de anisolíticos, que el
nuestro no es un país de chichinabo y no debía preocuparme por una adicción a
una medicación pautada, nunca me faltaría la dosis prescrita.
Por
suerte, el aprecio no se administra con pastillas sino que con actos, con
gestos como el que has tenido al leer esta enninación. Podrán quitarnos una
hora por vivir, pero no una hora de vivencias. Nos recetarán pastillas para el
colesterol, pero no para no soñar.
¿Insurrección,
aúuuu!
Anteriormente en: ¡Será por pastillas!