Ven y enloquece

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martes, 26 de mayo de 2009

Ni siquiera un beso 2 d 2



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Como mucho, admito que —al igual que toda persona que no es simple— soy bifronte: cual Jano, tengo un componente Jeckyll y un comportamiento Hyde; pero siempre dejando claro que el bebedizo que me trastorna y transforma es el desdén ajeno.
Tal y cual cantó EL AFÓNICO ECLESIAL, tengo un poco de truhán, algo de señor; una profesión al orden que frena mi tendencia al caos. Infatigable cuando no perezoso, hago por dinero lo que no haría por cariño; pero sin buscar tener, sólo disfrutar. Alegre, melancólico, impulsivo, reposado, decadente e insolente. Así me describís, así me suponéis.
De ahí que resulte un galán tan ad hoc para cualquier situación: oportuno para todo, apropiado para nada.



A este corazón de ida y vuelta, revestido de un armazón reversible, decidí llamarlo Nino Ortea. Y como buen creador, he trasladado mi creación a la Realidad para comprobar su eficacia. En distancias cortas o en ciertas estancias, funciona; pero luego, pierde encanto y acaba revelando la mediocridad de su marionetista. Por eso, como necesitaba acallar su ineficacia, alcancé mi mayor logro: negar su existencia.
Fue sencillo, bastó recurrir a una verdad innegable: tal persona no existe ni en lo fiscal, ni en lo legal o lo natal.
Pero, últimamente me están llegando señales inequívocas de mi equivocación:
Una antigua compañera de facultad, con motivo de nuestro reencuentro en Facebook, me preguntó quién era ése Marcelino al que me referí con nombre completo y dos apellidos como seguro asistente a una cena. “Perdona, pero para mí tú eres Nino” fue lo que me dijo entre sonrisas para explicar el porqué había matado a mi autor.
Hace unos días, una antigua compañera de idiomas —tras haberme comentado que prefería el tono intimista que previamente desprendía este blog (gracias, Dana)— me afeó el que me autonombrara como Marcelino en vez de Nino, que según ella “es más chulo” —lista, como sólo puede serlo una mujer inteligente, dotó a la palabra “chulo” de una ambigüedad sugerente—.
Poco antes, mi amigo Jorge me había animado a que me dedicara por completo a intentar convertir mis ínfulas artísticas en realidades creativas. Entre otras cosas, aseguró que ya tenía un nombre muy literario: Nino Ortea. Curiosamente, cuando éramos sólo conocidos, Jorge me llamaba “Marcelino”; pero la amistad ha silenciado ese nombre.
En la reciente presentación del libro de un camarada, su interlocutor aseveró que la mejor forma de comprobar la popularidad de una persona, es introducir su nombre en un buscador de Internet. Y, narciso que soy, lo hice. Mientras que Nino aparece citado en otras voces, a Marcelino sólo lo invoco yo.
Según Internet, no estoy. De acuerdo a mis amigos, no soy. Así que, ahora que lo pienso, mejor me voy… acostumbrando a la idea de que soy mi mayor desconocido.


Y ahora, que comienzo a aceptar que es el otro, y no yo, quien vive lo que a mí me gustaría vivir, me gustaría dejaros con unas palabras que pertenecen a otro, pero que, al leerlas, hice mías.
A estas alturas de mi vida sé que todo lo que he vivido es muy hermoso y no me arrepiento de lo que sufría y amé con estos amores profundos en los que no hubo ni siquiera un BESO
(Fragmento del libro “Ni siquiera un beso”, escrito por Juan Alcalde.)


© marceNino Ortea Gijón, 26-V09

2 comentarios:

  1. ¡ Qué bueno !
    Te sienta tan bien la falta de sueño...

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  2. ¡Muchas gracias, Juncal!
    Tú que me lees con buenos ojos.
    La falta de sueño me lleva al ensoñamiento, y en más de una ocasión, cual Rompetechos, entro por dónde debería salir.
    Lo que me sienta bien es il dolce fare niente... pero, ésa es otra historia.
    Cuidaros

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Hola, gracias por tu tiempo de lectura.