Ven y enloquece

Ven y enloquece
Nada ha sido probado

viernes, 12 de febrero de 2010

Mi amigo Antón

En octubre de 1997 –creo que en la mañana de un miércoles lluvioso– me acerqué a una librería-juguetería a comprar un tebeo. Su enjuto propietario me aseguró que aquello que le pedía no existía; pues la suya era “la mejor librería especializada en cómics de Gijón”, y él no conocía esa colección de la que le hablaba.

Ya en mi casa, pillé el último número que tenía de la inexistente serie –creo recordar que era el 31– y regresé con él a la librería a pesar de la lluvia. El propietario, tras verlo, no se disculpó. Se cabreó. Su enfado debió de parecerme poco, pues recuerdo que dejé caer mi sorpresa al ver que lo que no tenían en “la mejor librería especializada en cómics de Gijón”, sí que se podía encontrar en el quiosco del parque donde crecí.



Santos, dioses, distribuidores, “sociatas” y nepotistas debieron sentir que se les calentaban sus orejas tras lo que salió de aquella boca.

Era hora de cierre, así que el por entonces mal hablado y antes petulante propietario me dijo que tenía que cerrar, ir a la sucursal cercana del BBVA y después a beber sidra. Me invitó a acompañarlo. En la sidrería “Cabranes”, nos presentamos: Hola, aquí un terco. Hola, aquí un tozudo.




Así fue cómo intimé con mi amigo Antón, la mejor persona que he conocido en estos últimos 20 años. Alguien que siempre me ha dado esperanza y cariño. La única persona a la que, fuera de una cama, permito que me llame “Ninín”.

Me ha dado comida y de comer. Me ha proporcionado cobijo en su casa y en la vida.

Fue un jefe que me pedía que me fuera a casa cuando me veía llegar a trabajar de doblete, y era un amigo que me animaba a que me fuera a vivir una temporada a la única ciudad que él creía hecha para mí –Londres–, donde podría alejarme de la desolación que me rodeaba.



Antón es alguien que ha llevado luto conmigo, y que nunca ahorró palabras de amor hacia mí. Y que, en su Bilbao natal no exhibió ningún mapamundi sino a este “abertzale” asturiano.

Él me hizo sentir calor en lo más frío del frío invierno. Me hizo sentir orgullo de ser quien soy al presumir de mi amistad. Me animó a descubrir a William Makepeace Thackeray, a Orson Scott Card y el txakoli; a la vez que intentaba abrirme los ojos hacia un mundo espiritual, al Tao. Un ángel guardián que consultaba el I Ching a la hora de darme ciertos consejos.



Ahora que me encuentro lo suficientemente bien como para reflexionar sobre lo mal que estuve y sobre lo que hice mal, me acuerdo mucho de él.

Ahora que tengo al alcance de mi deseo la opción de irme a vivir a Londres por dos años, me gustaría poder llevarlo conmigo y sacarlo de la desolación que lo rodea.

Antón, amigo, dudo que llegues a leer esto. Pero, citando de manera apócrifa a tu admirado Cervantes:

Ladran, luego cabalgamos”.

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