Ven y enloquece

Ven y enloquece
Fotocomposición a partir de una imagen de Eva Green en la película “The Dreamers”

sábado, 8 de agosto de 2009

TdAp: Hijos del Paraiso IV b


Para “niños” como François Truffaut, la pequeña sala de proyecciones de Langlois fue una escuela y un paraíso.
La Cinémathèque era por entonces para nosotros realmente un lugar celestial, un refugio, nuestro hogar, todo. Había tan sólo, aproximadamente, cincuenta sillas, y teníamos la costumbre de no sentarnos, si no que de tumbarnos en el suelo, frente a la primera fila de butacas, especialmente en las películas populares”.
Truffaut era una especie de “huérfano”, nos presenta en Los cuatrocientos golpes, a Antoine Doniel, un vagabundo de ojos tristes que tan sólo se encuentra cómodo en las calles. El padre y la madre de Doniel se ven atrapados en un matrimonio sin amor, y se alejan de su vida.
Los cuatrocientos golpes fue una obra que me alteró los sueños, no porque mis circunstancias y entorno fueran los mismos que los de Doniel, sino que porque las circunstancias y entorno importaban muy poco —los dos éramos niños soñadores, camaradas a nuestra manera, sonámbulos que no podían ganar—. Cualquier cosa que Doniel hiciera, resultaba mal. Ni tan siquiera podía robar con mucha tranquilidad.
Se apodera de la pantalla porque en realidad no tiene antepasados. Su madre y su padre no importan. Antoine Doniel es un hijo del Cine, “nacido” dentro de cada imagen de la película, al igual que ocurre con la mayor parte de los personajes fílmicos. Pero nosotros sentimos en mayor medida su aislamiento, su soledad existencial, como la de nuestro siglo, que nos ha convertido en vagabundos y soñadores —hijos del Cinematógrafo, desvalidos de alguna manera profunda— porque nos hemos desplomado sobre el mundo en una época de despiadada migración; en la que los países han sido creados, condenados y vueltos a crear; pueblos enteros se han desvanecido; dictadores han gobernado y muerto, han surgido y desaparecido linajes reales; incluso nuestro planeta parece haber sido deformado; y encontramos nuestras identidades ocultas, nuestros ojos encantados, posados una y otra vez sobre las pantallas de un ciento de salas de cine.
Culpen a Jen-Pierre Léaud. Él es el mocoso que escogió Truffaut para interpretar a Antoine Doniel, y da vida a Antoine con tal infinita tristeza que nos deja cicatrices en nuestros cerebros. Él es Antoine Doniel. Se convirtió en el “doble” de Truffaut en una serie de películas que siguieron a Antoine desde las calles de París a un reformatorio y a un campo de instrucción militar, donde es licenciado con deshonor... al igual que François Truffaut.
Truffaut dedicó Besos robados, su segundo largo sobre Antoine, a Henri Langlois y a la Cinémathèque Française.
Él es el director que más cercano parece a Langlois, no en términos de estilo cinematográfico, porque Langlois no prefería ningún estilo, ni por compartir la locura hacia las películas norteamericanas, y hacia el Film Noir en particular; si no que porque al contrario que Godard, Alain Resanáis, o Claude Chabrol, los otros “niños del paraíso”, él no tenía un hogar. Era como un enfant sauvage que vivía en los cines y en las calles.
Fue enviado a la cárcel por delitos cometidos en su juventud “por robar aldabas metálicas”, y ya trabajaba en una fábrica cuando tenía quince años. Se convirtió en un feroz joven crítico de Cahiers du cinéma, atacando frecuentemente a los directores franceses coetaneos, por mostrar poca substancia y ningún tipo de sello. Pero fue en la Cinémathèque donde encontró su orientación.

1 comentario:

  1. Nino, un post muy interesante lleno de muy buenos directores y muy buenas películas que hay que paladear y descubir poco a poco, sin prisas. Y Truffaut tenía razón, es imposible que Langlois no muriese de tristeza ante tal serie de acontecimientos desgraciados.
    Saludos estimando Nino
    Nos leemos

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Hola, gracias por tu tiempo de lectura.