Saber
actuar con antelación es una de las muchas lecciones que me queda por aprender
en la escuela de la vida.
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Ahora,
a destiempo, sé que fue un error el haber esperado hasta tener acabada la
escritura de mi última novela para emprender su lectura conjunta, aunque: ¿cómo
iba a leer una historia completa si aún no la había acabado? Soy torpe
–ocasionalmente, puedo comportarme como un tonto de capirote–, pero aún no sé
cómo habría podido corregir un texto que aún no había acabado de escribir. ¿Por
partes? No, esa técnica repetitiva está bien para tararear la letra de la
canción del verano, no para entender una obra que no cobra orden y sentido
hasta que se le pone punto y final.
Quizá
la culpa está en mi déficit de atención, trastorno que me lleva a no reparar en
que vivimos en una sociedad de apariencias, inmortalizada por fotógrafos
onanistas y escritores ágrafos; de ahí que quizá mi error no fue la lectura
tardía, sino la escritura pronta de una nueva novela cuando podía haberme
pasado el resto de mi vida “tuiteando” mi condición de escritor maldito: las
redes sociales son un claro muestrario de egos sustentados por necios
conjurados.
Como
buen anacrónico, no me dio por seguir el signo de los tiempos, sino que por
fabular mis crónicas con Ana. Bueno, en realidad con “Anne”, pues la mía era
una fabulación afrancesada en la que me transmutaba en un connoisseur del arte amatorio y en vividor del París de “Les années
folles”. Y la fabulé con ganas, ya que llegué a tener escritos seis capítulos
de la segunda entrega de mi planeada trilogía, antes de plantearme la
conveniencia de comprobar si lo que llevaba escrito conducía a alguna parte.
Mi
intención era autopublicar la primera entrega estas Navidades, pues confiaba en
que el texto sólo necesitaría de una corrección pausada de faltas ortográficas
y despistes en su continuidad. Pero no fue así: lo que me encontré es una
sucesión de relatos interconectados por mi arrebato creativo, no por mi
capacidad para hilvanar una historia. A las faltas y despistes, se une una
ausencia de trama continuada, lo que hace que en muchos casos las cosas ocurran
porque sí, como en un torrente de actos incoherentes que sólo cobran caudal en
mi mente.
Para
mi suerte, tengo más dedos de frente como lector que como escritor; y, sin
quitar ni un ápice de valía el estímulo de su escritura, sé qué el texto es
flojo y necesita de una reescritura cuidadosa si quiero compartirlo como obra
de creación; pues, tal y cómo está, mi enninación es puro deleite de recreación
solitaria. Por ponerte un ejemplo evidente, atento lector: en esta œuvre de fiction faltan escenas de sexo,
lo cual es llamativo dado que el protagonista es un prostituto, y que su
profesión juega un papel importante en la trama de suspense que novelo.
Pero
soy caprichoso, y me gusta lo que he escrito, no me apetece cambiarlo: tal y
como está refleja lo que quería escribir, y además me habla de las experiencias
que viví durante su proceso de escritura. Así que, hasta que discurra cómo
hacer nuestra un fabulación muy mía, el proyecto se quedará tranquilo.
Lo
que no quiere decir que en mis planes creativos figure el dedicarme a la recherche du temps perdu en mi
ensoñación parisina. No, tengo en mente un par de proyectos: el más cercano es
la publicación de una antología de cuentos y relatos –ya están escritos, así
que sólo tengo que seleccionarlos y corregirlos–, luego vendrá la escritura de
una nueva novela, cuya trama está cobrando forma en mi cabeza y de la que he
escrito el primer capítulo.
Durante
unos días estaré aún más alejado de Internet de lo que es habitual en mí; ya
que, a la vez que selecciono los textos, quiero probar un programa de edición,
para que así mis libros impresos tengan un acabado más chulo.
Una
vez más, amigo lector: gracias por venir y enloquecer.
A bientôt, mes chers lecteurs fous!