Ven y enloquece

Ven y enloquece
Nada ha sido probado

jueves, 9 de julio de 2009

¡Hay que vivir!

El martes pasado, a eso de las once de la mañana, me encontraba charlando con mi amiga Rosa frente a un establecimiento situado en la esquina entre las calles Corrida y San Antonio.
De repente, una señora —desconocida para ambos— se paró frente a nosotros y nos comentó su desolación ante el inminente cierre del negocio situado a nuestras espaldas, y a cuyo fundador había conocido laboralmente en su condición de marisquera.
La septuagenaria continuó con su monólogo; y no tardó en transmitirnos la verdadera razón de su tristeza: su marido, al que conocía desde los catorce años, estaba siendo consumido por un cáncer de hígado con metástasis en el cerebro. La señora ya había perdido 14 kilos de peso, devorados por la angustia.
Tanto Rosa como yo intentamos animarla; intento en el que mi torpeza llevó a la mujer a creer que yo era hijo del difunto Oblanca, fundador de la cadena de ultramarinos.
La mujer se fue, y yo me quedé con ganas de contarte esta historia:
Yo no soy hijo de ese señor, si no el nieto de José Suárez. Quien, en aquel bajo frente al que nos encontrábamos, había abierto en plena posguerra el Café El Príncipe —inspirado en la salón para cocktails del Hotel La Fayette de Santiago de Cuba—. Mis abuelos habían dejado Cuba y vuelto al Gijón natal de mi abuela, Encarnación Paredes, debido al tremendo racismo y desigualdad social que imperaban en la isla. Decisión tomada pese a la desahogada situación económica de la que disfrutaban gracias al trabajo de José como encargado del citado establecimiento.
Mi yaya accedió a volver, pues al amor a su marido era infinitamente mayor al que había desarrollado por Cuba. A los pocos meses de su llegada, estalló nuestra última Guerra Civil.
Pese a la crudeza de la posguerra, a mis abuelos parecía sonreírles la suerte: a mi madre le habían dado un hermanito, José triunfaba con su negocio y Encarnación podía ver películas en castellano protagonizadas por sus adorados actores estadounidenses. Llegaron a tener servicio doméstico, al que permitían tomar café puro, y a mandar a sus hijos a buenos colegios.
A comienzos de la década de los 50, todo cambió.
A escondidas de Encarnación, mi abuelo se fue arruinando como resultado de sufragar los costes de un tratamiento contra el cáncer de huesos que padecía mi abuela y que él sabía incurable. Sin que ella llegara a saberlo, malvendió el establecimiento a la fábrica de cervezas La Estrella, con la única condición de que mantuviera como personal a sus empleados.
En su entrega al cuidado de mi abuela, a mi yayo se le olvidó vivir, y no tardó dos años en acelerar su paso para unirse a ella, dejando atrás a mi madre con veintidós años y a mi tío de catorce.
La vida de mi madre —mujer trabajadora en una España más machista que fascista— y la de mi tío —emigrante forzado por el hambre a Alemania, , tras finalizar “la mili”— no fue ni es fácil. En su casa, mi madre no tomó café solo hasta años después: siendo yo niño seguía haciéndolo con achicoria, pese a que para ella tomar un café era un placer acompañado de todo un ritual que siempre atrapó mis ojos.
Su vida fue dura, pero la vivieron plenamente.


Al igual que mi abuelo, tras la muerte de un ser querido —mi madre, de cáncer— dejé que la vida me desviviera. Tuve más suerte que él, y malviví cuatro años sobrevividos. Hace unos doce meses comprendí que si mi madre estaba en ese Cielo en el que ella esperaba reencontrarse con sus padres, mi comportamiento debía de estar haciendo que se sintiera en el peor de los infiernos. Había llegado el momento de dejar de saludar cada día con el título de una de sus novelas favoritas —Bonjour tristesse— y hacerlo entonando su canción favorita —What a Wonderful Worldjunto a mi padre y mi hermana.

No concibo mayor muestra de cariño hacia alguien que incluso en el dolor de la enfermedad supo siempre mantener su enjundia, que el seguir disfrutando la vida como un continuo común a la condición humana. La desmoralización y la tristeza son estados de ánimo, no formas de vida. Debemos reaccionar cuanto el lamento se convierte en mantra, y la autocompasión nos lleva a la sumisión frente al desprecio, pues al aceptarlo nos convertimos en despreciables.
Alguien que puede reír, amar o sufrir está vivo. Si estamos vivos, intentemos disfrutar de la vida, pues siempre hay alguien junto a quien lo rutinario se convierte en especial.
No tengo hijos ni sobrinos, pero me considero uno más entre mis iguales, un hermano de la costa en estos mares sombríos.
Confío en que si mi presente es bueno, el futuro de los demás será mejor. Por eso no convivo con miserables, ni pernocto con fariseas. No paseo mis ideales en camisetas, ni los luzco en pancartas: intento vivirlos e ilusionarme con lo que está por llegar.
¡Hay que vivir, compañeros!
Tenemos que intentar explorar nuestro universo personal hasta sus límites, procurando evitar esos agujeros negros que nos acechan erguidos sobre dos piernas coceantes.
Al igual que, pese a mi nihilismo político, he votado en cada elección desde 1982 —pues soy consciente de que muchas personas mueren a diario por defender su derecho a votar—.
Pese a mi ocasional desencanto vital, procuro disfrutar de la vida intensamente. Hay muchas personas, sobradas de razones para desfallecer, que se levantan cada dí a muletas de la esperanza. Así que, ¿quién soy yo para abatirme ante la menor de las excusas?.
Ya descansaré cuando esté muerto; y confío en sosegarme junto a mis seres queridos.
Somos materia, y como tal no desaparecemos, nos transformamos. Llegado el momento procuremos transfigurarnos en algo positivo. Hasta entonces: a vivir y a disfrutar.
¡Carpe diem, compañeros!
Nino

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