lunes, 10 de junio de 2024

“¿Te acuerdas cuándo?” es la peor manera de comenzar una conversación



Me levanté esta mañana y descubrí que el sol que nos estaba siendo tan esquivo había venido a visitarnos. Me puse contento y empcé a cantar olvidando mi mal aliento:
"I'm gonna take you down, deep down to the frontline... (Deep down)"
Como buena mañana norteña, el cielo presentaba sus claroscuros, lo que me permitió salir con una chaqueta por alforja en la que guardar dos pares de gafas –prolectura y antisol–, un botellín con agua, un lápiz y una libreta –por eso de si mi divagar me acercaba a algún parnaso creativo–. Ahora que, pese a mi inmadurez, me encamino a hacerme viejo, suelo salir de casa tan equipado que en vez de irme de paseo parece que me voy a Borneo.
"Woke up this mornin', got yourself a gun. Your mama always said you'd be the chosen one." 
Estaba sentado, absorto en mis ensoñaciones, cuando alguien pronunció el nombre por el que figuro asentado en el registro civil. A la tercera citación, me di por aludido y miré al invocador, temiendo que fuera alguno de aquellos señores vestidos de chándal que merodeaban por el parque; y que me estuviera retando a echarle una carrera, por eso de quedar bien ante sus nietos.
Quien me habló era un antiguo compañero de instituto, que se había convertido en turista accidental de su antigua ciudad. La celebración este domingo de un atractivo partido de fútbol lo había atraído a Gijón antes de lo previsto.
Tras haberme recordado quién era (él), se olvidó de preguntarme cómo estaba (yo). 
"When you woke up this mornin' and all that love had gone."
Mis tripas empezaron a avisarme de que llegaba el momento de irme a casa, para no tardar en saborear la comida de desenlatada que debía recalentar. Así que rechacé la invitación del aparecido a ir a compartir unas sidras; y, tras desearle un buen día y un mejor regreso a su casa, me despedí sin mostrar intención de saber más de él y de sus treinta años de gloria que aún le quedaban por glosarme.
El desconocido se ofreció a acompañarme un rato, así que opté por tomar el camino de vuelta más corto. Me habló de forma apurada sobre su vida exitosa y de su glamurosa esposa, a la que me presentaría la próxima vez que nos volviéramos a ver. Llegados a mi portal, intentó seguir aireando éxitos, entre los que no estaba el de lograr atrapar mi atención.
"Your papa never told you about right and wrong."
A mi hambre de fiambre se unió la urgencia por ir hogaño al baño –que como ya no soy aquel alumno hirsuto de instituto al que mencionaba el desconocido, mi cuerpo cincuentón encuentra difícil frenar la micción–, así que tras una brusca despedida me fui sin tiempo para aceptar su sugerencia de intercambiar nuestros números de teléfono, que el muy alegre tenía toda la pinta de ser uno de esos hombres felizmente casados que no se cansan de mandarte por WhatsApp, a escondidas de sus esposas, videos de jovencitas gozosas de no estar unidas a él.

No sé por qué me acordé del fallecido James Gandolfini. Más bien de la psiquiatra que oía sin escuchar sus confesiones en la teleserie «Los Soprano». Quizá, al final, la vida sea un sueño; pero hay momentos en los que escuchar la de otros se convierte en pesadilla.

"Yeah, I know you, you just can't help yourself, yeah."

Gracias por escucharme/leerme, amable leyente.




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