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viernes, 25 de enero de 2019

Sobre catarritos, dragoncitas y cuentacuentitos


Así me despedía de vosotros, amables leyentes, el pasado noviembre antes de que llegara el pesado diciembre, que me ha dejado con tal gordura que sería una locura el intentar medirme la cintura. Y es que estoy más gordo que el gran Thordo –orondo papá de Sygrid, nuestra pizpireta adalid–.

Imagino que, al igual que vuestro constipado narrador, muchos de vosotros habréis sobrevenido a diciembre y enloquecido en enero para encontraros con vuestro hociquito enrojecido.
Los sabiondos –legión de hombres sin alma y mujeres sin calma formada por los tertulianos engreídos y los blogueros descreídos– aseguran que el que nuestras naricitas estén coloraditas se debe a que en el presente invierno hace un frío que congela el Averno. Me refiero al lago, no al infierno. Que quizá sea el inframundo lo que miran los demás, pero no está de más recordar que nosotros –los venyenloquecidos– miramos por este mundo: no tiramos papeles al suelo, ni aceites al subsuelo… ¡pero sí lanzamos besos al cielo!
¡Muac, muac, remuac!
Venga, amiguitos, os invito a que regaléis una ronda de besos a queréis: entrareis en calor y saldréis del sopor.
 
Imagen tomada prestada de derpibooru.org
¿Ya está besuqueado todo vuestro personal adorado? Pues sigo con mi cuentacontado, gracias por seguir a mi lado.

Nosotros –que no vamos de sabios, pero nos gusta besar labios– admitimos que estamos resfriados e incluso congestionados. Aunque no lo estamos más este invierno que en pasados infiernos: que el frío no conoce de modas y todas las temporadas nos trae narices coloradas. Pero en este enero aprovechamos nuestra coloración nasal para hacer de nuestra nariz un fanal que nos de luz y así poder leer sin apagones las aventuras de Zänder y sus compañeros molones.
Y la que comenzará la próxima semana es una aventura que será pura divertura. La protagoniza Sygrid, la dragona más chisgarabí de aquí a Madrid.

¡Achis!
Disculpad el estornudo, de mi nariz haré un nudo para impedir que su goteo ahogue mis letras con su moqueo.
¡RequeteACHIS!
¡Moc! ¡¡Moc!! ¡¡¡MOC!!!

  
Lo ziento, amablez leyentez, pero zufro un gripazo tan congeztionado como mi tipazo. En cuanto me recuperre oz empiezo a contar la hiztoria, que de hacerlo hoy zonaría a hizteria.

¡Zalud y zuerte!

jueves, 6 de diciembre de 2018

Zänder, el dragón acatarrado (V)


Encuentro con Gondra

Tras despedirse del rinoceronte volador y del bisonte alado, Zänder voló y voló sin reparar en que volaba y volaba; y se elevó y elevó, sin sentir que de sus temores se alejaba. Su instinto lo llevaba a aprovechar los vientos más favorables, para así poder avanzar sin apenas esfuerzo. Sus alas lo propulsaban fuerte sin que se sintiera débil, ya que la alegría le daba energía.
Al llegar la noche, tras tanto derroche de energía, se quedó dormido en cuanto se tumbó junto a un fuego reparador donde se había preparado un salteado de champiñones. Se despertó temprano, justo cuando se ponía la cuarta luna de Hauer. Supo instantáneamente que se encontraba más allá de Orión, cerca de la Puerta de Tannhäuser. Con sólo mirar al cielo mientras estiraba su nariz, podía calcular dónde estaba. E incluso saber la distancia que lo separaba en todo momento de Dragolandia.

Luego de prepararse un desayuno supervitaminante y mineralizante, retomó el vuelo. Se sentía confiado y seguro, no tardaría en encontrar a Gondra y, en cuanto él lo hubiera curado de su diferencia, podría volver junto a sus papis, Sygrid y sus amiguitos. Le apetecía regresar junto a ellos: pero mamá y papá lo habían educado para ser un dragón de palabra, y él había dicho y redicho que no volvería hasta haber encontrado a Gondra.
Al quinto día de su expedición, Zänder se sentía muy feliz y aún más expectante, confiaba en que tenía su destino delante de su nariz, que –por cierto– ya no estaba constipada y lo guiaba, con el acierto de un timón avezado, en su vuelo comenzado. Esa misma tarde reparó en lo mucho que se había alejado de Dragonlandia y en lo poco que le había costado hacerlo. Estaba contento con todo lo que le estaba pasando desde que había emprendido su búsqueda. Cuando quedaba poco para la medianoche, se zampó de un troche un cuenco repleto de fresas raspberreantes cubiertas por nata purplerain,
 
La imagen es un regalo de Sakkarah


Con el ánimo elevado, Zänder cayó en un sueño profundo. Luego de soñar con mamá y papá abrazándolo y con Sygrid sonriéndole, escuchó una voz que lo llamaba. Zänder abrió el ojo de su mente y vio a un dragón, de porte distinguido y expresión afable, que se le acercaba con seguridad. Zänder se sentía tan tranquilo que sólo se movió para incorporarse, ya que un dragón educado recive a sus visitas levantado.
—Hola, Zänder, hijo de Xana y de Cuélebre. Mi nombre es Gondra. Un rinoceronte y un bisonte muy salados me han dicho que estabas buscándome. Yo había acudido a su encuentro y ahora vengo al tuyo, amigo. Por favor, siéntate.
Zänder asintió con una sonrisa y se sentó en silencio. Estaba tan emocionado que permaneció callado
—No hay lugar para ti en mi refugio para marginados. No lo necesitas: eres diferente, porque eres especial. No sufres de ninguna mutación como el rinoceronte alado, o de alguna pigmentación, como la marciana rojiblanca. Tú eres un ser querido por quienes te rodean, pero eres tú el que no se acepta tal y como eres y quieres ser como los demás. Y ya lo eres, pues el amor te hace igual que las personas a las que amas: sufres y te alegras con ellos, vives su esperanzas y sus penas.
Y sí: eres un ser único. Pero lo somos todos corazón adentro. Únicamente necesitas aceptar que tu aspecto es diferente al de los de la mayoría de tu especie. Pero no del de todos: ya ves que yo tengo también una nariz roja y no voy por ahí alejándome de los que me quieren, sino que me acerco a quienes me necesitáis.
—Ya, pero tú… eres tan alto y tan elegante, la nariz te queda tan bien que…
Zänder, no admires en otros lo que está en ti y rechazas. Lo que hace de ti un ser especial no es tu hocico enrojecido, ni tu recién descubierta habilidad de vuelo… Es tu capacidad para ser amado por tus seres queridos. No pierdas tiempo buscando un refugio, cuando puedes pasar ese tiempo abrazando a tus padres o jugando con tus amigos. La vida puede parecer eterna, pero es tan frágil… El amor es una fortaleza. Tú lo sientes y lo concitas, refugiarte de quienes te quieren es huir de lo mejor de ti.
Zänder lo mira en silencio con sus ojos de color esmeralda muy brillantes, como si fuera a llorar.
—Ahora descansa, compañero. Sigue durmiendo. La vida es un sueño cuyo único dueño debe ser el amor compartido. Atrévete a ser tú y a ser tú mismo junto a quienes no te son indiferentes. La condición de diferente debe perfilar tu personalidad, no tu soledad.
Ahora te dejo. Si mañana quieres llegar a mi refugio, lleva esta runa a tu corazón. Si quieres volver a tu fortaleza, mira al cielo mientras estiras tu nariz.

Al despertarse, Zänder vio a su lado la runa. Se restregó los ojos y la piedra seguía allí. Se incorporó y, sin tiempo para desayunar ni asearse, miró al cielo y estiró su nariz. Calculó que si encontraba vientos favorables habría llegado a Dragolandia en cuatro días.


domingo, 25 de noviembre de 2018

Zänder, el dragón acatarrado (IV)


La fuga de Zänder

Un día, hace unas tres semanas, Zänder oyó cómo dos dragones vetustos hablaban -al poco de haberlo visto pasar- de lo mucho que el jovencito es recordaba a Gondra, el dragón más molón de su generación. Como los dos dragoncetes ya eran abueletes hablaban entre sí en voz muy alta, por lo que Zänder pudo escuchar que el tal Gondra llevaba 81 años viviendo en la base derecha del arcoíris, en una colonia que había fundado para acoger a seres especiales cuyas sociedades los asociaban con asociales por estar disociados de los límites generales: marcianos azules en lugar de rojos, duendes sin barba, hadas sin vocecita acaramelada…

Enninamiento sobre imagen tomada de Internet little-dragon-clipart-baby-dragon-20

Zänder no sabía dónde podía encontrarse esa colonia y estaba seguro de que ningún adulto se lo diría. Pero, él necesitaba saber cómo aquel dragón diferente había llegado a ser el referente para los abueletes. Así que, luego de haberlo pensado mucho y haber rechazado siempre la idea de irse a buscar a Gondra; el notar de nuevo su sonrojo ante Sygrid le dio arrojo para irse más allá del arcoíris.
Sin despedirse de nadie, el muy locuelo levantó el vuelo. Sin otra intención que la de alejarse de su aflicción. Para su sorpresa se fue alejando más y más de la tierra y pronto dejó de oir las llamadas de sus amiguitos –y eso que los dragones tienen un oido tan fino que escuchan hasta el más leve trino–. Cuanto más batía sus alitas, menos abatido su sentía. Nunca antes había volado tan alto. Se sentía tan contento, tan liviano, que olvidó el peso de su tristeza y sonrió, en voz alta, con ese tono tan festejante que tienen los dragones cuando son felices cual perdices.

Zänder pensó en lo que le gustaría que lo pudieran ver sus papis y Sygrid. ¡Qué contentos se pondrían al ver que finalmente había superado su vértigo y podía dar trombos sin marearse y ascender sis austarse! Se planteó volver a Dragonlandia para contárselo y emprender juntos el vuelo. Pero estaba seguro de que sus papas le odenarían que pusiera sus patas en el suelo y dejase de hacerse el alegruelo: aún era un fragoncito y lo único que tenía que ahcer era ir a la escuela, no volar a toda suela. Y SygridSygrid… pensar en ella le hacía sentir mariposas en el estómago, quizá ésa era la razón por la que ahora volaba ahora tan alto: pensar en le daba alas a su ánimo.
Pero tenía que centrarse en encontrar en Gondra: ese dragón legendario podía ayudarlo a aceptarse a diario. Así que cruzó la línea del horizonte, allí saludó a un volador rinoceronte que charlaba con un alado bisonte. Ambos le dijeron que no conocían al tal Gondra, pero como ellos también estan cansados de que los suyos los discriminaran por ser diferentes, se ofrecieron a ayudarlo en su búsqueda de esa colnia acogedora situada en la base derecha del arociris.

Y ésta es la historia secreta de Zänder y de su fuga. No se la cuentes a nadie hasta que cumplas 180 años. Pero, sobre todo, hasta entonces: no margines a nadie por su condición diferente, amable leyente.

Pronto, muy pronto, más noticias sobre Zänder, Gondra y Sygrid.
Se feliz. Sé tu mismo. Sé fiel a tus raíces sin dejar que te enraícen. Vuela en sueños sin dueño.


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domingo, 4 de noviembre de 2018

Zänder, el dragón acatarrado (III)


Hola, amables venyenloquecidos.
¿Cómo estáis, atentas venyenloquecidas?
Confío en que ésta no haya sido una mala semana para vosotros. Yo he estado un poco “trostélido” –quizá por la llegada del tiempo gélido–, pero el calor de vuestra compañía siempre me reconforta.
Gracias sinceras y sentidas por venir y enloquecer, amables leyentes.

Pero bueno, no estamos aquí para hablar sobre mi “trostelidad” recurrente, ¿verdad?. Nos hemos reunido para conversar sobre nuestro dragoncito favorito: Zänder. Hoy os contaré el origen de su nariz enrojecida. Pero debéis mantener en secreto lo que os diga, al menos hasta que cumpláis 180 años –para lo que deben de faltar bastantes lustros, ¿verdad ilustres leyentes?–.
Bueno: acercaros, por favor, y dejad que os cuente en voz baja el secreto mejor guardado de toda Dragonlandia.


Cuentan las leyendas que cada mil años nace un dragón acatarrado o una dragona friolera. Y mira tú por donde, año arriba-año abajo, a Zänder le ha tocado ser el milenarista resfriado. El único de su especie que siente con tanta intensidad las corrientes de aire –lo que hará de él el mejor dragón piloto desde tiempo remoto– que se pone acatarrado con sólo estar destapado. Es levantare de la cama y llenársele la nariz de agüita.
Como quizá le ocurre también a tu hermanita, amigo lectorcito, de la que te burlas por su rinitis alérgica. O como le pasa a tu compi de pupitre, del que te pasma que sufra de asma. No te burles de ellos. Son especiales. Tienen una sensibilidad maravillosa para sentir lo microscópico y percibir lo invisible. Como lo son los ácaros o las corrientes. Así quer no seas vulgar. Aprende de ellos y de su capacidad para vivir con naturalidad cotidiana aquello que a ti te manda ocasionalmente a la cama –que cuando a ti, amiguito, se te pone la nariz rojita bien que tus papis te dejan quedarte en casita, ¿verdad?–.

Desde pequeño, Zänder ha sido amado por sus papis y querido por sus compis. De hecho, toda la república de Dragonlandia recibió con emoción su nacimiento. Pues consideran una bendición el haber sido distinguidos con el contar con un dragón estornudante. Cuando sea adulto, los guiará en expediciones que ahora les parecen inimaginables. Gracias a él descubrirán nuevas rutas en viajes comerciales que ahora les resultan arduos, o llegarán hasta el infinito y más allá. Pero…
La tradición, esa traición a la innovación, establece que el dragón afortunado no debe tener presente su condición de futuro benefactor de su pueblo hasta que alcance la mayoría de edad –que en el caso de los dragones, especie longeva ella– se alcanza a los 180 años.
¡¿Te imaginas, amable leyente, tener que ir al cole con 100 años o que tus papis te obliguen  a comer lentejas hasta que no dejas atrás las 179 primaveras?! ¡PUFF! Hay días, semanas y hasta décadas en las que me alegro de no ser un dragón volador, sino un humano soñador. Sinceramente: prefiero mi vida breve cual tono arpegio, a su laaaarrrrgooo desvivirse en el colegio.

Pues bien: Zänder aún es un dragoncito pequeñito. ¡Sólo tiene 81 años y apenas mide 5 metros¡ De hecho aún no proyecta llamaradas, sólo unas chispitas con las que no logra siquiera calentarse la nariz.
Zänder ha crecido sin saber de su condición de elegido, y lamentando su situación de diferente. Y mira que cada mañana su mamá está a punto de desvelarle su secreto, al verlo marchar cabizbajo al cole. Y mira que cada atardecer su papá está a punto de revelarle su desvelo cuando lo ve llegar triste del cole. Como no le pueden hablar de su futuro espacial, le mencionan su presente especial. Pero Zänder no quiere ser diferente, quiere ser igual que cualquiera que se le pone en frente.

Si no surgen inprevistos o brotan “tardeoidos”, el próximo domingo os contaré más cosas sobre Zänder.
Os dejo con vuestra imaginación ensoñando, amables leyentes.





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