Ven y enloquece

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sábado, 6 de noviembre de 2010

El caso de Steve McQueen

No soy admirador de Steve McQueen.

En mi etapa adolescente llegué tarde a sus interpretaciones; pues sólo asistí al estreno en el Cine Robledo (Gijón) de su último filme: Cazador a sueldo (1980)

Con el paso del tiempo, la cosa no cambió.

En mi vídeo casero reproducía todo tipo de películas, que nunca eran las de él. Durante los veranos de reestrenos, sí que vi alguno de sus films. Pero los que me gustaron fueron aquellos en los que su protagonismo es compartido; como ocurre con El coloso en llamas (1974), superproducción que disfruté en el Teatro Arango (Gijón).

Nunca entendí el que lo coronaran como "The King of Cool", pues a mí no me parecía nada “molón”. Quizá por mi ignorancia, una vez más me veía como republicano frente a la figura injusta que para mí encarna todo monarca.


Mañana domingo, se cumplen 30 años del fallecimiento de Steve McQueen.


Las contingencias han hecho que últimamente mi persona se sienta muy identificada con uno de sus personajes.

Tanto Los siete magníficos (1960) como La gran evasión (1963) son dos de las películas de Steve McQueen más recordadas. No me gusta el Western y el género Bélico me suele aburrir. La casualidad hizo que descubriera ambas películas durante su reposición en el ya citado Cine Robledo. Y el destino ha hecho que, ocasionalmente, trabaje en un edificio contiguo a esta antigua sala de proyección.

Habitualmente, para explicar el efecto que el desempeño de dicho trabajo tiene sobre mi estado de ánimo, recurro a un símil con la película “La gran evasión”. Concretamente a las secuencias en las que McQueen es confinado —con su guante y pelota de baseball— por los soldados alemanes en una celda de aislamiento, como castigo a sus intentos de fuga del campo de concentración donde lo mantienen preso.

Hasta noviembre de 2006, no supe interpretar esa situación. No comprendía cómo esa reclusión podía ser una tortura; pues, de encontrarme en la piel del personaje, habría preferido permanecer tranquilo en una sala disfrutando de una de mis aficiones, a andar entre el barro y la mugre exterior.

Sobra decir que la mía ha sido una vida fácil, en la que no sé lo que es sentirse solo ni obligado a obrar a disgusto.

En aquel noviembre de 2006, me vi sentado —durante horas que se hacían noches— en una sala donde para engañar a mi soledad podía abrazarme a una de mis aficiones: la lectura. El cúmulo de horas en vigilia y el aislamiento me impedían leer. Al acabar mi contrato, salí de allí demacrado, con herpes facial y desorientación vital.

No busco decir que ese trabajo fue una tortura (lo fue mi forma de encararlo), pero sí que me ayudó a conocerme y a entender muchas cosas, entre ellas la situación fílmica que he citado.

Durante esa primera temporada laboral, escuché mucho esta canción perteneciente al disco Steve McQueen de la formación británica Prefab Sprout.

Ahora me gustaría dedicársela a todas las personas que, como McQueen, luchan al final por impedir que enfermedades como el Cáncer les digan como tienen que vivir.

A todos ellos:

¡Animo!

Nino