Ven y enloquece

Ven y enloquece
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martes, 13 de octubre de 2009

A mi manera


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Muchas veces, desde la mejor de las intenciones podemos hacer el mayor de los daños.
Todos nos hemos visto en situaciones en las que al dar un consejo bienintencionado —pero no pedido—, o al transmitir nuestra opinión —en forma de aseveración— el destinatario de nuestra atención se revela rebelde e ingrato.
Cada uno vive su vida como puede. La mía está tan trampeada como un coche usado que sólo sabe embragar su propietario. Son ya 44 años oficiando de copiloto de mi destino. Aunque se cala en ciertas cuestas y se queda sin batería tras algunas tormentas, es mi carruaje o calabaza; aunque mejorable, no lo cambiaría por otra calesa, pues me vendría grande.
No puedo aspirar a que se me entienda, pero sí a que se me respete; y desde luego no busco hacer de mi deambular un modelo vital. Nada más lejos de mi intención que el entonar el “Tú lo que tienes que hacer es…” cada vez que alguien llega a un cruce.
Lo que pasa es que estoy más que harto de que me llamen feo quienes no están cómodos con su propio reflejo, y se maquillan con cremas que para mí son potingues.
Confío en que el relato que sigue a mis palabras, refleje mejor que estas líneas previas, mi idea de lo que es vivir.
Cuidaros y quereros.


Nino Ortea. Gijón, 13-X-09



El mejicano




Un hombre de negocios norteamericano estaba en el embarcadero de un pueblecito costero de México cuando llegó una barca con un sólo tripulante y varios soberbios atunes.

El norteamericano felicitó al mexicano por la calidad del pescado y le preguntó cuánto tiempo había tardado en pescarlo.

El mexicano replicó: ¡OH! Sólo un ratito.

Entonces el norteamericano le preguntó por qué no se había quedado más tiempo para coger más peces.
El mexicano dijo que ya tenía suficiente para las necesidades de su familia.

El norteamericano volvió a preguntar:

¿Y qué hace usted entonces con el resto de su tiempo?

El mexicano contestó: - Duermo hasta tarde, pesco un poco, juego con mis hijos, duermo la siesta con mi mujer, voy cada tarde al pueblo a tomar unas copas y a tocar la guitarra con los amigos. Tengo una vida plena y ocupada, señor.

El norteamericano dijo con tono burlón:

Soy un graduado de Harvard y le podría echar una mano. Debería dedicar más tiempo a la pesca y con las ganancias comprarse una barca más grande. Con los beneficios que le reportaría una barca más grande, podría comprar varias barcas. Con el tiempo, podría hacerse con una flotilla de barcas de pesca.

En vez de vender su captura a un intermediado, se la podría vender al mayorista; incluso podría llegar a tener su propia fábrica de conservas. Controlaría el producto, el proceso industrial y la comercialización. Tendría que irse de esta aldea y mudarse a Ciudad de México, luego a Los Ángeles y finalmente a Nueva York, donde dirigiría su propia empresa en expansión.

Pero señor, ¿cuánto tiempo tardaría todo eso?

De quince a veinte años.

Y luego ¿qué?

El norteamericano soltó una carcajada y dijo que eso era la mejor parte:

Cuando llegue el momento oportuno, puede vender la empresa en bolsa

y hacerse muy rico. Ganaría millones.

¿Millones, señor? Y luego ¿que?

Luego se podría retirar. Irse a un pequeño pueblo costero donde podría dormir hasta tarde, pescar un poco, jugar con sus nietos, hacer la siesta con su mujer e irse de paseo al pueblo por las tardes a tomar unas copas y tocar la guitarra con sus amigos
.

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