Pink Floyd- Another Brick In The Wall
//Sub Español
Por mucho que
me guste embellecer el trastorno de déficit de atención que sufro y recurra a
llamarlo “capricho”, soy consciente de que mi comportamiento tiene mucho de
gravamen y poco de antojo.
No recuerdo cuándo me vi obligado a autoimponerme un orden cotidiano que me sacara de mi pertinaz asimetría efervescente. Imagino que fue en algún momento cuando tenía entre los cinco y seis años, a lo largo del curso de párvulos: quizá todo empezó en alguna de esas mañanas en las que se nos mandaba colocarnos por orden alfabético antes de entrar en clase y yo solía alejarme de la formación para acercarme a cualquier cosa que me llamara la atención.
Castigos físicos, humillaciones públicas, intentos de convencer a mis padres de que era un “retrasado” y debían sacarme de esa escuela para ingresarme en un centro especial… El personal docente del Colegio Nacional Jovellanos recurrió a métodos atropelladores en su fogosidad por enderezarme. Según fui aprobando cada curso, fue evolucionando el grado de descalificación personal que sufría.
Lo más llamativo de ese abuso docente fue que no era un niño violento o problemático, pero el hacer las cosas de manera diferente a cómo se me ordenaba –debido a mi estado de despiste– y la seguridad que mostraba frente a sus desprecios –al saberme querido por mis padres– hicieron que mis profesores me denostaran como un alumno rebelde.
Por otro lado hay un factor sociopolítico muy determinante para lo que ocurrió: mi etapa escolar transcurrió durante los últimos años de la dictadura franquista y el arranque de la Democracia en España, en una etapa (de 1970 a 1979) en la que a los colegios “públicos” aún eran acreditados como “nacionales”, y el personal docente de la escuela a la que asistía estaba conformado en su mayoría por maestros de edad avanzada y de mentalidad retrógrada.
La lucha sigue pese a las pérdidas y a las derrotas. Va a hacer dieciocho años que falleció mi madre. Recuerdo con emoción cómo se encaminó hasta ese colegio con mi tarjeta de Selectividad para “metérsela por las narices” al director del colegio que había avalado la conveniencia de que yo dejara de estudiar y aprendiera un oficio.
Mi lucha es la
misma en la que combatió mi madre: es la lucha eterna, desde que el ambicioso
Caín mató al idealista Abel, por demostrar la valía de todos aquellos a quienes
los mezquinos marginan por “inútiles”.
La que cuento
es mi Historia, las que fabulo son nuestras historias: las de quienes
ambicionamos felicidad y no poder. Mientras tenga voz, hablaré; mientras tenga
voluntad, escribiré.
En la vida soy
Nino, ante el teclado soy Nino Ortea. Frente a los miserables, no tengo pena ni
olvido.
Tu atención al
leerme compensa mi distracción y estimula mi ánimo.
Gracias, amable
leyente.