Pocas descripciones del proceso de angustia vital he releído tan febrilmente como la que refleja «El árbol de la ciencia». Al igual que Andrés Hurtado, su personaje central, hay etapas en las que me invade la displicencia. Una desgana por todo y por todos que incluso, hasta hace poco tiempo, me acercaba a procesos autodestructivos. Es entonces que me invade una melancolía por lo que nunca existió o una rabia frente a lo que ya no existe. Por suerte siempre he vuelto a mi persona y dejó atrás mi ajado personaje de “joven airado”.
Quizá la muestra más clara de mi petulancia
la exterioricé algún tiempo después, cuando la profesora me invitó a leer en
público mi trabajo –ya evaluado por ella– sobre la obra de teatro «El tragaluz»,
escrita por Buero Vallejo. Yo, tras romper mi escrito y tirarlo a la papelera
–si a ella le había gustado hasta el punto de urgirme a leerlo es que no era un
trabajo “auténtico”–, les hablé a mis compañeros de «Al este del Edén», la
novela de John Steinbeck que estaba leyendo en ese momento. Momento convertido
en eternidad, pues nunca la he acabado. Ni me planteo hacerlo.
María Elvira no sólo consintió mi
actuación airada, sino que creo que fue la única persona en la clase que siguió
con atención mi digresión sobre la obra de John Steinbeck. Ella fue tolerante
con mi actitud diletante. Yo fui intransigente con su aptitud docente. Aprendí
la lección de la maestra: hay que diferenciar entre la persona y su personaje.
ŋinO. Gijón. 2022.