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martes, 10 de octubre de 2017

NINOT Y UN TAROT DE MURCIAH 3/5

Si no fue a finales de septiembre lo fue a principios de octubre, el caso es que por dar lumbre a mis oscuras noches del alma recurí al farol de aparentar haberme dejado de interesar por sus jugadas –puestos a fingir, no iba a ser ella la única que no se ruborirzase al comadrear como pareja lo que era un trío–.
Quizá presa de la sorpresa, puede que privada de la seguridad de saberme en su mazo, la reina de corazones se alejó de sus rojos salones y vino en busca de este sota de copas. No me buscó en bares o bodegas, lo hizo en la librería en la que yo por entonces trabajaba y que ella nunca visitaba.

Permitidme explicadme: sin ser una iletrada, mi deseada estaba libre del vicio de curiosear en lo que otros habían escrito, de ahí que tampoco contestara a los mensajes que le mandaba a su teléfono. Y es que curiosa lo estaba, pero no lo era… o al menos no lo fue con quien podía leer como un libro abierto.
Conducida por una inseguridad naciente apareció sonriente una tarde en la librería, y lo hizo justo en un momento en el que yo estaba muy entretenido echándole las cartas a tres clientes adolescentes que habían hecho de mis inexistentes poderes clarividentes su guía ciega en el laberinto del amor. De repente, la chica con la que yo tenía más trato, interrumpió mi lectura de su destino amoroso, para informarme que había una “señora” esperando.

Alcé la mirada y vi a mi ¿enamorada?, y la ví de buen color –sonrojada como las manzanas en septiembre–, no sé si su rubor era resultado de su candidez al verme vestido, o por su cabreo al haber sido llamada “señora”. Aunque ella, muy aristogata, se acercó ronroneante a mi vera, ignorando a mi atenta compañía, y me saludó con un beso que me hizo sentir ratón que ha alcanzado su queso.

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