Ven y enloquece

Ven y enloquece
Felicitación navideña obra de Mónica http://neogeminis.blogspot.com.es/2017/12/y-llego-el-dia.html .

lunes, 27 de octubre de 2008

Ya te llamo yo


No, deja… Ya te llamo yo.
Y, Nino porfió, esperó, y aguardó. Pero el teléfono no sonó, y no pudo evitar verse como ese perro, al que su amo deja atado a la puerta del baile con la orden de que espere aquí, y la promesa de que ahora vuelve.
Pasó el tiempo, y 101 dálmatas después, Brujilda seguía sin hacer sonar el teléfono de Ninín.
Extracto del libro Desde que no me llamas, escrito por Tino Portea.


Desde luego, vivimos tiempos sorprendentes, queridos enloquecidos. Y no lo digo por que esta mañana me haya mirado al espejo y me haya encontrado atractivo.
No, mi reflejo sigue sin mentirme.
Lo digo por que viviendo en plena era de la comunicación, cada vez aumenta la incomunicación entre nosotros. Vamos, que mucho tecno-cachivache, pero la gente está más sola que la una. No llamamos, damos tokex. No escribimos mensajes, mandamos criptogramas…
Ante todo, tengo que reconocer que siempre llego tarde a esto de los modismos tecnológicos, tanto en lo relativo a los aparatos como a los programas / servicios / recursos.
Hasta el año 2000 no tuve un teléfono a mi nombre, y lo compré tras la insistencia de mi añorada Silvia en que le gustaría poder llamarme sin tener que usar dos envases unidos por una cuerda. A los pocos meses de mi incorporación al mundo de la facturación por segundo, mi pendoneo hizo que Silvia dejara de marcar mi número.
Y allí me quedé con mi celular mudo y mi neurona apesadumbrada.
La próxima vez, me hago de prepago. Y así la que paga es ella —me hice jurar sobre la memoria sim de mi motorola.
Hubo otros móviles para comprarme un móvil. Pero, debo reconocer que el desparpajo de las hijas de Eva, siempre se volvía mutismo a la hora de llamarme.
En mi angustia inmovilizante, me pregunté si —por alguna razón embriagada— me daba por liarme con gijonesas de raíces escocesas, y de ahí vendría su poco uso de la opción llamada del aparato.
Incluso llegué a pensar que dado mi gusto por la tribu de las petardas, o las entonadoras del ¡¿CuAlo?!, quizás en su divina ignorancia pensaban que aquel aparato-no-introducible con vibrador sólo valía para recibir llamadas.
Pues en mi período de celo, anterior al apareamiento, había comprobado cómo el inalámbrico no dejaba de sonar en los momentos más inoportunos, y siempre accionado a distancia por algún sombrón.
Al comprobar la facilidad con la que pasaba de interesante a cargante sólo por volver su teléfono en sonante, comprendía que no era que estuvieran faltas de dinero, si no sobradas de desdén. Y cuando tras realizar por 500 veces mi última llamada —y lograr oír una voz que no fuera la de la operadora que me anunciaba que la terminal estaba apagada o fuera de cobertura— creía que por fin hablaríamos. Nuestra conversación solía reducirse a un imail con retintín: “Aora no puedo stoi okupada. Ya t yamo yo. Tate bien. Bss”
¿Y para eso me había comprado un manos libres con bluetooth, 3g y sumergible? ¿Para ahogarlo en mis lágrimas de soledad?
¡Para tratar con estas monstruitas de Tasmania, me compro un tan-tan!
Y es que, como dijo el aerofágico iNino: “¿Para qué quiero un aifón, si ya no me llamas?”.
El problema viene después, cuando te das cuenta de que esta realidad no ocurre sólo en el reino de las pellejudas descorazonadas. Por desgracia, también es muy común eso de encontrarte con un amigo / colega / conocida y proponerle sinceramente quedar. Su respuesta no suele ser sugerir hora y lugar, si no un ambiguo: “Ya nos llamamos.” Con lo que, sólo te espera asistir al pulso entre tus ganas de llamar y tu intuición sobre la inconveniencia de hacerlo el primero. O, lo que es más trikitraque, te das cuenta de que ninguno tiene el teléfono del otro.
Tras culpar a tu alitosis inodora, a tu falta de tacto intangible o a tu amargura insípida, ya cautivo y desarmado por la afonía de tu politono, comprendes que el silencio precede al silencio, Shakespeare dixit, amici mei. Así que como Próspero en La Tempestad, no reniegas del ser humano, si no de su incapacidad para comunicarse.
Antes, hasta la llegada del telefonino -móvil, en italiano- las cosas eran más sencillas.
Quedabas y punto.
¿Qué la lady no aparecía?
Sin problemas.
Estabas en un bar.
Si Salomé no quería bañarse contigo en el Jordán, te lo beberías.
Bueno, os dejo, tengo que conectarme al feisbuk a ver si pillo onlain a pellejuda69.
Para otro momento, en que no tenga que abrir cuenta en biituu, dejo mi relato sobre mis sinvivires en Internet.
©Nino Ortea Gijón, 27-X-08

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