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domingo, 25 de junio de 2017

La mirada del observador 01 (I love how you love me)

Mi debilidad brota ante lo ajeno. Presenciar el sufrimiento de otros me altera. Observar la belleza me calma.


Una de mis debilidades recreativas es la impronta de David Lynch. Recuerdo lo mucho que me desconcertó la fascinación que ejerció en mí su película “Terciopelo Azul (1986). Ya con anterioridad había visto dos de sus films –“El hombre elefante (1980) y “Dune (1984)–; la primera me había parecido robusta, y la segunda me resultó curiosa; pero ninguna de ellas sugestionó mi ánimo espectador más allá de la pantalla. Con “Terciopelo Azul me sentí culpable al comprobar cómo había cautivado mi ensueño un relato sobre degradación y abuso.
En mis años universitarios me pasaba las horas viendo películas o charlando sobre ellas. Creo que “Terciopelo Azul fue la única película que silencié durante esa época lenguaraz. Y la silencié pese a ser una de las producciones más habladas del año, dada su alta valoración crítica y a su relativo éxito comercial. Aunque, ese éxito fue en gran medida ajeno a la calidad del film, ya que la película fue burdamente comerciada sobre el encanto carnal de Isabella Rosellini, ignorando su elaborada interpretación, lo que hizo que muchas personas acudieran a verla con la idea de encontrarse con una versión “rarilla” de la película Nueve semana y media (1986, Adrian Lyne)–. Por desgracia, mientras que David Lynch alcanzó con esta película una reputación cinematográfica que se ha mantenido impoluta pese a su desinterés por cuidarla, Isabella Rossellini fue reducida a la condición de meretriz con ínfulas de actriz.
No me atrevía a recomendar “Terciopelo Azul, ya que me inquietaba dar voz mi fascinación ante una historia tan turbia –si no hablas de algo, quizá ese algo deje de existir–; por lo que me limitaba a contestar con evasivas cuando se me preguntaba por el film interpretado por Rossellini. No fue hasta unos años después, en algún momento entre enero y febrero de 1991, que volví a ver “Terciopelo Azul. Y lo hice en compañía de mi enloquecedora compañera en la loca aventura del matrimonio; quien había empezado a caminar a mi lado por el fuego nupcial justo un mes después de que la teleserie “Twin Peaks –creada por Mark Frost y David Lynch– se hubiera estrenado en España.

A aquella primera temporada la siguió una segunda, menos atractiva y más sugerente. Y luego nada… O, mejor pensado: y luego nadé por veinticinco años de risas y llantos, de sorpresas y sustos. Años oscuros recordados con luz gracias a mis esporádicas muestras de debilidad ante lo ajeno.

Va a hacer siete semanas que se ha estrenado la tercera etapa de “Twin Peaks. Donde, de nuevo, el sólido trabajo de Mark Frost en el guión de cada episodio le permite a David Lynch recrear secuencias que nacen en su cabeza borradora de toda vulgaridad. Secuencias donde lo mismo fluctúa del enrojecido “no estar” al humeante “no ser”, que captura de la esencia de la BELLEZA, encarnada en la primorosa expresividad de Amanda Seyfried. Aquí os dejo el enlace videográfico con el minuto de belleza inmortal que asparece casi al final del quinto episodio de esta temporada en emisión.


Tras compartir a “vuelablog” esta “enninación”, vuelvo a la relectura absorbente de la novela “The Eye of the Beholder”, escrita por Marc Boehm. En algún momento de lo que queda del día reveréTerciopelo Azul, y mañana retornaré a “Twin Peaks”.
Gracias por tu compañía, Atentolector, I love how you love me.

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