Aviso a blogueantes: se avecinan cambios.
Me encuentro en una intersección
creativa. No sé bien qué camino tomar, pero no será el habitual. Tengo dos
novelas empezadas, varios relatos por culminar y bastantes textos a medio
escribir para este blog –esto último es habitual, ya que muchas veces no sé
convertir los destellos de inspiración en figuras creativas, y los relego a
sombras–.
Para salir del bloqueo al que me
reduce el encontrarme en esta encrucijada me planteo tomar un camino diferente,
que empieza por asumir un heterónimo que no sea el de Nino Ortea –mi intención
no es condenarlo a la sombra, pero sí que quiero sacar a la luz otras
personalidades literarias–.
No me apetece escribir siempre de la
misma manera. No quiero ser uno de esos autores de innumerables libros pero de
una única obra. Y es un hecho que amanero lo que firmo con mi, hasta el
momento, único seudónimo. El que esté escribiendo esta introspección sobre un
tema reiterativo en el blog –“Nino ante
Nino Ortea”– es prueba de ello.
Creo que el problema en el desarrollo
de mi personalidad literaria está en las restricciones a las que la somete mi
persona. Si quiero avanzar como
escritor, necesito liberarme de las sombras que mi ser proyecta sobre mi
personaje creativo. Pero no sé cómo hacerlo. No puedo recurrir a
estimulantes químicos para liberarlo. He intentado escribir en lugares
distintos, redactar a horas prefijadas o hacerlo en horas brujas. Pero mi
heterónimo sigue escribiendo con alguno de los registros previsibles. Y más en
cuanto corrijo lo que escribe, ya que esta función la realiza mi parte
consciente.
El que recurra a la escritura
automática y a la publicación directa de esos automatismos tampoco es solución:
cuando me posee la voz creativa mi discurso es tan intenso como impuro, diría
que es de temperamento febril.
Confío en encontrar la manera de
escribir pronto algo que me parezca una innovación en lo creativo. Si cuando
hablo puedo modular mi voz, también puedo hacerlo cuando escribo.
Se acercan
cambios, para mejor.
Gracias por tu compañía en este
divagar, amable leyente.
Por cierto, la palabra “sombra”
siempre me acaba evocando a Javier Solís.
