domingo, 4 de agosto de 2019

El chispazo de la vida 1 de 3


Distinguido vicepresidente:
Sirva la presente como aviso contundente de mi dimisión concluyente.
Aunque usted no lo supiera, yo era un hombre feliz en mi trabajo: lo podía desarrollar siguiendo una planificación fija, sin acumulación de tareas y dentro de unos horarios inamovibles.
Aunque usted lo ignorara, yo era un hombre feliz con mi empleo. Probablemente esa felicidad hacía de mí un tipo aún más raro de lo que ya me convertía de por sí el trabajo en sí mismo. En esta sociedad en la que incluso muchos profesionales vocacionales –como médicos o profesores– se quejan de sus obligaciones laborales, yo desempeñaba mis cometidos con la satisfacción que te da el saberte útil para los demás. Con esa satisfacción que sólo me daba el comprobar que estaba allí para dar por muerto y enterrado cualquier problema vital que hubiera afligido a nuestros usuarios.

Además de descubrirme útil en lo social –a mí que según mi padre era pura “carne de cañón”–, mi trabajo me hacía sentir realizado en lo personal, y ello pese a haber sufrido en su desempeño vicisitudes como el que mi esposa me abandonara justo al comienzo de mi segundo año laboral.
A Puri, que a terca no hay quien la gane, se le había metido entre ceja y ceja que tenía que dejar el trabajo, ya que me estaba volviendo más frío y tenía menos conversación que un muerto. Además, aseguraba que el trabajar por las noches afectaba a mi salud –ya que deslucía más pálido que un vampiro– y bajaba su autoestima –pues se sentía una viuda al nunca tener presente a su marido ausente–. Así que un día, justo tras un amanecer en el que la había despertado para hacer las paces con unas flores que había cogido en la empresa, me dio a elegir entre su amor o mi profesión.

De ahí que lleve 12 años viviendo con mis padres. Quizá ahora encuentre un momento para arreglar lo mío con Puri. Creo que hace tiempo que metió a un tío en nuestra casa, pero estoy seguro de que sólo lo hizo para darme celos. La llamaré una mañana de éstas y la invitaré a comer, para charlar y ponernos al día. Eso sí, no la podré llevar a un sitio caro pues no sé por cuánto tiempo estaré en el paro y el dinero empezará a ser un recurso raro.
Bueno, con su venia continuaré desplegando mi carta de dimisión en un próximo correo.
Acaba de entrarme una carga de trabajo y como cantó el afanoso Adriano Celentano: Chi Non Lavora Non Fa L'amore –e io sono innamorato del mio lavoro–.
A sus pies y a los de su señora.



Hoy iba a compartir el final de esta delizanza laboral, pero acabo de recibir buenas noticias que me llevan a posponer su finalización en una semana.

Te pido disculpas, amable leyente.

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