La enfermedad se ha cronificado. Aunque
es una molestia diaria, apenas una vez a la semana se convierte en dolor
incapacitante
Llevo desde 2014 fuera del programa
semestral de seguimiento neurológico: por dos veces me negué a seguir los
tratamientos de por vida que me habían diagnosticados (eran muy tóxicos y tengo afectado el hígado).
La solución que he adoptado, ante el abandono del sistema sanitario público, ha sido la de ir reduciendo mis interacciones sociales.
Al unirse a la migraña otra serie de
condicionamientos de mi salud, mi calidad de vida es baja (aislado y sin
estímulos). Mi mayor acto de escapismo es divagar mentalmente, convertirme en
Ícaro para no ser siempre Minotauro.
(Copia-pega
parcial y modificado de mi comentario a María que se puede leer en este enlace)
Titular
e imágenes tomados de este artículo de la edición digital del diario “El País”. https://elpais.com/sociedad/2024-05-09/sanidad-quiere-poner-cerco-a-los-tranquilizantes-se-toman-en-exceso-y-se-cronifican.html
Encuentro
preocupante la manera en que hemos dejado que nuestro vivir en sociedad se
asocie a aceptar vivir bajo control. Nada más próximo a una pesadilla
orwelliana que el aceptar que cancelen nuestro pasado –nuestras vivencias–,
bajo la excusa de protegernos del daño que nos produce el recordar esas experiencias,
¿verdad, amable leyente?
En
«1984»,
George Orwell fabulaba sobre la
posibilidad de que se establecieran “ministerios de la Verdad, de la Paz, de la
Abundancia y del Amor”. En 2024, esa distopía es real. “If liberty means anything at all, it means the right to tell people
what they do not want to hear” –escribió George Orwell en su prefacio a «Anninal Farm (Rebelión en la granja)»
–primera novela que leí en inglés en edición no escolar–. Nada más cercano a
una realidad orwelliana que un sistema sanitario público en el que ante
cualquier síntoma de flaqueza ante el tiempo presente te recetan pastillas para
no soñar, como si fuéramos personajes decantados por una canción de JoaquínSabina.
Nos
quieren tontos.
Eso
queda claro desde que entramos en el sistema –la educación nos deforma para
formarnos en el aprendizaje del “prietas las filas”–. Y, para rematar su
control, nos atontan con pastillas, con ansiolíticos para tenernos quietos ante
cualquier inquietud. ¿Cómo puede haber en España un problema de adicción a una
droga medicamentada bajo receta?
Muy
sencillo: cuando te la dan para paliar cualquier mal –incluso una migraña
crónica, como es mi caso–.
Grave
peligro corre quien cuenta lo que tiene en la cabeza a su doctor de cabecera.
Intentará adormecer tu ánimo, no paliar tu dolor. Y si rechazas esa medicación,
te echan del sistema de protección sanitaria. Y lo hacen por tu bien, para ver
si de una puñetera vez aprendes a dejar tu insolencia en casa y haces lo que la
buena doctora te ordena –en mi caso, kafkiano más que orwelliano, la doctorada
respondió a mi actitud reacia a la ingesta diaria de anisolíticos, que el
nuestro no es un país de chichinabo y no debía preocuparme por una adicción a
una medicación pautada, nunca me faltaría la dosis prescrita.
Por
suerte, el aprecio no se administra con pastillas sino que con actos, con
gestos como el que has tenido al leer esta enninación. Podrán quitarnos una
hora por vivir, pero no una hora de vivencias. Nos recetarán pastillas para el
colesterol, pero no para no soñar.
De repente un destello en la esquina derecha
de mi cerebro. Y ya no hay nada que pueda hacer; sé que ha vuelto y que lo ha
hecho para quedarse, para enredarme en su hilo con el que me arrastra a su
laberinto: en el que ya no soy un “ninotauro”, sino un Teseo que busca acabar
con el monstruo.
Se ríe en voz baja y sacude la
cabeza. Se acerca más suave que una sombra y más rápida que la luz. Sus brazos
me rodean y su lengua acaricia mis orejas:
“Estate quieto,
calma tu ira, calla tus quejas, mi Nino. No te resistas o no te amaré de nuevo.”
Obedezco. Me entrego. Permanezco quieto,
calmado, callado. Se que es demasiado tarde para escaparme. Sólo debo alejarme
de brillos, sonidos u olores para calmar su pasión. Ella se muestra celosa de que
la luz me deslumbre, de que otras voces me hablen, de que otros olores alteren
su aroma.
Ella me hace suyo, enmaraña mi vacío sensorial
en su madeja enervada.
Y cuando me desenreda, lo hace
lentamente: dejando rastros de su tela en mí, marcando el camino para su
regreso previsible e irrefrenable, diagnosticado e incurable.