Hay momentos en los que conviene mirar hacia atrás sin
ira, contradiciendo al escritor John
Osborne, para apreciar el camino recorrido. Momentos como esta mañana
soleada, en la que parecen tan lejanos los ataques del invierno del desencanto
contra la primavera de mi ánimo.
Navidad es tiempo de anhelo.
También lo es de añoranza; de evocar tiempos pasados y honrar a las personas
ausentes. Pero, ante todo, Navidad es tiempo de esperanza. Y espero que los tiempos
que vienen, aunque comenzarán como difíciles, acaben siendo esperanzadores.
Todo mi amor por los
ausentes y aprecio a los presentes.
Nino
Ésta va por mi padre: Marcelino.
Vicente Fernández - El Rey (En
Vivo)[Un Azteca en el Azteca]
Hoy se cumplen
catorce años del inhumano atentado islamista en Madrid que causó 192 fallecidos
y 1.857 heridos. Recuerdo bien aquella mañana del 11 de mayo de 2004. La pasé
en gran parte sentado junto a mi madre y frente al televisor. Las noticias eran
cada vez más descorazonadoras. Los dos guardamos silencio la mayor parte del
tiempo, más allá de exhalar algún lamento. Mi madre, gravemente enferma, rompió
ese silencio para decirme:
Nino, me
preocupa el mundo que os dejo a tu hermana y a ti.
Hoy, catorce
años después de ese atentado inhumano, me siento culpable al apreciar consuelo
en pensar que mi madre ya no puede preocuparse por este mundo inmundo.
Hoy se cumplen
dos años desde que la Organización Mundial de la Salud declaró la pandemia de
COVID-19. Por suerte, mi hermana y yo nos hemos mantenido incólumes al contagio
del maldito coronavirus. Pero nuestro ánimo sí que se ha infectado de desánimo,
ya que de qué sirve el estar tú bien cuando tantos en tu entorno están mal.
Ésta es una pregunta que mi madre me inculcó que debía plantearme para así
evitar alegrarme al no verme afectado por males que aquejaban a la mayoría de
mis compañeros de aula:
Nino, ¿de qué
te vale que a ti no te castiguen sin salir al patio, si tus compañeros sí lo
están y no tienes con quien jugar?
A mi madre le
preocupaba el bienestar social. Quizá por eso admiraba a las personas que
hacían posible un presente mejor. Para ella, los héroes no eran los guerreros,
sino que los bienhechores: personas como Alexander Fleming, científico cuya
escultura en el Parque de Isabel la
Católica nos llevaba con frecuencia a visitar. Los científicos que han
desarrollado las vacunas contra la COVID-19 figurarían en su devocionario. Por
eso aparecen en los de su hija e hijo.
Hoy se cumple el decimosexto
día del proyecto exterminio que el ejército ruso lleva ejecutando contra la
población ucraniana. Mi madre se habría sentido “ucraniana” ante esta
aniquilación; y así es cómo nos sentimos su hija e hijo.
Hoy se cumplen
treinta años del estreno de la película «Volver a empezar».
Mi madre fue a verla con su amiga Adelina
al teatro Arango. Recuerdo que volvió a casa recomendándonos ver el filme, ya
que –aunque la podíamos encontrar un poco “lenta”– nuestra ciudad salía muy
guapa en ella y los actores eran estupendos. Su hija e hijo volveremos a ver «Volver
a empezar» esta noche.
Hoy, como siempre, me
acuerdo de mi madre y lo hago con una sonrisa de esperanza mientras escribo
este texto en un tiempo de desesperanza.
Me encuentro en una intersección
creativa. No sé bien qué camino tomar, pero no será el habitual. Tengo dos
novelas empezadas, varios relatos por culminar y bastantes textos a medio
escribir para este blog –esto último es habitual, ya que muchas veces no sé
convertir los destellos de inspiración en figuras creativas, y los relego a
sombras–.
Para salir del bloqueo al que me
reduce el encontrarme en esta encrucijada me planteo tomar un camino diferente,
que empieza por asumir un heterónimo que no sea el de Nino Ortea –mi intención
no es condenarlo a la sombra, pero sí que quiero sacar a la luz otras
personalidades literarias–.
No me apetece escribir siempre de la
misma manera. No quiero ser uno de esos autores de innumerables libros pero de
una única obra. Y es un hecho que amanero lo que firmo con mi, hasta el
momento, único seudónimo. El que esté escribiendo esta introspección sobre un
tema reiterativo en el blog –“Nino ante
Nino Ortea”– es prueba de ello.
Creo que el problema en el desarrollo
de mi personalidad literaria está en las restricciones a las que la somete mi
persona. Si quiero avanzar como
escritor, necesito liberarme de las sombras que mi ser proyecta sobre mi
personaje creativo. Pero no sé cómo hacerlo. No puedo recurrir a
estimulantes químicos para liberarlo. He intentado escribir en lugares
distintos, redactar a horas prefijadas o hacerlo en horas brujas. Pero mi
heterónimo sigue escribiendo con alguno de los registros previsibles. Y más en
cuanto corrijo lo que escribe, ya que esta función la realiza mi parte
consciente.
El que recurra a la escritura
automática y a la publicación directa de esos automatismos tampoco es solución:
cuando me posee la voz creativa mi discurso es tan intenso como impuro, diría
que es de temperamento febril.
Confío en encontrar la manera de
escribir pronto algo que me parezca una innovación en lo creativo. Si cuando
hablo puedo modular mi voz, también puedo hacerlo cuando escribo.
Se acercan
cambios, para mejor.
Gracias por tu compañía en este
divagar, amable leyente.
Por cierto, la palabra “sombra”
siempre me acaba evocando a Javier Solís.