Es
mi lado deficiente lo que me vuelve diferente. Así que necesito seguir
aprendiendo todo lo que pueda, pues quizás me ayude a mejorar.
De
momento:
Sé lo que no quiero.
Sé lo que no puedo.
Sé lo que no debo.
No
me basta saber, ante todo debo recordar que me conviene alejarme de bebedizos
fríos en vasos largos y de momentos calientes en pasiones cortas.
Debo
acordame de que embeberme con los prejuicios de los demás es perjudicial para
mi salud.
Vértigos
a parte, sé que fue la BELLA, y no la caída, lo que mató a la bestia. Y es que
es lo más hermoso lo que hace más daño. Pero no debo dejar que me encoja el
miedo, si no que me entalle el respeto a mí mismo.
Tras
la caida, me levanto. No me voy a quedar en el suelo para pasar desapercibido.
Nico
juraba palabras sentidas; sin presentir que al disentirlas lo apalabrarían como
perjuro. El tiempo convirtió promesas en renegaciones.
“Fue
el mejor de los tiempos... Fue la era de la sabiduría... Fue la época de la
fe... Fue la estación de la luz... Fue la primavera de la esperanza...” (1)
“It was the best of times… It was the
age of wisdom… It was the epoch of belief… It was the season of light… It was
the spring of hope…” (1)
Nubia
aseguraba su presentir futuro; sin tener presente que el mañana olvidaría un
hoy que se convierte en ayer con la fragilidad de un suspiro. El tiempo trocó
lo vivido en olvido.
“… (no)Fue el peor de los tiempos… (no)Fue la
era de la necedad… (no)Fue la época de la incredulidad… (no) Fue la estación de
la oscuridad… (no)Fue el invierno de la desesperación”. (1)
“…It was the worst of times … It was the
age of foolishness …It was the epoch of incredulity …It was the season of
darkness … it was the winter of despair.”(1)
Nubia
y Nico buscaron la manera de alejar la sensación de fracaso cuando su tiempo
llegó al ocaso.
"Lo
que hacemos es mucho, mucho mejor que lo que hemos hecho nunca; es un descanso
mucho, mucho mejor al que vamos de lo que jamás hemos conocido"
"It is a far, far better thing that
I do, than I have ever done; it is a far, far better rest that I go to, than I
have ever known."
Nubia
y Nico jamás se reconocieron.
Nico
dejó de sentir persona a Nubia.
Nubia
empezó a definir como personaje a Nico.
Fue
tal la distancia que se asentó entre ellos que cuando la casualidad los
acercaba no hacían caso a sus sentidos y sí a sus sentimientos: en caso de verse, no se reconocían; de oírse, no se percibían.
En
su corazón amurallaron dos ciudades.
De
su historia compartida elucubraron una histeria inducida.
Y
se exteriorizan felices de haberse dejado con un palmo de narices.
(1)Fragmentos
de la novela «A Tale of Two Cities / Historia de dos ciudades» de Charles Dickens.
Portada para "Historia de dos ciudades" -novela de Charles Dickens- en su edición por Debolsillo
Dedicado
al artista gijonés Danny Daniel.
Recuerdo
las innumerables veces en que tarareé su canción «Por el amor de una mujer» junto
a mi madre.
Hoy
un juzgado le ha desestimado su demanda de autoría sobre una canción que es
suya y que hemos sentido nuestra todos los que la hemos oído.
Tienes
todo mi apoyo y agradecimiento, Danny.
La legalidad
no vive en la misma ciudad que la justicia.
Danny Daniel es el
compositor de «Por el amor de una mujer»
"On the
Internet, nobody knows you're a dog" - Peter Steiner- The New Yorker, 1993
Es
llamativo el que en esta época inflacionista en la que nos falta dinero para
pan, lo tengamos para un “iPad”. Los mismos que nos rechazan como trabajadores,
nos buscan como consumidores de lo superfluo; y en Internet han visto un paripé
para mantener su negocio.
A
tal fin, nos han creado la necesidad de estar siempre conectados a La Red,
presentada como una nueva tierra de promisión, donde hasta el más tonto tiene
un blog al que va y enloquece cuando le desapetece.
Con
la excusa de mantenernos comunicados –y escudándonos en el engaño de tener un
acceso instantáneo a una información desinformante–, le quitamos dinero al
hambre para dárselo a la vanidad de poseer un blog bien situado o un perfil en TikTok
muy visitado.
El
inexistente Nino Ortea –el vanidoso que esto escribe– es titular de un blog, tiene
cuenta en Facebook y en Twitter. El existencialista Marcelino –el dadivoso con
los fastos del bloguero, tuitero y feisbukero inexistente– frecuenta los escaparates de
bares y cafeterías para consultar su correo electrónico y WhatsApp, dado que la
conexión por él pagada se encuentra habitualmente apagada (por no escribir
“caída”, pero ese calificativo adjetiva una parte del cuerpo “marcelinense”
otrora muy querida por su compañera, enfurruñada desde que la he convertido en
referente afrutado de éste blog).
Ya
cuando contrató una línea de Internet a precio de tantán, le dije a Marcelinín que
había tomado una decisión tan patán como lo habría sido el vestirse de
bailarina de cancán: y mi temor resultó en acierto en lo del can…
Pese a que él, que es un gato cegato y pazguato, cada vez que logra acceder a Internet
acaba ladrándole a la luna al verse saturado por una avalancha de anuncios
consumistas para perros.
Con
lo que ese gato que está triste y azul, desde que ella no lo invita a su
paella, se pregunta si se ha vuelto tan inexistente que ya no le importa ni su enunciada
copulativa ni a los anunciantes predicativos en el desierto de su aGobio.
De ahí que mi alter ego terrenal, expulsado del placer carnal, se sienta marginal
cada vez que Internet lo trata como un perro infernal.
Mientras
prosigue su viaje a ninguna parte, a ella le dirige indirectas como hablarle a
su ausencia y mí me manda directamente a donde Fernando Fernán Gómez mandó a un admirador molesto cual piedra
pómez.
Ayer sábado vi «Super Mario Bros.: La película» (Aaron Horvath y Michael Jelenic, 2023). Y me pareció muy entretenida.
La casualidad había hecho que me regalaran dos entradas para asistir –a una sala y hora concretas– a la proyección de la película.
Acudimos con reticencias: tanto la obraa, como sobre todo su público (previsiblemente) en su mayoría infantil y ruidoso nos desanimaban a asistir. Pero hacía mucho tiempo que no acudíamos a un cine y las localidades eran gratuitas. Decidimos ir; y, en caso de sentirnos incómodos por la compañía ruidosa cual “gremlins desatados”, siempre podíamos salir de la sala.
Ni Frambuesa ni yo somos/fuimos aficionados a los videojuegos de “Super Mario”; pero a mí me encantan las películas de animación y ella es de natural animado.
Al llegar a la sala parecía que habíamos entrado en otra dimensión, o acometido un viaje hacia atrás en el tiempo: el espacio estaba a rebosar de niños ruidosamente festivos –hacía décadas que no veía/sufría una compañía tan festejante–.
Las entradas eran sin numerar, por lo que nos sentamos donde pudimos dentro de donde queríamos.
El ruido festivo de fondo, a intensidad leve o moderada, no cesó durante toda la proyección. Factor sonoro que intensificó la fantasía que le propuse a Frambuesa de que abordáramos la experiencia fílmica como participar en una partida inmersiva de una videojuego.
Disfrutamos de la peli y –quizá más– del novedoso entorno de visionado –lleno de personitas inquietas que se asemejaban a los personajillos hiperactivos de la peli–.
De vuelta a casa, la princesa Frambuesa le propuso a este fontanero agilizar el paso para jugar a “Cañerías y desatascos”.
Sin dudas, el de ayer no fue un sábado muy santo, pero sí de gloria.