Ven y enloquece

Ven y enloquece
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domingo, 15 de abril de 2012

Mi corazón seguirá latiendo.


El pasado domingo, 8 de abril, el crucero M.S. Balmoral partió del puerto de Southampton.
En estos tiempos difíciles para el entusiasmo, en los que el despegue de naves espaciales es recibido con especial desapego, sorprende la repercusión mediática que está teniendo la singladura del citado buque; cuya llegada el puerto de Nueva York es esperada con una expectación comparable a aquella con la que Penélope oteaba el horizonte a la espera del odiséico Ulises, o con el desvivir con el que los telespañolitos seguimos la travesía del travieso Marco en busca de su mamá.

Confiar en que la partida de un barco cree expectación, en una época en que el verbo “navegar” se asocia al Ciberespacio y no a los Océanos, parece algo tan fatuo como confiar en que la exhibición de un aifón atraiga la atención de los cercanos. Sin embargo, ambas confianzas funcionan en este mundo de desconfiados.
Con lo que cuesta un aifón, no te queda otra opción que hacer proclamación de tu acertada elección delante de aquellos de entre tus conocidos, para los que comprarse tal cachivache es algo tan inalcanzable como comprar filetes de ternera o beber buen vino. Para ellos, lo inteligente no es un teléfono, sino llegar a fin de mes, por lo que cuestionan tanto la valía de tu capricho como la lozanía de una mamachicho. ¿Para qué interesarse por lo que no queremos tener?
Lo mismo ocurre con el citado crucero, de 12 días de duración, cuyos pasajes llegaron a costar 7.200 euros. Con la de quilos de bogavante que uno se compraría con ese dinero, cómo para plantearse el espíritu navegante. Y más teniendo en cuenta que el objetivo del viaje es rememorar la singular singladura del Titanic. Ese barco célebre por su fracaso a la hora de llegar a puerto.
Aunque, viviendo en un país donde un torero se ha hecho famoso por quedarse tuerto, no debemos entonar el “¡Están locos esos ingleses!”; pues también lo de los españoles tiene bemoles. Además, entre los pasajeros hay nacionales de 28 países, algunos de ellos familiares de los viajeros en el crucero hundido, lo que demuestra que para ser memo no hace falta ser paisano del Capitán Nemo.

El éxito de este rememorar un pasado fallido, me hace confiar en que mi futuro mejore. Pues, por tener, acumulo cosas tan deslucidas como un video beta, un tamagochi y la Constitución Europea. Y, puestos a rentabilizar grandes fracasos, tengo colosales esperanzas tanto en mi trayectoria educativa como en mi vida laboral; por ser ambas un vivo reflejo de un viaje que, partiendo de la nada, ha conseguido llegar al mayor de los fracasos.
Una vez más, la culpa de tanta desmesura se encuentra en la Cultura y en su tendencia “retro”. Que si recuperar la música de los años 80, que si adoptar el luc pin-ap y al final no es que Darth Vader nos diga que es nuestro padre, sino que el imperio contraataca con más amenazas fantasma y recortes clónicos.

Confío en que tras esta fiebre por recuperar el pasado, la que se recobre sea España; y que nuestra singladura final se asemeje a la del camarote de los Hermanos Marx y no a la del Titanic.