Fantaseados
hijos que no engendré, creo que ha llegado el momento de fabularos cómo
desconocí a vuestra(s) madre(s). En
los meses venideros, os contaré la historia secuenciada de la manera en que en
mi huir de los loqueros me alejé también de mi(s)
mujer(es)
reverenciada(s).
Sí, ya
sé que vosotros preferirías que siguiera silenciando esto que ahora me estoy
inventando. Pero ha llegado el momento de exorcizar con sinrazón lo que, ya
cincuentón, vivo con desazón. Los actuales son tiempos para enloquecer, no de
placer del corazón y sí de padecer del riñón; tiempos propicios para embellecer
con mi chifladura, a la que fabulo de acto de cordura al reconocer aquí cómo no
ocurrió lo que nunca estuvo a punto de pasar.
Creo
que lo que más nos separó a vuestra(s)
madre(s) y a
mí fue que nunca la(s) busqué(s) en
el lugar adecuado. Sería fácil culpar, de este desencuentro que os cuento, a mi
querencia por los lugares aviesos y a mi tendencia a las alegres traviesas. Continuamente
la(s)
ansié en noches de bares y alcohol, en mujeres escasas de prejuicios y sobradas
de vicios. Confundí experiencias gozosas con venturosas, confié en que las
noches siempre me acogerían en sus derroches.
Pero
ha llegado la luz de la mañana; y en este claroscuro sin cariño futuro cargo
con la cruz de la soledad. De haber buscado a vuestra(s)
madre(s) en
otros lugares, ¡la de pañales que os habría cambiado! Bueno, eso que salí
perdiendo.
El
caso es, mis queridos niños, que ayer de tarde aceleré el paso hacia una
biblioteca pública: la naturaleza me llamaba y a casa a tiempo no llegaba. Tras
salir del cuarto de baño pesando menos que antaño, decidí que leer un libro
este año no me haría daño. El último lo había ojeado en 1984 y, a falta de un
gran hermano, conocí a una crujiente humana. Sin ser idólatra soy
supersticioso, ¿y si sostener un libro es el conjuro para la noche más hermosa?
Y
ahora a dormir y a soñar. Permitiros por unas horas ser libres.