Amaral - Estrella de Mar
Hola, amable leyente.
Ojalá coincidas
conmigo y pienses que “La voz humana” es femenina. Ojalá que si hemos
coincidido no haya sido porque has interpretado que me refería al protagonismo
en la pieza dramática escrita por Jean
Cocteau. Si ha sido así, te pido a la par disculpas y que concedas parte de
tu tiempo a la lectura de esta introspección con la que confío aclarar el “deámbulo" en mi preámbulo.
La mayoría
poblacional es femenina. Luego, en esta época de primacía estadística y primor
democrático, lo apropiado es dar sin primicias la voz principal a la mayoría.
Fuera de los datos y dentro
de lo personal, suele ser una voz de mujer la que nos acuna con sus
fabulaciones en la infancia, nos educa con sus dicciones en la juventud y nos
vela con sus historias en la vejez. En el ámbito laboral, a las mujeres se les
confían funciones asociadas con la comunicación oral; confianza que deviene en
determinismo al relegarlas a trabajos feminizados precarios.
Aunque… ¿Acaso hay
mejor ejercicio de narrativa breve que el que componen las teleoperadoras en un
puñado de minutos y con el que logran hacer de lo vulgar un objeto de deseo?
Voz, mujer, teléfono,
deseo… Todo lo que escribo parece llevarme a Cocteau y a su personaje con pronombre por nombre: “Ella”. ¿Qué
gran ficción de mujer, verdad?
Lo aparentemente ficticio,
aunque absurdamente real, es que la casi totalidad de arquetipos y estereotipos
literarios femeninos estén escritos por hombres. La “Eva” bíblica, “Lady
Macbeth”, Bernarda Alba… son puntos referenciales en nuestra cartografía
literaria; en un atlas creativo trazado por hombres y que consultamos
escritores y lectores de ambos sexos, sin cuestionarnos por qué se presenta
plano un mundo intelectual que es esférico, sin preguntarnos qué ocurre con el
hemisferio elidido.
El ser padres de
heroínas y villanas no conlleva para los literatos la pérdida de su renombre,
algo que sí ocurre cuando la autoría no es de un hombre. Si la obra de una
autora deriva en transcendental, se obscurece su valía y se ilumina lo
anecdótico. Se destacan rasgos biográficos, normalmente los desgraciados –por
eso de desanimar a las posibles tentadas por el demonio de la escritura–; se
resalta lo crucial del factor suerte en la repercusión, que no valía, de su
obra –que suele ser única, ya que la suerte, como el rayo, rara vez golpea dos
veces–. Se presenta a las literatas como mujeres de papel, personas frágiles y
de poca consistencia, a las que por su bien conviene no darles juego para
evitar que se rompan –como ocurre con las muñecas impresas que se usan para
decorar, no para el recreo–.
Escritoras como Carmen Laforet, Françoise Sagan o Elsa Morante son
ejemplos de esa condena al olvido de la nada literaria que sufren una legión de
autoras de las que se alega que no las inspiró una musa, sino que les sonrío la
suerte –como si la sonrisa de la suerte fuera como la mirada del bizco y
debiéramos evitarla–.
Te sugiero, afable
leyente, que leas sin prejuicios y con curiosidad no sólo la obra publicada de
cualquier escritora –sino la autopublicada por cualquier conocida– o acercarte
al blog o espacio literario de una desconocida, como en el que mi admirada
amiga y admirable escritora Flor nos
regala su voz humana. No te sentirás en tierra extraña, sino en costas
sugerentes donde sopla el viento de la voz humana.
Allí nos
encontraremos. Gracias por tu compañía.

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