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miércoles, 22 de mayo de 2024

Maneras de sobrevivir

Rosendo - Maneras de vivir (Directo Wizink Center, Madrid)


Amable leyente:

No pienses que estoy muy triste, si no me lees escribir; no es solamente despiste, son mis maneras de sobrevivir.

Me sacío de la rutina y me quiero divertir, para ello me basta con cambiar las cosas de sitio. Maneras de sobrevivir.

Paso de escribir al teclado a hacerlo recostado, sobre la arena o donde la inspiración suena. Un bloc me resulta ad hoc para para dar rienda al rock, al arrebato de fabular una historia que novele un asesinato del que es testigo un gato o unas falsas memorias de un suicida homicida. Este blog es perfecto para compartir afecto, curiosear en lo ajeno o mitigar el veneno de temerme sereno. Maneras de sobrevivir.

Sí, ya sé que definí este blog como “bloc” y que concluí que lo de autoeditarme era algo baladí. Mis actos no son coherentes, pero mis instintos son congruentes: desdecirme es esencial en mi definirme. Maneras de sobrevivir.

En estos días bloguiausente he estado papelpresente, rocanroleando una trama donde la inspiración llega en la cama, cuando el sueño se hace dueño de nuestra mente y los sentimientos son el cimiento de nuestros discernimientos.

Adultos que sólo conversan dormidos, adolescentes que siempre escuchan tímidos, el monólogo del olvido, el diálogo de lo vivido… Una chica con mente lectora, un anciano con alma soñadora, George Steiner, Carlos Ruiz Zafón, “Guillermo Brown”, “Pippi Calzaslargas”… Todos han venido para acompañarme en un nuevo viaje recreativo sin otro destino que el de mantenerme activo.

Así que, amable leyente, que mis lamentos ni ausencias no te saquen de quicio. Me quejo sólo de vicio. Ya que, parafraseando al poeta Robert Frost: en algún momento del pasado, a décadas de distancia, dos caminos divergían en el bosque de elecciones vitales; tomé el menos transitado y eso ha marcado la diferencia. Maneras de sobrevivir.

¡Viva la diferencia!


jueves, 29 de junio de 2017

No voy adonde ellos van



Una y otra vez, los grises me acusan de mostrarles desprecio, cuando lo que no les ofrezco es aprecio. Lo mío hacia la mayoría consuetudinaria es un desinterés habitual: no voy adonde ellos van. No doy importancia a los actos de quienes adecúan sus prácticas al gusto de la mayoría aprobatoria.


No es lo mismo “quitar” que “no dar”; creo que esta diferencia debería estar clara para quienes no tenemos la mente oscurecida por la sombra de la duda entre contrastarnos a la luz de nuestras verdades o disimularnos entre las penumbras de las mentiras consensuadas.
Siempre he pensado que reiterar lo evidente en lo emocional es de una pesadez recargada de ordinariez: no sólo nos cansa, también nos incomoda el tenernos que explicar por comportamientos que no obedecen a la razón, sino que acompañan a sentimientos. Lo que siente se hace de corazón, no de memoria. Vivir conlleva personalizar rutinas para así no hacer de lo cotidiano algo monótono.
Al reafirmarme en mis gustos no busco llevar la contraria a nadie, sino encontrarme.
Quizá debería cambiar de criterio y adaptarme a los agrados de la mayoría; pero ya soy demasiado viejo para diluirme en la turba de la aceptación ajena. Puede que en mi próxima reencarnación –si es que este gato tiene la mala suerte de caer con mal pie y levantarse con peor gusto–, opte por la vulgaridad de confundir lo mayoritario con lo valioso. Pero hasta entonces, seguiré maullando cuando esté junto a la belleza, no frente a la bajeza del servilismo rentable.
Soy como soy: fiel a ese yo que se convierte en nosotros, nunca en ellos.

lunes, 29 de agosto de 2016

Sodapop




En la tarde de ayer se me ofreció, de refilón, participar en una actividad cultural. Una vez más, quien buscaba beneficiarse de mí solvencia se presentaba ante mí como un benefactor, y quería colarme su abuso como un acto de caridad.
Si en la Función Pública no faltan numerarios que (des)atienden al necesitado como si fuera un pedigüeño, no debería sorprenderme el que en las iniciativas privadas se nos trate a los apremiados como si fuéramos mendigos, y a cambio de nuestro trabajo se nos ofrezcan vales de comida, mientras que el dadivoso cobra en billetes de curso legal.
 
Image found in The Internet "head-in-the-sand-ignoring-the-truth"

Tras cerciorarme de que no entraba en los planes del oferente el pagarme por mi trabajo, rechacé con vehemencia su propuesta sin mostrar ningún interés por el qué, cuándo y cómo de la actividad. Me limité a referirlo a serviles que los dos conocemos y que se sentirían gozosos de ser usados.
El dadivoso no se tomó a bien mi negativa, e insistió en intentar rellenar el hueco en su cena laboral sentando a este pobre a su mesa. Para ello no sacó dinero de su cartera, sino que malos recuerdos de mi pasado: experiencias que viví como nefastas y que, en su interés desvivido, él evocaba como “grandes oportunidades que desperdiciaste”.

Fue entonces, y no antes, que me encorajiné ante el dadivoso. Y le hice saber mi hartazgo –en realidad usé otras palabras, que no considero desmedido haber dicho, pero sí que sería inapropiado el escribirlas– con gentuza como él, con miserables que conjugan el verbo “ayudar” cuando en el que piensan es en el “aprovecharse”, con mentirosos que me tachan de “engreído” por el mero hecho de no buscar el aprecio de los despreciables.


Ya en casa, me puse a ordenar carteles de cine nuevos en mi colección –desconozco el motivo, pero el ordenar objetos que me gustan apacigua mi disgusto–. Entre las reproducciones que he conseguido últimamente está una de la película Rebeldes (The Outsiders), en la que Francis F. Coppola adapta la novela homónima de Stephen H. Brurum. Al poco rato estaba muy entretenido mientras volvía a ver la película.

 Una de las pocas cosas que pido a quienes me conocen es que me dejen tranquilo. Una tarde en compañía que había transcurrido tormentosa, dio paso a una noche solitaria tranquila. Está claro que el infierno son los que están de más en mi tranquila vida solitaria.

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