El CIS publicó este miércoles una encuesta
de intenciones de votación pública.
Aunque
mi incuestionable intención devota hacia ti es pública, sus estadísticas no
hablaban de ti, ni se acordaban de mí, al igual que se ignoraba el nosotros que
formamos en este blog; por lo que mi desinterés hacia sus datos es parejo al
suyo sobre nuestros sentimientos. Quizá el nuestro sea un apego loco por no
reflejarse en gráficos, sino en emociones, pero es muy nuestro. ¡Allí se queden
ellos con su Podemos!; aquí, nos basta con nuestro queremos.

Fuera
de toda estadística –incluso de aquella que recoge las musas más comunes de
todo aprendiz a escritor–, viene a inspirarme esa frase que sostiene que la
condición de loco o cuerdo es dictaminada por la dictadura de la mayoría. Y es
que, de darse un cambio porcentual a favor de los ahora judicializados como
desquiciados, serían los hasta ese momento considerados cuerdos quienes se verían
medicados como trastornados. La conclusión a la que llego es que, al final, el
ser diferente condena a una minoría heterogénea que es proscrita por la
intransigencia homogénea de la mayoría.
En
nuestra sociedad, la batalla entre la vida y la muerte, entre lo legal y lo
justo, o entre tu ánimo al comentarme y mi desidia al contestarte, queda
reducida a una lucha de porcentajes en la que, en pro del bien común, aceptamos
dejar de ser personas para convertirnos en números, renegamos de ser individuos
y nos convertimos en “segmentos poblacionales”.
La unión hace la fuerza; y, lo
mismo que las alimañas se unen en manada para atacar a un león herido, al grito
de “¡Es hermoso sentirse poderoso!” ejercemos la fuerza de nuestra unión sobre
el débil, el indefenso o el diferente.
Hay
una excepción a esta marginación de quien se mueve por los márgenes de lo
aceptado, como no puede ser de otra manera en nuestra sociedad (in)humana: la
bula con la que cuentan los poderosos para moverse a su libre albedrío por
ambos mundos, o más bien para hacerlos converger en un cosmos a tamaño de su
bolsillo donde logran que la tierra de la realidad orbite al capricho de su
deseo.
Soy
caprichoso y rico, pero no poderoso. Mi riqueza no está en lo material, sino en
lo anímico: creo en mí, me quiero y me cuido. Desde pequeño me educaron para
valorar mi condición de diferente: no soy menos que nadie por valorar lo que
muchos desprecian, no soy más que nadie por desdeñar lo que otros aprecian.
Para lo bueno o lo malo, me fijo poco o nada en los demás. No recuerdo haber
deseado estar en otra piel más allá de lo que dura el deseo de una noche, ni
creo haber intentado dejar de ser como soy por más de lo que dura el laconismo
de un día.
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| Nieva a 150 metros de mi casa, ¿estadística o casuística? |
Al
igual que los productos bursátiles de la deuda griega, la cotización de mis bienes anímicos oscila
en mi autovaloración. En la apreciación ajena sé que se me depreciación como un
fracasado o un vago es un valor seguro. No voy a negar que me gustaría gustar “urbi
et orbe”, al igual que estoy a favor de la paz mundial y en contra del hambre
en el mundo. Pero, centrándome en lo que depende de mí, procuro estar en paz
conmigo mismo y saciar en ti mi hambre de estímulos.
Este
egocentrismo en lo vital, se impone también en lo ensoñado: escribo para que me
lean, pero ante todo para leerme. Mis fantasías tienen mucho de planes vitales
y también de estímulos emocionales: disfruto escribiéndote y hasta me sorprendo
con lo que me releo, al igual que me maravilla el que tú me estés leyendo ahora
y reescribiendo mis palabras con tus sentimientos.
La
encuesta del CIS no hablaba de mí ni
de ti, lector; ¿pero acaso nos importa? ¿Acaso la nieve deja de caer pese a que
sabe que el sol la acabará derritiendo?
Creo
que ambos preferimos existir en la loca realidad de los sentimientos y no en la
fría estadística numérica. Al menos a mí, me representa lo que aquí compartimos
y no lo que allí se reparten.
Una
vez más: gracias por venir y enloquecer. 49´36”
P.D.:
Justo cuando acabo de escribirte, también acaba de sonar en la radio la canción
Desde
que no nos vemos, de Enrique
Urquijo.