Ven y enloquece

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miércoles, 1 de febrero de 2017

Añorados años dorados

Mi apreciado Amedio:

Confío en que la vida continúe sugerente por la Isla de los Calaveras. Por favor, transmítele todo mi aprecio a Congchita.

Aquí en Ninópolis casi todo marcha con una tranquilidad cercana a la monotonía, y yo, como buen aprendiz de simio, me siento cómodo con todo lo mono: ya no busco la vida en estéreo y me alejo de las dobleces sociales, intento mantener mi rumbo ajeno a lo que reproducen a mi derecha o a mi izquierda.

Este lunes 30 de enero supe de la muerte de la imperecedera Paloma Chamorro, inmortalizada por los ahora cincuentones en tantos recuerdos de la edad dorada de nuestra juventud. En cuanto escuché la noticia de su fallecimiento, me sobrevino la evocación de una noche maravillosa de San Isidro –vivida con la intensidad de mis 19 años en aquel mayo de 1985– en la que disfruté del concierto de The Smiths en un Madrid que en el que a mí me desbordaba el roma.

Hasta tal punto llegó mi embriague de evol que perjuré que había estado al lado de Paloma Chamorro en una de las veces en las que me acerqué a una barra de bar a pedir dos medias de Mahou; pero luego supe que la periodista había estado todo ese tiempo junto a la unidad móvil de TVE que retrasmitía el concierto. Es curioso cómo la plenitud de una vida ajena puede quedar reducida a unos instantes nunca compartidos en vida, pero revividos en el recuerdo.
Paloma-Chamorro

En mis años de juventud, mi querido Amedio, era más humano y menos primate, de ahí que confundiera la seducción con el engaño, y no confiara en el atractivo de mi verdad. De esa inseguridad nació el que fingiera un interés por oír tocar a The Smiths, cuando en realidad sólo me interesaba escuchar como ella me miraba al corear «This Charming Man».



Aquellos años 80 fueron los primeros de sucesivas décadas en los que encontré fascinante el entregarme a las imposturas y a los excesos. Aquellos años 80 fueron tiempos de descubrir sentimientos que sólo valoro ahora que los reencuentro prendidos a recuerdos que hablan de ausencias. Tanto aquellos años desvividos, como estos sobrevividos, fueron y son tiempos para enloquecer. Pero cuando pienso en entonces, en aquellos días de noches salvajes, no puedo evitar el musitar:


Morrissey

Tengo que dejarte, mi apreciado Amedio. Da recuerdos a todos mis compañeros en la Isla de los Calaveras.

Ojalá estuviera allí.

marceNino

8 comentarios:

  1. Es muy cierto es que dicen de que " pase lo que pase, al final lo que queda es eso que nos hace sentir"

    Y sentimos ...Es ver, escuchar, escribir, vivir e incluso imaginar.

    Mi abrazo de luz a tu luz, Siempre

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    1. Buenos días, AtHeNeA:
      1. Sí, creo que sentir e imaginar son las dos acciones que nos llevan a muchos a escribir. Las interacciones de la vida real sobre la ensoñada nos hacen fabular una vida alternativa. El estímulo sensitivo es lo que me lleva a leerte, AtHeNeA.
      .
      Un abrazo.

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  2. Esos años que mencionan fueron para mi, en cambio los más "responsables" o con mas cargas, a destiempo unas y otras a contratiempo vamos aprendiendo a desaprender ciertos hábitos ...

    Un abrazo Nino

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    1. Buenos días, MaRía:
      Por suerte no somos robots, somos individuos, por lo que nuestra vida no sigue un orden programado, sino un desarrollo natural. Con suerte, ese desarrollo se basa en experiencias solitarias y en viviencias compartidas, no en códigos de normalidad social.
      Las experiencias y vivencias es aconsejable que lleguen a su tiempo vital, que no es siempre el cronológico. Ahora vivo como puedo, y de lo ya vivido sólo me arrepiento del dolor que en otros causó mi desvivirme.
      Un abrazo, MaRía.

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  3. Recuerdo quedarme hasta las tantas viendo su programa y luego comentarlo con mis amigas en el insti. Besos

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    1. Buenas tardes. Ángela:
      “La edad de oro” fue un programa libre, un reflejo de una España que combatía con creatividad sus miedos. Podía gustarte o no el contenido de sus programas, pero era innegable que no me resultaban aburridos. De aquella iba a la universidad, aunque me quedaba en la cafetería pues allí era donde se respiraba la atmósfera efervescente de patio de instituto.
      Un abrazo, Ángela.

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  4. Aunque el mono sea muy aburrido, seguirlo es una de las decisiones más sabias que existen. Llegar a eliminar dobletes es una de las tareas más duras de la vida, pero también de las -aunque suene cursi- más purificadoras y además no tiene vuelta atrás. Es como quedarse con el cogollo de la lechuga, jajajja.


    MUUUUUUUUUUACS

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    1. Buenos días, Verónica:
      Hacer el mono está muy bien; más que serlo, prefiero estarlo ocasionalmente ante ojos que me encaprichan.
      La naturalidad para eliminar dobleces es uno de mis factores mutantes, es un rasgo que me diferencia de mis teóricos iguales: de esos “lechuguinos” que se despersonalizan para ser aceptados, y que te critican por ser diferente sin necesitar de recurrir a imposturas.
      Un café y mil abrazo, Verónica.

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Hola, gracias por tu tiempo de lectura.