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lunes, 9 de septiembre de 2024

Recuerdos discordes: desdentadas / descubiertas

En mi infancia el mundo era pequeño, del tamaño de mi barrio.

Aunque la imaginación me permitía ir donde quisiera, no imaginaba otro mundo mejor para vivir que aquél donde vivía: el barrio de “El Carmen”, en Gijón –antiguo enclave de servicios navales que había devenido en arrabal de servicios sexuales, prestados por prostitutas tan ruidosas como vulgares y contratados por “puteros” tan vulgares como ruidosos–. En mi calle, de apenas doce portales, había tres “puticlubs” y varios pisos que oficiaban de burdeles. Las rameras caídas en desgracia –muy desgarbadas, desdentadas e imagino que heroinómanas en su mayoría– tras ser expulsadas de los prostíbulos trabajaban colándose en las carboneras de los portales o acomodándose en los recovecos de los muelles cercanos.

Estas mujeres erosionadas frecuentaban los bares a los que íbamos los vecinos del barrio, donde no sólo buscaban negocio, también calor humano y cierto sentido de pertenencia. Allí, cuando estaban sobrias, se les permitía permanecer –normalmente arrinconadas junto a las máquinas tragaperras– siempre y cuando no molestaran al resto de la clientela. Algunas, las menos deterioradas, incluso obtenían ingresos extra al realizar trabajos de limpieza en los mismos portales  en los que trabajaban de noche.

Incluso hubo entre ellas quienes encontraron algún “benefactor” que las retiró de la vida en la calle. La señal más evidente de su incorporación a la condición de “vecina” era que dejaban de saludar a sus antiguas colegas y clientes, por lo que pasaban de presencia ruidosa a silenciosa, a menos que el espíritu del vino hiciera presente su pasado.

Foto tomada de Internet. Autoría no acreditada.

Recuerdo en especial las tardes-noches de los domingos. Iba con mi familia al bar “El Nalón” o al restaurante “Riscal”. Allí, mi padre y hermana veían el partido de futbol en la tele en color. Mi madre alternaba la lectura de la prensa con la atención a las jugadas destacadas y la conversación con nuestros convecinos, incluidas las meretrices reconvertidas.

Las tardes en que tenía suerte yo llevaba tebeos al bar y, una vez releídos, calcaba algunas de las viñetas usando servilletas de papel. Pero era más habitual que cargase con libros y cuadernos de ejercicios, para acabar de hacer los deberes o castigos escolares a entregar el lunes. Cuando los finalizaba, no era raro que una de aquellas mujeres perfumadas en pachuli me regalara alguno de los tebeos que ellas leían, cómics a los que solía faltarles la cubierta o las páginas centrales, al igual que a sus propietarias les faltaba algún diente. Aquellas mujeres me ofrecían con tanta ternura los cuentos que mi madre nunca rechazaba el regalo, pese a que mi padre soliera carraspear su desacuerdo.

Aún guardo alguno de aquellos tebeos.


 

martes, 12 de agosto de 2008

Vanidad

“¡Yo soy grande! ¡Son las películas las que se han vuelto pequeñas!
Frase tomada de la película: El crepúsculo de los dioses.

No es lo mismo ser soberbio que estar soberbio.
No se debe utilizar el pronombre “YO” delante del verbo.
Es redundante. Es de engreídos. Es signo de Soberbia

Lo reconozco, ¡hay veces en que me gustaría ser inglés!
Y ésta es una de ellas.
Los angloparlantes no diferencian entre “Ser” y “Estar”.
Con coger una calavera y cuestionarse el “To Be” tienen bastante.
A ellos no les preocupa que los llamen “Prepotentes” por enfatizar el sujeto agente. Si no ponen la forma pronominal ante el predicado, los llaman “tarzanes” y eso no ser muy mono, Jane.
Me queda un consuelo: no soy un inglés flemático pero sí un asturiano enfático.

Nosotros, quizás por ser católicos, seguramente por ser fariseos, aparentamos llevar muy mal lo del “Yo” y lo barnizamos con el freudiano “Super Yo”. Que no sólo es más culto, si no que es la antesala de la Educación para la ciudadanía.
Después a opositar, o a militar en ONG’s, y… ¡Ya está!
¡Nuestra vocación de servicio social alcanzada! ¡Todos iguales! ¡Todos al servicio de la Sociedad!

El gran hermano de George Orwell, la Alemania de Hitler, o los Hare Krishna de los aeropuertos son prototipos de este estereotipo. Yo, pese a mi calvicie, no me veo danzando al son que me tocan, al servicio de un estado, ni dejándome bigote…
¡Mi madre no me crió para eso!

Siempre he sido el raro, el diferente, el mutante… No voy a negar que me haya aprovechado de ello. Puedo parecer tonto, pero estoy muy lejos de serlo. Con mi proverbial torpeza tengo bastante. Pero debo reconocer que, en más de una ocasión, el que me consideraran un loco me ha servido para lograr lo que quería, o al menos para que me dejaran tranquilo.

Cuando nacemos nos mostramos como somos. Nos gusta ser el centro de atención. Exteriorizamos nuestros sentimientos. Comemos cuando queremos. Y dormir no tiene límites.
Entonces llega el “Colegio”.

Una de las ventajas de haber sido un mal alumno, es que el proceso formativo reglado no me deformó en exceso.
En la “Escuela” se nos somete a un arbitrio de socialización y aprendizaje. En ese destete emocional, nos despojan del YO, y nos invisten en el nosotros. Todo buscando que en el futuro seamos personas de provecho para la Sociedad.

“El burro delante para que no se espante”. “Su hijo no comparte el material con sus compañeros”. “¡MJOS!... ¡Una semana expulsado por pegar a María del Puí!”. “¿Cómo que no quieres hacer un trabajo en equipo?... ¡Suspenso!”. “Su hijo presenta serios problemas de aceptación de la autoridad. ¿Han pensado en llevarlo a un psiquiatra, o en matricularlo en otro centro?”. “No llegará a nada en la vida”. “Acabará muy mal”…

Por fortuna, frente a la erosión practicada por el Sistema Educativo y los prejuicios sociales (“¡Uy, qué raro es! ¡No le gusta jugar al fútbol!” “¡Debe de ser marica, prefiere leer un libro a jugar con nosotros al Scalextric!”) mi autoestima encontró cobijo en mi madre.
Siempre me escuchó, apoyó y cuando hizo falta me pegó con la zapatilla. Con su “Hijo, no es así” logró más que todos los educadores con sus castigos. Su “Hijo, ¡Cuánto vales!” me armaba frente a los desprecios belicosos.



No me supravaloro, pero odio la falsa modestia. Sé que no soy más que nadie, ni menos que nada. Tengo mucho que aprender y por disfrutar. Llegado el momento sé compartir. Cuando hace falta sé perder. Pero, ante todo sé cual es mi sitio, y lo que quiero. 
En mi vida me he puesto un uniforme. No he necesitado disfrazarme para que me aceptaran. La necesidad de pertenecer a alguien o a algo me ha sido ajena. La hipocresía de lo políticamente correcto me es impropia. Aunque ya no soy joven, sigo siendo airado. Soy agresivo con los miserables. 
Cuando hago las cosas, las hago pensando en . Si escribo estas líneas no es buscando convenceros, si no reafirmarme en mi valía. Si estoy enamorado no es por que busque hacerla feliz, si no que los dos lo seamos. Cuando doy primero, no es por generosidad, es por evitar recibir.

Pese a todos estos rasgos asociales, egoístas o hedonistas, si de algo puedo presumir es de la amistad de mis amigos. De hecho, más de una vez me habéis comentado en este blog que debía de estar contento por las muestras de aprecio. Lo estoy. Ellos sacan lo mejor de mí, y soportan lo peor.
Al igual que el agua, algo tendré para que me bendigan con su compañía.

¿Soy soberbio? SÍ. Y no sabéis lo que me ahorro en libros de autoestima.

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