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miércoles, 16 de agosto de 2017

El pesado del pasado



Ayer por la mañana, el sol que nos está siendo tan esquivo este verano vino a visitarnos, quizá para unirse a la polvoreada celebración de la patrona de nuestra ciudad.
Como buena mañana norteña, el cielo presentaba sus claro-obscuros, lo que me permitió salir con una chaqueta por alforja en la que guardar dos pares de gafas –pro lectura y anti sol–, un botellín con agua, un lápiz y una libreta –por eso de si mi divagar me acercaba a algún parnaso creativo–. Ahora que, pese a mi inmadurez, me encamino a hacerme viejo, suelo salir de casa tan equipado que en vez de irme de paseo parece que me voy a Borneo.


Estaba sentado, absorto en mis ensoñaciones, cuando alguien pronunció el nombre por el que me asentaron en el registro civil. A la tercera citación, me di por aludido y miré a mi invocador, temiendo que fuera alguno de aquellos señores vestidos de chándal que merodeaban por el parque, y que me retaba a echarle una carrera por eso de quedar bien ante sus nietos.
Quien me habló era un antiguo compañero de instituto, el cual, al igual que otros muchos desplazados vitales, se había convertido en turista accidental de su antigua ciudad durante las fiestas patronales. Tras recordarme quién era, se olvidó de preguntarme cómo estaba. Mis tripas empezaron a avisarme de que llegaba el momento de irme a casa, para no tardar en saborear la comida que había preparado mi padre. Así que rechacé la invitación del aparecido a ir a compartir unas sidras; y, tras volverlo a declarar bienvenido a nuestra ciudad, me despedí sin mostrar intención de saber más de él y de sus treinta años de gloria que aún le quedaban por glosarme.
El desconocido se ofreció a acompañarme un rato, así que opté por tomar el camino de vuelta más corto. Me habló de forma apurada sobre su vida exitosa y de su glamurosa esposa, a la que me presentaría la próxima vez que nos volviéramos a ver. Llegados a mi portal, intentó seguiraireando logros, entre los que no estaba el de lograr atrapar mi atención. A mi hambre azuzante se unió la urgencia por ir al baño –que como ya no soy aquel alumno de instituto al que le hablaba el desconocido, mi cuerpo cincuentón encuentra difícil frenar la micción–, así que tras una brusca despedida me fui sin tiempo para aceptar su sugerencia de intercambiar nuestros números de teléfono, que el muy alegre tenía toda la pinta de ser uno de esos hombres felizmente casados que no se cansan de mandarte, a escondidas de sus esposas, por WhatsApp videos de mujeres gozosas de no estra unidas a él.

Como aún faltaban unos minutos para la hora acordada, y a mi padre no le gusta que las cosas ocurran antes de cuando las espera, me senté a hacer tiempo para subir a comer. No sé por qué me acordé del fallecido James Gandolfini. Más bien de la psiquiatra que oía desganada sus confesiones en la teleserie «Los Soprano». Quizá, al final, la vida sea un sueño; pero hay momentos en los que escuchar la de otros se convierte en pesadilla.
Gracias por escucharme / leerme, amigo lector.

martes, 24 de mayo de 2016

Internet ¿es el futuro?


Internet es el Futuro, según aseguran los poderes que son. De momento, mi uso de Internet me lleva al Pasado.

La misma mensajería instantánea que me remite a esa época en la que enviaba cartas sin acuse de recibo, me franquea a este perenne estar pendiente de si el ciber-cartero me visita a lo largo del eterno día de San Valentín en que se ha convertido mi presencia en Internet.
Las redes sociales me enmarañan en la búsqueda del contacto con sombras del ayer que, a la luz de la comunicación digital, recobran vida o se desvanecen. Es doloroso leer cómo me resisto a dejar pasar el pasado y hago de él lo único que me pasa. Me preocupa la intensidad con la que revivo lo extinto.

En el exterior, el Recuerdo o el Olvido están prendidos a la intensidad de un instante. En Internet, el “guardar” o el “borrar” están vinculados a la presión sobre un enlace. Ser o no ser ya no es una cuestión, es un clic.


Corría el año 1981 cuando el grupo musical The Police publicó el disco Ghost in the Machine donde se nos definía como espíritus en un mundo material.
Pocas cosas hay más materiales que Internet. Desde un punto nada dialéctico —pero sí muy materialista— su acceso no es libre ni universal, hay que pagar por su uso —bien sea con dinero, bien sea con paciencia— pese a que no pertenece a nadie.

Desde un punto tangible, pocas cosas hay más materiales que la maraña de cables que plasma, en nuestras pantallas tft, el mundo de éter que nos espera al otro lado del espejo cibernético. Mundo en el que, con sus distorsiones, simetrías y esperpentos, me acabo encontrando con un reflejo del papel que interpreto a este lado. Refracción que, al igual que ocurre al confrontar dos espejos, me transmite la sensación de prolongarme hasta el Infinito y más allá.

Imagen de la película "Ciudadano Kane".

Si Internet es el futuro, ¿a qué se debe mi empeño en vivirlo en el pasado de mi personaje y no en el presente de mi persona?

sábado, 10 de octubre de 2015

Quizá París fue una fiesta




       Quizá nunca te lo había dicho, para así no desmitificarme en tu endiosarme como el escritor que esta generación se perdía; pero, hasta ahora, no había concluido la lectura de una novela escrita por Ernest Hemingway.






Quizá se deba a mi natural caprichoso; pero en cuanto un libro deja de interesarme, concluyo su lectura. Valoro más mi opinión que la de jurados que fallan permios perjuros o la de lectores que acumulan libros. Sin hacer de ellas unas malas novelas, son cientos las obras a las que he puesto final sin interesarme por la conclusión que les dan sus autores.

Soy juez y jurado en mi tribunal de valoraciones, ante el que no admito que se eleven apelaciones a galardones conseguidos o a corazones partidos: cuando se acaba, se acaba; y nuestro final conlleva no volver a rozar tu piel, que para mi voluntad se ha convertido en hiel, pese a mi deseo aún se relama ante tu miel.



Quizá te suene a boutade saber esta gran “nidade”: hasta hace nada mi libro favorito de Hemingway lo era por su portada. Allá por 1983, la editorial Salvat publicó para su venta en quioscos una impresión de la novela Fiesta, en cuya portada aparece la magnetizante Rita Hayworth con una sonrisa acogedora; expresión que sólo he visto reflejada en ti, aunque ahora sé que lo tuyo era una mera mueca.



Quizá ya no te interese saberlo; pero, al igual que hay corazones con freno y marcha atrás, mi determinación se ve refrenada por mi “caprichosidad”; de ahí que sin ningún rubor haga lo impensable para evitar el sopor y lo insoportable. Hace algo más de una semana, estuve a punto de contestar a uno de esos mensajes que me mandas por error, ya que no puedo ser el destinatario de las palabras inflamadas que contienen. Por no escribirte, me puse a leer; y empecé el último libro que me regalaste.

Me ha gustado, gracias.


Sin ningún quizás, nuestra fiesta se ha acabado. Estoy tan cansado que no me importa si París brilla o arde, lo que importa es que lo nuestro ha terminado.

Sont finis, le livre et nous. Adieu, Sidonie. Bon chance.

lunes, 20 de abril de 2015

Ojalá fuera el otro



 
© Helmut Newton’s photograph of David Lynch & Isabella Rossellini
Ojalá fuera el otro, y no yo, quien profanara tu silencio con su verborrea. Me aturdo con palabras para no escucharte, me atraganto con retahílas para no decirte lo que siento. Ojalá fuera ese otro que nada en el esmeralda de tus ojos cada vez que lo bañas con tu mirada. No puedo evitar añorar quedarme colgado de tu sonrisa, mientras trazo el atlas de tu anatomía ausente. Ahora sueño que corono tus caderas lejanas, antes de bañarme en un río de sudor cuyo cauce está seco. El embriagarme con el aroma de tu piel que guarda mi camisa azul, ayuda a que me sienta el otro. Ojalá fuera él, y no yo, quien necesita ensordecer sus oídos con distorsiones de la realidad para no recrearse con el eco de tu voz ausente. Ojalá no necesitara atarme al mástil de la mentira para no buscar puerto en tus brazos de sirena. Ojalá fuera el que te espera en tu habitación abuhardillada, y quien se refugia en el sótano del olvido. Ojalá, cuando pude, me hubiera atrevido a ser el otro que ahora envidio ser.

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