Como bien sabes, no es lo mismo seguir que continuar.
Seguir requiere obediencia grupal.
Continuar exige voluntad individual.
Gracias por tu voluntarioso estímulo continuista.
Como bien sabes, no es lo mismo seguir que continuar.
Seguir requiere obediencia grupal.
Continuar exige voluntad individual.
Gracias por tu voluntarioso estímulo continuista.
El curso en que repetí tercero de bachiller, coincidí en clase con una compañera –G.B.– que estaba convencida de que yo era tan brillante que los profes no me entendían. Aquel segundo tercero fue el único curso en el que aprobé todas las asignaturas cada evaluación, incluidas Educación Física y Religión. Incluso me uní al equipo que redactaba una revista en el instituto y empecé a escribir a mano artículos cinematográficos para que ella los mecanografiara. Llegó el verano y G.B. se fue todo el estío al pueblo castellano de sus abuelos maternos. A su vuelta, ya no había brillo en sus ojos al mirarme. Empezó a evitarme en el patio y en los pasillos. Dejó de darme sus apuntes. Durante los dos primeros meses del curso, no colaboré en la revista. Nadie me pidió que volviera, al igual que nadie se opuso a que lo hiciera. Volví a publicar en enero de 1983; como había otra persona que escribía sobre Cine, empecé a hacerlo sobre tebeos y novelas de bolsillo. No tenía ninguna ambición literaria, sólo buscaba demostrarle a G.B. que mi brillo estaba en mí, no en su mirada.
Ocurre lo mismo con este blog, mantenerlo abierto es un ejemplo de terquedad personal, no de ambición literaria.
¡Rocanrol!
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Fueron bastantes las ocasiones en las que contesté con “ninismos” donde se me pedían tecnicismos. En los exámenes con preguntas a desarrollar, embrollaba mis rerspuestas recurriendo a palabrería –ahí nació mi tendencia al lenguaje ampuloso–; en las pruebas tipo “test”, solía salvar el tipo recurriendo al ‘pito-pito-gorgorito’; pero en los exámenes de respuesta concreta, era donde escribir mi verdad podía ser evaluado como inventarme una falsedad.
En las preguntas orales, mi inventiva lingüística y la seguridad con la que hablaba, hacían que los profesores me atribuyeran una actitud contestataria de la que carecía. Lo mío era ignorancia, no arrogancia. Pero mis compañeros y en especial mis compañeras, veían en mi analfabetismo una actitud retadora, que me imbuía de atractivo. No escribir al dictado y hablar con mis propios “palabros” me convirtió en líder pese a mi individualismo.
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Ya en el
instituto, los primeros meses no tomaba apuntes. Mientras los demás copiaban lo
que dictaban los profesores, solía mirar por la ventana. Luego dejé de ir a clase,
me pasaba el horario lectivo en la cafetería del centro, tumbado en la zona en
barbecho del patio o en una bodega cercana, bebiendo mistela de porrones que
habitualmente pagaban los parroquianos ancianos a los que había ganado jugando
al ‘tute’ o a la ‘brisca’.
Siempre había compañeros que pasaban sus apuntes a limpio y conseguía que me dieran/cambiaran/vendieran sus anotaciones originales en vez de tirarlas. Pero… no siempre entendía lo que estaba escrito, por lo que era habitual que me tomara “licencias” y cambiara palabras respecto a las dictadas. Era estudiante de última hora ante los exámenes, por lo que muchas veces intuía más que leía lo que ponían los apuntes.
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Te voy a contar un cuento, sin moralejas ni lentejas, un cuento que cuenta la actitud de Nino y no la aptitud de Marcelino.
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Cuando Nino era niño –que a diferencia de Benjamin Button para ser anciano hay que primero ser púber–, no me gustaba escribir. No sólo aborrecía los ejercicios escritos escolares, que básicamente se limitaban a copiar, también evitaba escribir anotaciones personales, diarios o cartas a los Reyes Magos. Lo que a Nino de niño le gustaba era hablar y, con suerte, conversar. En el colegio, aquellos monstruos que no eran molinos sino profesores, me impedían hablar y me obligaban a escribir: me catigaban a salir al encerado y a garabatear castigos; yo me comía la tiza para ponerme enfermo y que me dejaran salir de clase. Prefería enfermar a escribir. Como no me dejaban hablar, me negaba a escribir. No era un quijote, era terco.
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