Lo que me está pasando últimamente con los comentarios
que realizo en ciertas ¿noticias? de la edición digital del decano de la prensa
asturiana, es algo propio de magia negra o tinta blanca; pues mis palabras
desaparecen como escritas en zumo de limón en vez de tras estrujarme el melón.
En un principio, no le di importancia a la prestidigitación selectiva de
algunas de mis observaciones, pues la achaqué a la fragilidad y las prisas con
las que suelo acceder a Internet. Hace poco reparé en que estos actos de
birlibirloque sólo ocurrían en un bloque: en el centrado por el digital en
publicitar las actividades corsarias de la hermandad hostelera que asola las
calles de mi barrio.
El
Festival Internacional de Cine de Gijón, que celebra su 62 edición del 15 al 23
de noviembre de este año, contará con una exposición exclusiva y proyectará los
últimos dos trabajos cinematográficos de Jean-Luc
Godard, los cortometrajes «Scénarios» y «Exposé du film annonce du film
Scénario», cuyo estreno en España tendrá lugar en la ciudad. La
comisaria de la exposición es la cineasta y pintora iraní MitraFarahani,
colaboradora de Godard hasta su
fallecimiento.
La
muestra, realizada en colaboración con la Fundación Municipal de Cultura,
Educación y Universidad Popular, recorre el trabajo realizado por Godard para la realización del que,
según él, iba a ser su último proyecto, «Scénario», posteriormente
rebautizado en plural, «Scénarios». Se trata de un filme
crepuscular, a modo de despedida, donde se entrelazan textos, dibujos e
imágenes en forma de collage. Por su parte, «Exposé du film annonce du film
Scénario», es una pieza cinematográfica que precede en un año a la
anterior y en la que, a modo de plano secuencia, las manos y la voz del
cineasta presentan la película «Scénario».
Nora Montoto, niña gijonesa que acaba de cumplir 10 años, padece GNAO1 –una enfermedad ultrarrara
que solo sufren otras s 150 personas en el mundo–. La GNAO1 provoca problemas
neurológicos, motores y/o epilesia. Nora no habla ni camina.
Nora será
protagonista del cuentacuentos solidario que se celebrará este fin de semana, sábado 9 y domingo 10 de diciembre, en La Madriguera –C/ Juan Alvarconzález Nº
7, Gijón–; una pequeña librería
de barrio de Gijón especializada en literatura infantil, propiedaddeTaniadelaCruz.
Hoy se cumplen
catorce años del inhumano atentado islamista en Madrid que causó 192 fallecidos
y 1.857 heridos. Recuerdo bien aquella mañana del 11 de mayo de 2004. La pasé
en gran parte sentado junto a mi madre y frente al televisor. Las noticias eran
cada vez más descorazonadoras. Los dos guardamos silencio la mayor parte del
tiempo, más allá de exhalar algún lamento. Mi madre, gravemente enferma, rompió
ese silencio para decirme:
Nino, me
preocupa el mundo que os dejo a tu hermana y a ti.
Hoy, catorce
años después de ese atentado inhumano, me siento culpable al apreciar consuelo
en pensar que mi madre ya no puede preocuparse por este mundo inmundo.
Hoy se cumplen
dos años desde que la Organización Mundial de la Salud declaró la pandemia de
COVID-19. Por suerte, mi hermana y yo nos hemos mantenido incólumes al contagio
del maldito coronavirus. Pero nuestro ánimo sí que se ha infectado de desánimo,
ya que de qué sirve el estar tú bien cuando tantos en tu entorno están mal.
Ésta es una pregunta que mi madre me inculcó que debía plantearme para así
evitar alegrarme al no verme afectado por males que aquejaban a la mayoría de
mis compañeros de aula:
Nino, ¿de qué
te vale que a ti no te castiguen sin salir al patio, si tus compañeros sí lo
están y no tienes con quien jugar?
A mi madre le
preocupaba el bienestar social. Quizá por eso admiraba a las personas que
hacían posible un presente mejor. Para ella, los héroes no eran los guerreros,
sino que los bienhechores: personas como Alexander Fleming, científico cuya
escultura en el Parque de Isabel la
Católica nos llevaba con frecuencia a visitar. Los científicos que han
desarrollado las vacunas contra la COVID-19 figurarían en su devocionario. Por
eso aparecen en los de su hija e hijo.
Hoy se cumple el decimosexto
día del proyecto exterminio que el ejército ruso lleva ejecutando contra la
población ucraniana. Mi madre se habría sentido “ucraniana” ante esta
aniquilación; y así es cómo nos sentimos su hija e hijo.
Hoy se cumplen
treinta años del estreno de la película «Volver a empezar».
Mi madre fue a verla con su amiga Adelina
al teatro Arango. Recuerdo que volvió a casa recomendándonos ver el filme, ya
que –aunque la podíamos encontrar un poco “lenta”– nuestra ciudad salía muy
guapa en ella y los actores eran estupendos. Su hija e hijo volveremos a ver «Volver
a empezar» esta noche.
Hoy, como siempre, me
acuerdo de mi madre y lo hago con una sonrisa de esperanza mientras escribo
este texto en un tiempo de desesperanza.
Como
ya os he escrito varias veces, soy nacido, crecido y vivido en Gijón.
Hasta
ahora no he querido dejar de vivir en mi ciudad, pese a algunas oportunidades y
facilidades que me surgieron. Soy gijonés, un “culu moyáu” del barrio de El
Carmen; lo que sin hacerme mejor que nadie –ni siquiera que los sufridos
nacidos en la vetusta Oviedo–, sí que ha hecho que en cierta manera sea quien
soy.
Gijón, Playa de San Lorenzo. 21:00 10-VIII-2017
Hace
unos años que no disfruto demasiado de mi ciudad durante el verano; debido a los
condicionamientos resultantes de mi problema hepático, de mi migraña crónica y de
mi degeneración macular he tenido que dejar de practicar “veranidades” que me encantaban: tumbarme al sol en la playa, comer
helado de pasas o beber ron con hielo. Mis problemillas de salud inciden sobre
mi ánimo y carácter: en verano soy más frágil, más pupas y más huraño –llevo mal
el no participar de la actividad social que desborda Gijón en verano, por lo
que me aíslo para evitar rechazar el que me inviten a participar en encuentros
fraternales y celebraciones populares–.
Como
en cualquier otro lugar en el que las personas nos convertimos en masas, mi
ciudad se impregna de un barniz vulgar durante el verano: la condición molesta
y ordinaria de algunos inhumanos pasea de manera ruidosa y grosera por el
cogollo urbano que conforma mi barrio con el de Cimadevilla; lo que me altera y
ofende, al ver comportamientos grotescos en adultos faltos de educación y
sobrados de vulgaridad.
Pero,
no deja de recrearme el caminar entre mis iguales: oír a niños ruidosos de
felicidad; observar a familias compartir una complicidad a la que,
probablemente, pondrá en pausa la llegada a sus hijos de la adolescencia; aprender
de la dignidad con la que muchas personas con problemas físicos importantes, o
con enfermedades graves evidentes, disfrutan del sol y del bullicio mientras
que yo me quejo de vicio por lamentar que no puedo vivir como vivía, y no
agradezco que aún puedo disfrutar en plenas facultades de la vida.