lunes, 26 de marzo de 2018

Un sueño tonto y no más

Me gusta fabular historias positivas, que transmitan esperanza frente al desánimo. Eso es algo autoimpuesto, lo único a lo que me fuerzo cuando escribo ficción relatada. Ahora mismo, no sé cómo acabará la trama de la novela que estoy apalabrando; pero será un final con esperanza, o no tendrá un principio publicado.

En cierto modo, mi decisión de apostar por mi profesionalización como escritor, es un buscar profesionalizarme en la vida. Un querer seguir vivo, para así poder seguir escribiendo y dando vida compartida a mis sueños. Desde siempre, he sido un “ensoñador”, alguien que no recurre a la imaginación para anular la realidad, sino que para poder vivirla. Amenizo, embellezco o intensifico las vivencias cotidianas. Y este ejercicio de supervivencia individual, tiene también su proyección social. Soy una compañía entretenida, un interlocutor animoso y un escuchante templado. Por eso sé que la voz de mi personalidad literaria debe tener el tono de mi persona —para ser entretenida, animosa y templada—, y alejarse de declamaciones pretenciosas. Y en ello estoy, intentando apalabrar mi voz ensoñada, entonando evocaciones de realidad y deseo.



En mi próxima novela reaparecen creaciones de mi trilogía «Donde habita el recuerdo», y aparece mi yo real –MJOS– tratado con un personaje por mi heterónimo, Nino Ortea. Realidad y ficción convergen en una trama que transcurre en buena parte en Gijón, mi ciudad vital, pero que también recorre las calles de poblaciones ficticias.

Siento gran curiosidad por comprobar si sabré novelar una resolución positiva para esta convergencia. Pese a mi anhelo, he decidido para su escritura. Algo en mi ánimo estaba orientando mi creatividad hacia una conclusión más literaria que sentida. Estaba articulando un final trágico con ambición literaria, lo que lo habría convertido en un relato fallido, cuya lectura produciría frustración. Sé que mi formación académica me ha dotado de técnica para la “literatura de salón”, que resulta en textos formalmente cuidados pero carentes de vida. Debo frenar la deformación creativa que produce el amaneramiento academicista. Lo deploro desde que alcanzarlo dejó de ser un reto.

Y en éstas estoy, mi atentoLector venyenloquecido. Mi vida transcurre tranquila, lo inquieto está en mi ensoñar.

Gracias por acercar tu compañía animosa al patio de mi recreo. La soledad sólo suena bien en las canciones de Antonio Vega. Gracias, atentoLector, por no decirme que es mentira todo. Un sueño tonto y no más”.

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