Ven y enloquece

Ven y enloquece
Aunque este blog lo firme Nino Ortea, pertenece a quienes lo sentimos nuestro al leerlo.

sábado, 8 de mayo de 2010

La deliranza de Loquilandia 2/3



Obviamente, no estamos hablando de una traslación a imágenes de los “absurdos” que escribió Lewis Carroll hace 145 años. El intento sería imposible, como ocurre con la mayoría de los textos de ficción. En el caso de las aventuras de Alicia, toda tentativa de adaptación de sus capítulos conlleva capitular de la pretensión de fidelidad al texto. Lewis escribió sus dos “disparates” pensando en una lectora exclusiva —Alice Liddell— a quien remitió los manuscritos una vez finalizados, junto con unas cuidadas ilustraciones en las que el diácono reflejaba a Liddell en las ensoñaciones narradas. Fue ante la insistencia de otros lectores casuales del texto, que Carroll se planteo su publicación. Pese al proceso de adaptación editorial, las páginas conservaron los guiños privados y los encaros a personajes y lugares del Oxford donde escritor y musa vivían.



A este tronco narrativo localista e intimista, se une la foresta de la plasmación de una serie de temáticas —entre folklóricas y pseudocientíficas— muy presentes en la Inglaterra victoriana, como la existencia de un mundo mágico subterraneo donde no imperaba el puritano victorianismo exterior. Si a la mezcla de lo lírico y lo alucinado le añadimos la raíz matemática de algunos planteamientos, la prosa decadentista del autor o su regusto por la inmediatez creativa —apenas revisaba sus textos—, el resultado final es fascinante en su capacidad sugestiva; aunque laberíntico para quien lo recorra apegado a la realidad. Incluso muchos de sus coetaneos, incapaces de comprenderlo, lo relegaron a “lectura infantil” pese a su innegable ¿tono adulto? Otros, temerosos del componente de exaltación del concepto de “Libre albedrío” que rezuman sus páginas, buscaron enterrarlo en el olvido de la prohibición velada.



The Beatles, Tom Petty, James Joyce o T. S. Eliot han personalizado tributos a la Alicia ensoñada por Carroll. Ahora le toca a Burton, quien le da un tono épico-onírico a su revisitación al País de las maravillas. Pues al igual que perciben los personajes en Alicia, los espectadores sabemos que Burton ya había estado allí con anterioridad. Sus películas suelen ser relatos de personas que despiertan o aterrizan en un mundo extraño. Desde su reciente producción Número 9 (Shane Acker, 2009) en la que un muñeco de trapo despierta en un mundo postapocalíptico del que está llamado a ser su salvador, a Eduardo Manostijeras (1990) donde presenta a un héroe perfilado por ensueños y recuerdos, que se hiela atrapado en una cruel realidad, el director ha reflexionado sobre la necesidad de aferrarse a la Ilusión para mejorar la Realidad. Incluso su regresión a El planeta de los simios (2001) no deja de ser un acercamiento hiperbólico a la sensación de ser señalado como raro en un mundo poblado por rarezas.



Burton musicaliza su relato aliciense con una resonancia asonante del poema Jabberwocky, presente en A través del espejo. Jabberwocky es un título que se acabó convirtiendo en palabra traducible por “sin sentido” —dado el número de vocablos inventadas que usó Carroll en él—. Es un poema que ha inspirado otras inspiraciones, como la de Terry Gillian a cuya segunda película—La fiera del reino (Jabberwocky, 1977)— da título y comienzo. Y es una bella onomatopeya cuyas reverberaciones resuenan en productos tan diferentes como la serie Los Simpson o la saga de videojuegos Final Fantasy.

En su automorfismo creativo el relato burtonaino añade un conflicto entre el Bien y el Mal bastante difuso en la delizanza carrolliana, pero que imprime a la película un ritmo y unidad que son innecesarios en los dos libros inspiradores. Pues éstos no dejan de ser una antología de relatos sostenidos en microrelatos, lo cual hace conveniente una lectura pausada y recreativa de cada página. Lo que en Carroll es sugerente, en Burton es sugestivo. O quizás debería decir aquí que lo es el guión de Linda Woolverton, cuya plasmación del ying y yang épico se aleja del maniqueismo memotriz de decepciones como la reciente Iron Man 2.

Si te apetece un poco más de tarta, te sigo contando.

CRECER

DECRECER