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domingo, 16 de diciembre de 2018

Boina color frambuesa


Ayer por la tarde, una amable leyente –a la que bautizo desde ahora como “Brisa”– me preguntó cuánto hay de mi realidad en la ficción que articula mi novela «La gata vio al asesino». Dado que apenas la conozco –es una amiga de mi actual pareja, a la que identificaré como “Frambuesa”–, opté por contestar desde la prudencia y con curiosidad hacia lo que Brisa había ideado sobre mi realidad tras haber leído una ficción presentada en todo momento como tal.
Mi respuesta vino a ser: “Lo mismo que tú hayas encontrado que habla de ti”. En un principio mis palabras no lograron el efecto que buscaba, ya que Brisa empezó a hablar de generalidades sobre la idealización que existe sobre el proceso de creación de literatura de ficción. Le aclaré que las considero generalidades ya que, cuando decidí ponerme a fabular, ni me acerqué a un curso CEC para “Escribir a distancia con cercanía”, ni me alejé de ningún método que desconozco.
Tal y como le les aseguré a mis atentas contertulias: “Escribir ficción es en mí algo parecido a un acto de posesión múltiple: desaparezco, cada uno de mis personajes ocupa el lugar frente al folio en blanco. Es al corregir mis fabulaciones que aparece mi personaje literario del escritor Nino Ortea”. Tanto Frambuesa como Brisa me miraron expectantes, esperando que continuara mi reflexión. Pero cambié de perspectiva. Mi certeza de que cada lector es un «reescritor» de la historia que disfruta, pasó a ocupar el resto de la tarde hasta que nos pusimos a hablar de temas menos recreativos.
Imagen: "she-wore-a-raspberry-beret" por -elizabeth-szekely

Ahora, en plena sobremesa de domingo, sigo pensando en nuestra conversación de ayer. Mientras me pregunto si Brisa me leerá con otro sentir ahora que me ha visto y oído a mi persona, que no es tan moldeable como mi personaje literario. También me pregunto si, dentro de un rato, Frambuesa curvará sus labios de fresa para preguntarme si debe atreverse a besar a un poseso –lleva toda la mañana bromeando por «guasap» con el adjetivo–-.

Obviamente, amable leyente, cuando mi personalidad literaria fabula, toma retazos de lo que he vivido. Pero no hay en mí una necesidad de recrear el pasado o de refugiarme en sus evocaciones. Ese pasado, esos recuerdos, son meros recursos que pongo a disposición de mis personajes. En el caso del reciente melodrama minino, poco de su contenido tiene que ver con lo vivido por Nino: no tengo gata, nunca me han disparado, no soy amante remunerado ni renombrado… y “mon ville de l'amour” no es París, sino Gijón.
Eso sí, ayer ella lucía una boina color frambuesa. Y, cuando me besa, sabe cómo dar un beso.
I think I love her.


miércoles, 29 de noviembre de 2017

Voraz




 Voraz


Ni quiero ni busco engañarte,
mi mero deseo es el de devorarte,
hacer que nos saboreemos con intensidad efímera.

Lo único eterno es mí es la curiosidad,
este hambre que no sacia la ingesta de edad,
pero que podemos aplacar aquí sobre la encimera.

Viví durante un tiempo a dieta de normalidad,
pero me devoraban las ansias de voracidad,
así que mi vida volvió a ser la que era.

No busco ser normal, sino feliz.
Apuremos una avidez que tú calificarás de desliz
cuando le expliques a tu amiga tu cansancio y tu ojera.

Y así, mañana tras nuestro adiós,
cuando él te pregunte por esa sonrisa en tus labios
podrás tranquilizarlo con que su intensidad será perecedera.

Y le silenciarás que, por eso, vuestro matrimonio será eterno,
pues habéis triunfado al hacer de la pasión un averno,
y tu cuerpo de ángel sólo se endiabla al caer en una fugaz hoguera.



Y esto es lo que canturreo cuando evoco nuestro jaleo.


martes, 20 de junio de 2017

Días en blanco

Mientras escribo a la luz del mirador de mi casa, el reloj de Los jardines de la Reina marca que son las 16:35 y que estamos a 30º a la sombra. No sé si ésta es una ola de calor o sufro una resaca de sopor, lo que sí sé es que este que brilla es un sol de justicia, ya que –aunque se aplica a toda la ciudadanía, lo mismo que lo legislado en códigos y códices– machaca a los débiles y a los desprotegidos.

Mal momento éste para concentrarme en concluir la primera escritura de mi nueva novela primeriza. Aunque sé que peor lo están pasando los trabajadores que están volviendo a zanjar la calle a la que asoma mi mirador, levantada de nuevo al desvarío de un ayuntamiento servil con los intereses de unos pocos hosteleros, y no servicial con sus administrados.

Calor y ruido acechan en todos los rincones de una ciudad de Gijón que en verano se vuelve tan vulgar como quienes se hablan a voces en las terrazas de unas calles públicas peatonalizadas para beneficio hostelero, calles y plazas en las que ya no encuentro mi sitio.

Calor, ruido y hedores corporales que me impiden refugiarme en las bibliotecas públicas para escribir: a la molestia del teclear sobre el suelo que repican las suelas de las chanclas de unos estudiantes paseantes, que en lugar de estar preparando unos exámenes parecen estar preparándose para unas olimpiadas, se une la agresión pestilente de unos cuerpos que o bien transpiran hedor acre o despiden tufo aromático. El ruido de sus pasos y memeces, el hedor de su falta de aseo o de su exceso de perfume, mis ganas contenidas de afearles su falta de aliño y de respeto, todas estas groserías juntas, me revuelven, y llevan a que –durante esta época del año que acaba a principio de julio– evite el uso como escritorio privado de bibliotecas y salas de estudio públicas.

Así que me quedo en casa, con las ventanas cerradas, mientras intento resistirme al incordio del ruido y al agobio del calor. Pero no estoy cómodo, no logro abstraerme, pues no me parece que lo de estar sudado y aturdido sea la mejor manera de presentarme ante Sidonie. Por lo que, de nuevo, desisto de avanzar en esta novela que se me resiste. Y opto por bajar las persianas exteriores de mi casa, para aislarme del ruido de la calle y del calor de un sol que justo ahora cae sobre este inconsciente con el mismo peso con el que la ley se aplica sobre un infractor involuntario.

lunes, 29 de agosto de 2016

Sodapop




En la tarde de ayer se me ofreció, de refilón, participar en una actividad cultural. Una vez más, quien buscaba beneficiarse de mí solvencia se presentaba ante mí como un benefactor, y quería colarme su abuso como un acto de caridad.
Si en la Función Pública no faltan numerarios que (des)atienden al necesitado como si fuera un pedigüeño, no debería sorprenderme el que en las iniciativas privadas se nos trate a los apremiados como si fuéramos mendigos, y a cambio de nuestro trabajo se nos ofrezcan vales de comida, mientras que el dadivoso cobra en billetes de curso legal.
 
Image found in The Internet "head-in-the-sand-ignoring-the-truth"

Tras cerciorarme de que no entraba en los planes del oferente el pagarme por mi trabajo, rechacé con vehemencia su propuesta sin mostrar ningún interés por el qué, cuándo y cómo de la actividad. Me limité a referirlo a serviles que los dos conocemos y que se sentirían gozosos de ser usados.
El dadivoso no se tomó a bien mi negativa, e insistió en intentar rellenar el hueco en su cena laboral sentando a este pobre a su mesa. Para ello no sacó dinero de su cartera, sino que malos recuerdos de mi pasado: experiencias que viví como nefastas y que, en su interés desvivido, él evocaba como “grandes oportunidades que desperdiciaste”.

Fue entonces, y no antes, que me encorajiné ante el dadivoso. Y le hice saber mi hartazgo –en realidad usé otras palabras, que no considero desmedido haber dicho, pero sí que sería inapropiado el escribirlas– con gentuza como él, con miserables que conjugan el verbo “ayudar” cuando en el que piensan es en el “aprovecharse”, con mentirosos que me tachan de “engreído” por el mero hecho de no buscar el aprecio de los despreciables.


Ya en casa, me puse a ordenar carteles de cine nuevos en mi colección –desconozco el motivo, pero el ordenar objetos que me gustan apacigua mi disgusto–. Entre las reproducciones que he conseguido últimamente está una de la película Rebeldes (The Outsiders), en la que Francis F. Coppola adapta la novela homónima de Stephen H. Brurum. Al poco rato estaba muy entretenido mientras volvía a ver la película.

 Una de las pocas cosas que pido a quienes me conocen es que me dejen tranquilo. Una tarde en compañía que había transcurrido tormentosa, dio paso a una noche solitaria tranquila. Está claro que el infierno son los que están de más en mi tranquila vida solitaria.

lunes, 9 de mayo de 2016

A la orilla de la incertidumbre




Ya son muchas las veces en que he intentado ahogarte en el océano de la desmemoria, Sidonie; pero tu encanto de sirena permanece varado en las arenas de mi recuerdo.

Confío en que llegará un día en el que los ríos del sentimiento desembocarán secos de tu aroma en estas costas de la emoción; hasta entonces me quedo aquí, a la orilla de la incertidumbre, preguntándome si, en realidad, todo me lleva a ti o, en deseo, soy yo quien siempre acaba volviendo.

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