¿Cuáles son tus proyectos futuros como escritor? Y de paso ¿cuál ha sido tu trayectoria hasta ahora?
Tengo varios. Estoy intentando buscarle el sentido a una serie de cuentos y ensayos que escribí durante estos tres últimos años. Tengo dos novelas inacabadas desde antes de la pandemia (no sé cómo finalizarlas, ya que no tengo la misma sensibilidad que entonces) y un proyecto que llevo escribiendo desde hace 17 años (una distopía de aventuras coloniales). En principio no planeo autoeditarlos si logro acabarlos. De hacerlo, creo que los presentaré a cauces editoriales. De hecho, es ese intento de normalización (hasta ahora fallido) lo que me ha impedido acabar de escribirlos.
Mi trayectoria creativa “profesional” ha transcurrido y transcurre fuera de la narrativa de ficción. Trabajos de articulista, ensayista o traductor español-inglés-español. Trabajos colaborativos anónimos para agencias de servicios lingüísticos o culturales.
¿Dónde podemos comprar la obra y dónde podemos conocer más de ti (entrevistas, blogs, podcast, publicaciones previas…)
«Donde vive el recuerdo» está disponible en Amazon.
Para saber más de mi personalidad literaria os invito a que visitéis su blog Ven y enloquece. A mi persona la encontraréis, habitualmente, en los comentarios. Para conocer el trabajo de mi componente editor, os animo a pulsar en este enlace.
Te agradezco, afable leyente, tu tiempo de lectura de introspección. Y agradezco a Pedro y a David Rubio su constante y trabajado apoyo a las creaciones de otros.
¿Qué personajes y situaciones nos encontraremos en la novela (sin spoiler, claro)?
«Donde vive el recuerdo» hace un recorrido por los recuerdos vitales de su protagonista, Fernando Rivas, quien es también el narrador de la historia a través de su flujo de conciencia. Escribe sus recuerdos, impresiones y suposiciones de cara a que ese volcado de sentimientos en palabras lo ayude a decidir si ponerle a su vida un punto y aparte o uno final. La trama está ambientada en los últimos años de la dictadura franquista y en los primeros de la Transición. En la narración impresionista en primera persona predomina un tono melancólico y descriptivo, con el que Fernando intenta poner en orden sus memorias sobre los sucesos que precedieron a una tragedia que marcaría su vida para siempre.
¿Qué pretendes que el lector saque de su lectura? ¿Para qué lector está indicada?
Mi única pretensión al compartir un texto, ya sea en el blog o impreso, es la de no hacer perder el tiempo a quien me dedica su atención lectora. Mi novela no es autobiográfica,es una ficción narrativa –que busco que resulte entretenida a sus lectores– y una reflexión sobre la valía del deseo de autoengaño para sobrevivir ante la realidad impuesta.
Es una novela dirigida a un lector indefinido: por mi experiencia en el blog he descubierto que un texto que pienso que es personal y efímero puede ser compartido por un lector de otro lugar y en otro tiempo. Mis personajes dan voz a constantes humanas como la fricción entre individualidad y sociedad, la disfunción entre libertad y soledad, la confusión entre amor y entrega… Al igual que nosotros, mis personajes son individuos sociales; y, al igual que sufrimos nosotros, su sociedad no tolera la individualidad.
¿Cuáles fueron tus influencias o fuentes de inspiración literaria?
No tengo ninguna influencia literaria marcada. Leo por impulso o capricho; básicamente, narrativa de ficción. Son muchos los libros que empiezo a leer, pero pocos los que acabo. No soy dado a la admiración ni a la contemplación. Llevo toda la vida leyendo, viendo y escuchando obras de “cultura popular”. Los tebeos generalistas, el cine de entretenimiento y la música pop-rock son mi mayor influencia; mucho más que cualquier movimiento o género literario.
Y la inspiración… es como un acto de posesión (tal y como te he escrito antes). Cuando la inspiración crea melancolía procuro no compartirla, que no pase del escrito en papel. Busco que mis textos compartidos comuniquen esperanza. Mis dos novelas tienen un final esperanzador.
¿Recurriste a un corrector profesional o a lectores beta?
Es un recurso que sé necesario, pero no me lo puedo permitir en lo económico. Autoedito mis obras confiando en que alguien que las lea se ofrezca ayudarme en su depuración literaria. Necesito la figura de un editor externo, pero no la he encontrado. Sí he contado con conocidos que oficiaron de “lectores beta”, pero fueron demasiado respetuosos con mis textos y comprendí que los ponía en un compromiso al pedirles su colaboración.
¿Alguna anécdota durante la escritura o la publicación?
Al tener «Donde vive el recuerdo» un sustento de evocaciones falseadas, varias personas de mi entorno afirmaron reconocerse en situaciones que novelizo y que no tienen ninguna conexión con ellas.
La publicación es siempre sorprendente y reconfortante: me vivifica sostener el primer ejemplar de cada obra. En este caso fue especial pues su edición luminó un momento personal oscuro. Su escritura me sirvió en un proceso en que tenía que tomar una decisión transcendental. Sus posteriores reescrituras han suavizando el “yo” e intensificado el “nosotros”.
¿Lo has presentado en alguna librería o biblioteca?
No me lo he planteado.
¿Algún lector te ha contactado?
Sí. Y mantenemos el contacto. Incluso hay una lectora que cuando viene a Gijón siempre quedamos.
¿Lo enviaste a editoriales, concursos, etc… o decidiste de inicio utopublicarlo?
Uf, a ver cómo te contesto sin delirar.
Mi proceso de escritura es parecido a un acto de posesión, en el que una personalidad literaria toma el control de lo que escribo. A esa personalidad creativa la llamo “NinOrtea”. Y lo que hace es escribir de manera automática una historia que parece que alguien le esté dictando.
Una vez acabado el texto, lo leo y decido qué hacer con él. A esa personalidad literaria que oficia de puente entre mi natural lector y mi condición de escritor la identifico con mi apodo “Nino”. Hasta ahora, esa personalidad redactora siempre has visto mis obras como trabajos de aprendizaje. Trabajos que incluso no depuro del todo en su componente personal, a fin de mantener ciertas autoreferencias creativas que me ayuden al abordar el proyecto siguiente. Por ejemplo: en «Donde vive el recuerdo» prima la narración en primera persona, pero hay capítulos o fragmentos en los que recurro a otro tipo de narrador. Recurso que en unos casos viene impuesto por las necesidades narrativas, pero en otras en un mero ejercicio rupturista o una solución tangible a una duda que me planteo. Por ejemplo: la primera vez que autoedite de manera serializada esta novela, la entrega titulada «Castigado a vivir» presenta sus páginas sin numerar y los capítulos empiezan al acabar el otro, en la misma página. Con ello buscaba reproducir la manera en que escribimos un texto personal sin ambiciones literarias: aprovechamos el papel y no numeramos las páginas. Esta decisión dificultaba la lectura de lo que sí era un texto con ambiciones literarias, por lo que en las dos siguientes entregas y en todo las páginas están numeradas y los capítulos aparecen separados, incluso recurro a notas a pie de página para contextualizar o informar.
Presentar los textos a un concurso o a una editorial requeriría normalizarlos, decuarlos a unas pautas de convocatoria o estilo. Esa normalización los privaría del único componente que los diferencia de otros cientos de obras que se presenten a esa convocatoria: mi impronta. Mis relatos o novelas no son grandes obras dentro del canon literario. Necesitan de un acabado editorial que no sé darles (no soy un gran escritor, pero sí soy un gran lector y noto esa carencia). De ahí que, cuando me noto con bravura, opte por autoeditarme para evitar que esos trabajos de amor queden perdidos, como han quedado tantos.
Para autoeditarme invoco la personalidad de “Marcelino”: él es mi editor y representante literario. “Marcelino” tiene una autoeditorial, Librelena, que es la que me publica, para lo que recurre a los servicios de impresión y distribución de Amazon.
Ahora te estoy escribiendo como Nino – mi apodo en la vida real–; que, además de ser uno de misheterónimos literarios, oficia de agente de prensa de Nino Ortea. Disculpa lo extenso de mi respuesta, confío en no haberla convertido en una divagación.
Sí que presenté mi primera obra –un libro juvenil– a varias editoriales. Sólo me contestó la editorial Everest.El resto, silencio.Del silencio no se aprende, por lo que decidí hacer de la autoedición de mis fabulaciones un taller de aprendizaje creativo. De ahí que todos mis libros, incluido éste, hayan salido a la venta sin que les aplique margen de beneficio económico, ya que considero que lo que ofrezco no son obras comerciales, sino trabajos literarios.
Con esta entrada recupero el texto que aporté a ¿QUÉ TE CUENTAS?, la generosa oferta que desde el blog «El tintero de oro» se nos brinda para presentar obra autoeditada.
Mi texto fue embellecido por el compañero Pepe.
Aquí lo recupero para aquellos interesados en su lectura a los que se les pasó en su momento mi aviso de publicación en «El tintero de oro».
Sobre escritura, autoedición y amistad I
Agradezco la oportunidad que David Rubio nos da a los autores autopublicados para compartir detalles del proceso de escritura y autoedeción de una de mis publicaciones. En mi caso voy a centrar esta “charla” en la novela «Donde vive el recuerdo», la cual lleva disponible en Amazon desde agosto de 2019.
Voy a afrontar la presentación de la obra como si ésta fuera una entrevista realizada en directo. Para ello usaré como pauta personalizada las preguntas que David nos plantea como orientación informativa en su texto de presentación.
Redactaré el texto en una sesión, para así unificar su ritmo y su narración. Por ello, evitaré corregir en exceso el texto (os pido disculpas por las faltas y despistes que encontrareis en él). Sé que si le doy muchas vueltas, acabaré sin enviarlo.
Gracias.
¿Cómo nació la idea de tu libro?
«Donde vive el recuerdo» es una novela antológica que, en sus 339 páginas, agrupa y corrige el contenido de tres novelas breves cuya publicación serialicé en 2016: «Castigado a vivir», «Obligadoa convivir» y «Condenado a revivir».
Esta novela nació con la idea de ser un cuento fantasmagórico. En el primer borrador, escrito en 2012, ese cuento se titulaba «Amor de madre» y formaba parte de un proyecto que me había marcado en mi eterno proceso de aprendizaje narrativo: escribir una historia con componentes fantasmales inspirada por la primera canción que escuchara en la radio. Sonó “Amor de madre”, tema de la banda Danza Invisible, pero el relato que escribí no tenía nada que ver, ya por entonces, con la historia que canta la canción… Este relato lo recogí en la antología de 2017 «Nada ha sido probado», que también autoedité en Amazon.
¿Cómo fue el proceso de escritura? (documentación, tiempo de escritura, donde escribías, cuantos años tardaste en terminarla)
El proceso fue autodidacta y empírico, basado en prueba-error. Se vio limitado por el hecho de que por entonces no contaba con acceso a Internet. Esta limitación ha moldeado mi forma de abordar el proceso de escritura creativa –ya sea el de una novela o el de un cuento–: suelo redactar a mano, busco la información necesaria en mi memoria o en mi biblioteca, lo corrijo a la par que lo tecleo en un procesador de textos, imprimo el borrador, dejo que se enfríe su recuerdo, pasado un tiempo hago una primera lectura-corrección pausada (sufro déficit de atención y migraña crónica) y al finalizar este proceso de lectura correctora decido si convierto ese texto –lleno de correcciones y anotaciones– en una creación literaria.
Una de las grandes ventajas de escribir a mano, es que puedes hacerlo en casi cualquier lugar y momento. Me gusta escribir solo y en espacios públicos, donde el aire libre y el ver vidas ajenas me oxigenan y estimulan. La corrección la hago en casa, en silencio y por etapas. Convertir el borrador en un texto literario es un proceso abierto, en realidad ninguna de mis ficciones está acabada. Las autoedito cuando siento que han alcanzado una estructura sólida.
¿Cómo preparaste la portada?
La portada de «Donde vive el recuerdo» es una fotografía de una casa de campo que, sorprendentemente, pervive en el centro urbano de Gijón. Saqué la fotografía con el teléfono durante un paseo casual por sus inmediaciones. La edité con el programa “IrfanView” para adecuarla a los requisitos de Amazon. Salvo la imagen de la antología «Mirador» –autoría de la escritora Clarisa Tomás Campa–, todas mis cubiertas lucen fotografías propias sin editar.
¿Acaso no van a escuchar al irrempazable Javier Gurruchaga?
Soy el hombre sin brazos del
circo
Soy capaz de fumar con los pies
Cada noche la gente me aplaude más
Pero yo me quisiera morir…
¡Ah,
disculpen mi canturreo, no los había visto!
Ejem,
ejem…
¡Pasen y lean, damas
y caballeros!
¡Acercaos
y curiosead, niñas y niños!
¡En
esta feria de vanidades que es Internet, descubran ustedes el espectáculo refulgente
que el recatado David Rubio orquesta
para lucimiento del exhibicionista Nino
Ortea!
Enninamiento
de una imagen tomada del sitio www.alamy.com
¡Pásmense
al ver cómo el iluso Ortea presenta como arte su escribir la “O” con un canuto!
¡Maravíllense
al ver cómo el ilusionista Rubio entinta con oro la falta de decoro del
venyenloquecido loro!
¡Descubran
los orígenes de las aberraciones que Nino
trasviste como “enninaciones”!
¡Pasen,
curioseen, descubran o asústense…! Pero ante todo –amables concurrentes–, lean,
y lean bien y con cuidado, o su ego adquirirá el tamaño monstruoso del
egocéntrico N i n o O r t e a.
Todo
esto y mucho más, por el módico precio de un clic.
¿No
los devora la curiosidad, distinguidos visitantes?
Pasen
y enloquezcan, el mundo nunca es inmundo en “El tintero de oro”.
Pasen
y disfruten. Yo me quedaré aquí un momento. Déjenme admirarla por penúltima
vez…
Imagen
David Rubio para el blog blog «El tintero de oro».
El
chipirifláutico David Rubio inspira
y coordina un nuevo encuentro creativo desde su siempre emocionante blog «El tintero de oro». El reto de este mes
consiste en “escribir un micro inspirado
en una emoción como mínimo”.
Mi
fábula de 250 palabras es hija de la ira (sin duda, la emoción que más me
pecamina). La he dramatizado en esta práctica de locución que quizá te apetezca
escuchar mientras lees el relato.
El demonio de la carne
Finalmente Dale
cayó dormido. Me levanté y llevé su copa a la cocina.
Arrojé el alcohol que quedaba sobre la madera que
había en el enorme horno de leña.
Recordé nuestros años de colegio y cómo Dale lograba sentarse con las niñas que
me gustaban.
En el instituto, compartió con Laura el viaje de estudios al que no me apunté para no dejarlo solo.
Estaba castigado. Descubrí, ya tarde, que finalmente le habían permitido
inscribirse; pero… se le olvidó decírmelo.
Laura, Maddy
o mi todavía esposa Audrey, todas
fueron activadoras sucesivas de la “maldición”, palabra en la que Dale abstraía su gusto por la mujer
ajena.
Lo había oído innumerables veces lamentarse de esa
maldición que lo convertía en desleal con sus seres queridos. Pero esta tarde,
escucharlo hablar con ese desapego de la adoración que Audrey le profesa fue demasiado.
Me invadió el arrebato “Bob”.
De repente, como en una toma involuntaria de
cámara, vi a Bob
reflejado en mi copa de burbon. Bob lleva siendo mi amigo imaginario desde que Dale empezó a hacerme sufrir lo
inimaginable.
Siempre me animaba a volcar mi ira en romper los
regalos que Dale me daba tras sus
maldiciones. Pero esta vez me incitó a romper a Dale.
Cerré los ojos, oí su carcajada y olí su aliento
fétido susurrándome: Fuego,
camina conmigo.
Como buen amigo de Dale, me alegro de haberlo liberado de su “maldición”.
En cuanto lo haya metido en el horno lo habré
redimido del demonio de la carne.
Gracias
por tu atención al videorrelato «El demonio de la carne». Intenté
que mi personaje no resultara plano y dotarlo de un arco emocional que
explicara su tensión disparada; pero creo que presentarlo justo cuando acaba de
asesinar a su “mejor amigo” no ha sido un buen punto de partida. ¿verdad?.
Te invito a que visites
el blog «El tintero de oro», donde
–además de un listado con los aportes cautivadores de mis compañeros
entintados– encontrarás un brillante artículo de David Rubio sobre las emociones y cómo usarlas en la creación
literaria:
El compañero Bruno
nos hace la siguiente propuesta desde el blog «El tintero de Oro»:
Agradezco a Bruno
su propuesta y a ti, amable leyente, la lectura de «Tras la caída», mi aporte a su convocatoria. En este micro añado
una escena al final fílmico común en las tres películas canónicas
protagonizadas por King Kong. Fabulo
que, tras su caída, el gran simio se levantó con un chinchón y… Bueno, mejor
lees el relato; si te apetece, puedes escuchar a la par mi locución con pulsar sobre este enlace.
Tras
la caída
(King Kong’s chinchón)
Un
relato de Nino Kinkonea
Orca,
“la ballena asesina”, se detuvo en la orilla. Sobre su lomo yacía el gran
simio.
La isla misteriosa enmudeció cuando Kong
se incorporó: incluso Triqui, el monstruo de las galletas,
dejó de engullir Phosquitos. El regio primate, atenazado de dolor, se sentó de
espaladas al mar y dirigió a sus congéneres una sonrisa cansada.
Pese a su debilidad, su voz sonó
firme.
—Temíais
que no volvería, ¿verdad? Son muchas las fabulaciones sobre mi muerte. Quizá
la de Jackson haya sido la más espectacular, pero es tan ficticia como las
anteriores.
Los
humanos, en su soberbia, nos consideran irreales; cuando somos tan reales como
lo son sus anhelos: si somos inmortales es gracias a sus leyendas. Encarnamos
virtudes que envidian y disfrazan de aberraciones. Por defender lo natural, nos
llaman monstruos. Por admirar la belleza, nos llaman bestias. ¡Eso se acabó! —Nosferatu, asustado, dejó de mirar su reflejo
en el espejo de Alicia, y abrazó a su amado Hombreinvisible—.
No volveré a apasionarme por sus mujeres. ¡Así que, ni se os ocurra volver a
traérmelas vestidas en gasas y coronadas en guirnaldas! ¡La próxima os la
coméis vosotros! Y me da lo mismo que construyan rascacielos enormes... ¡No
volveré a escalarlos!
Mientras
yacía sobre aquel sucio asfalto tuve tiempo de sobra para pensar. Aparcaré
viejos rencores y querencias. No volveré a maravillar por novena vez su mundo
inhumano. Y os aconsejo que hagías lo mismo.
Tenedles
miedo, mucho miedo: matan lo que aseguran amar. ¡Menudos monstruos esos
humanos!
Gracias por tu escucha/lectura
atenta, amable leyente/escuchante.
Si te apetece disfrutar de
otros textos que participan en la convocatoria de Bruno, sólo tienes que pulsar en este enlace.
La que has leído es una reelaboración de una entrada de septiembre de 2008, que dio pie a una serialización de divertimentos apropiacionistas por parte de este cuentista. Por las limitaciones de extensión que presenta la convocatoria, he suprimido partes del capítulo. Si te curiosea leerlo en su totalidad, aquí te dejo el enlace, amable leyente/escuchante.
El
desprendido David Rubio vuelve a
impulsar un encuentro creativo desde su blog «El tintero de oro». Esta 35ª convocatoria toma su inspiración en el
escritor estadounidense John Kennedy
Toole y su imprescindible novela de «A Confederacy of Dunces» –La conjura de los necios– una de mis
favoritas como lector y de mis referentes como escritor.
Esta
convocatoria me ha resultado muy especial, ya que he tenido la suerte de
participar en ella con un texto coescrito junto a Flor: autora de una creatividad
vivaz y con una impronta personal desbordante.
En
principio este “regato” iba a ser publicado en el blog de Flor; pero circunstancias
personales, que ella misma te cuenta en esta entrada, han conllevado un cambio
de planes.
Aunque,
lo que no ha cambiado es nuestra “conjuga” de estilos: el suyo, ronroneante; y
el mío, maullante. Gracias
por tu interés en nuestro “regato” sobre un cegato que tiene mucho de tozudo y
nada de necio.
Imagen a25de381f04dff38237b85df51b5395,
encontrada por Flor en Pinterest.
Cegato
(Un
relato maullado por Flor y Nino Ortea)
—¡Finalmente, ya se me ve en la cara!
O eso, o soy de Picio,
pues ella me habló de vicio luego de haber bajado su cabeza para mirármela
fijamente.
Mientras mi acompañante,
Úrsula, entre dientes decía:
—¡Con qué descaro lo mira, la descarada!
La doctora se alejó todo
lo que pudo y me encaró –con rostro enojado– tras haber auscultado lo que este
gato no le había ocultado.
—“Usted no sufre presbicia, señor Igmacio Minino. Lo suyo es puro vicio… de
quejarse”.
De nada habían servido
mis indicaciones y pronósticos. Según el diagnóstico de su profesionalidad,
tengo una visión de 10 sobre 10. Yo a esa numerología, en las horas poco frías,
la llamó “¡Pedazo orgía!”, pero con los ojos cual lirios tras su abuso de
colirios –y con mi atención puesta en el corte y confección de la bata de la
enfermera– allí, y sin que sirva de precedente, no encontré indecente el
admitir mi incultura al preguntarle a la oculista por qué insistía en esa
formulista del 10 sobre 10.
Mi acompañante me miró y
me dio un codazo –para que reprimiera mis deseos gatunos–. En voz alta subrayó:
—¿No va usted un poco ligera de ropa, con esa bata que apenas tapa su
generoso escote, enfermera lisonjera?
El caso es que la señora
doctora ignoró lo dicho por mi radiante acompañante y me indicó tanto la salida
—para mi desgracia no era la sanísima sanitaria— como que la última línea del
cartel de lectura lleva una muesca con el número 10.
Pese a su meterme prisa
para irme, volví a sentarme e insistí en mi incipiente condición de “rompetechos”
mientras llamaba doctor al extintor. Ella se rió —la enfermera, que la señora facultativa
permaneció muy entera— y de repente resonó la simple voz doctorera que me
recordó que, simplemente, me hago viejo; pero que ya quisieran mis coetáneos
tener mi ahínco visual. A lo que la afable Úrsula añadió que –tal y como ella
siempre me había destacado– es mi percepción, y no mi visión, la que necesita
dioptrías; pues veo lo que es y no lo aparente. Y a este gato lo tachan de
“cegato” por percibir lo evidente.
¡Pobre de este felino
que lleva toda su vida negándose a que lo den por liebre! ¿Y ahora quieren que
me contente porque, pese a lo viejo de mi pellejo, tengo la vista de un conejo?
Desde la escuela soy ese gato encerrado por preguntar lo que pone en el
encerado. Desde siempre, hasta el más acompasado de mis ronroneos ha sido
percibido como un maullido desafinado. Y ahora, por prohibirme, me niegan
ponerme unas gafas que me permitan ver esa realidad a la que no atino a ponerle
cascabel.
¡Remiaú!
Eso de no ver lo que los
demás vislumbran, es un serio problema. Quizá no de visión, pero sí de
adaptación. Y ya estoy cansado de ser el diferente y el raro. ¡Yo quiero ser
Premio Nobel y tenerte a mi lado, minina!
Mientras me lamentaba en
silencio, mi acompañante seguía afeándole su talante a la doctora:
—¡No es cegato, este loco gato; lo que
tiene son visiones cíclopes por su mal de amores miopes! Y por eso pide con
insistencia unas gafas. Ya que la vio y de la enfermera se enamoró pese a sus
chafas.
De nada sirvió la
explicación prímula de mi amiga Úrsula. De su consulta nos echó la oculista
inculta.
La verdad redentora de
la doctora no me había hecho libre, sino echado años y dejado sin gafas. ¡Con
lo que me apetecía llevar anteojos como Vargas
Llosa! Pero así está la cosa: yo, sin gafas; y Mario, sin Porcelanosa.
Como buen gato galán que
soy, no pararé hasta que esta bella enfermera sea mía. De día y de noche le
cantaré una sonata, le cantaré con la tuna de Tudela; y, poco a poco, ablandaré
su duro corazón.
A la luz de la luna le
citaré poemas de amor para mi bella doncella.
«Es verdad ángel de amor, que en esa alejada orilla del río el sol luce
mejor, desde aquí no llegan los rayos de sol. Vayamos pues a esa otra orilla a
tomar el sol.
Disfrutemos de nuestro amor, con tiempo y
dinero te pondré un casoplón con chofer, criada, jardinero, y azulejos y
baldosas Porcelanosa.»
Para disfrutar de un brillante ensayo
escrito por David Rubio sobre John Kennedy Toole y acceder a la
relación de textos conjurados, sólo tienes que pulsar aquí
Así mismo, te invito a que accedas al
canal de YouTube «Todo lo que tiene
nombre, existe»; donde las compañeras Ainhoa
y Gille conversan con su amenidad
habitual sobre vida y obra de Kennedy
Toole.
Si aún no te has hecho seguidor de su
blog y canal, o del de cualquiera de los gestionados por los compañeros
participantes en ésta o cualquier convocatoria “tintera”, “juevera” o “lunalunera”
te invito a que lo hagas. Los compañeros fabulantes debemos enrolarnos en
conjugaciones de creadores y no en conjuras de necios.
Nino Ortea.
Y, por si te apetece escucharlo, aquí te maullo ¡Remiaú!
La
compañera Marta Navarro nos hace la
siguiente propuesta desde el blog «El tintero de Oro»: “Escribe un microrrelato de hasta 250
palabras como máximo inspirado en algún mito o personaje a modo de metáfora
para la historia”.
Agradezco
a Marta su propuesta y a ti, amable letente, la lectura de mi aporte «Entre
laberintos y minotauros». Si te apetece escuchar mi locución del texto
sólo tienes que pulsar sobre este enlace.
La musa de la inspiración puede
ser gratuita, pero la “gusa” de la alimentación cuesta dinero. Y soy tan vulgar
que necesito comer a diario, para así poder alimentar mis apetitos creativos.
Uno crea por necesidad, no por
dinero. Aunque hay necesidades más perentorias que la de escribir. Existen
sociedades ágrafas que acumulan siglos de Historia. La historia de un creador
famélico es breve: acaba engañando su hambre creativa con un plato de lentejas
laborales.
Esta incertidumbre entre
necesidades y anhelos me lleva a adentrarme en el laberinto de mis contradicciones
vitales: busco al monstruo de La Industria que se alimenta de la carne de
creadores. Quiero derrotarlo. Me veo como Teseo arremetiendo contra “El
Minotauro”.
Pese al aislamiento en el
laberinto, escucho proclamas para que La Cultura sea gratuita. Pienso que
gratis deben ser los mimos y las caricias. La Cultura debe ser popular y asequible,
que no barata. El creador deber ver garantizado su derecho a ganarse la vida
con dignidad, no malviviendo de limosnas institucionales. No entiendo que un
escritor no pueda aspirar a ganar dinero escribiendo libros, pero sí puedan una
profesora que los comenta o un bibliotecario que los clasifica.
No me doy cuenta de que La
Industria vive allá lejos –donde habita el olvido– y logra que muchos
deambulemos por laberintos de incertidumbres.
Detengo mi caminar. Comprendo que
no debo dejar que las vacilaciones me atrapen ni me aíslen. Necesito desandar
lo recorrido y regresar junto a Ariadna.
Gracias
por tu escucha/lectura atenta, amable leyente/escuchante.
Si
te apetece disfrutar de otros textos que participan en la convocatoria de Marta Navarro, sólo
tienes que pulsar en este enlace.