Hola,
Esperanza:
Este
sábado el periódico no hablaba de mí (ni de ti).
Creí
que, tras haber blogueado y red-socializado el viernes la finalización de mi
novela Buscando el olvido, los periódicos detendrían las rotativas
para cambiar sus titulares. Pero me mantienen en la reserva.
Después
de todo, la mía era una noticia de ilusión compartida; pero está claro que lo
que a la prensa le interesa son crónicas de inocencias perdidas.
Y es
que, frente al relato de la caída en desgracia de una princesa —la cual alega
que enamorarse más de la cuenta fue una mala inversión—, nada interesa hacerse
eco de mi canto a tu boca de fresa, Esperanza.
Ayer lunes, por el patio de luces oí cómo las del octavo derecha se carcajeaban
al grito de “!Otra que le sale rana!”,
mientras comprobaban que, en su noticiario, Piqueras no hablaba de mí (ni de ti).
Poco
me conocen esas vecinas de lo ajeno, al creer que soy uno de esos amantes que
tiran la toalla antes de que empiece su noche de bodas.
Salí
a la calle, para acabar por enterarme en los bares de que entre mis conocidos
se masticaba que “Si el iluso de Nino tuviera un buen padrino, los
editores que saben de entelequias le publicarían sus papeles”.
Desde
entonces me he encerrado en casa y sólo escucho canciones de Joaquín Sabina que hablan de ti y de mí. También me mantengo frente al
ordenador, a la espera de mis veinte minutos de fama.
Y es
que ¡qué falta de respeto!, ¡qué atropello a la razón!, por Twitter aún nadie
me ha etiquetado como #NinoElDelNovelón.
Por
lo que aquí sigo aguardándote, Esperanza.
Sé que te gusta llegar con retraso; confío en que no llegues tarde.
Quizá
mañana el periódico sí hable de mí (y de ti).