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miércoles, 25 de marzo de 2009

BaUt: Absurdia 1 de 4




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—Bueno, ¿te traigo algo del bar?
—No tío, ya queda poco para las siete y media; y la verdad es que prefiero esperar y tomar algo en el chiringo a hacerlo aquí. Además, ¿por qué no me esperas y hacemos el avión? Un par de cervezas y pa’casa.
—No... verás... prefiero bajar a donde Manolo y subirme algo.
—¡Bueno, anda, vale! ¡Coño! La verdad es que no creí haberme vuelto un brasas a raíz del divorcio. No sé tío, tan sólo pensaba en unas cañas y charlar contigo sobre cualquier tontería. ¡Joder, no creo que te haya dado tanto la vara últimamente!... Pero bueno, si tienes miedo a que te contagie el virus de la separación terminal, entiendo que...
—No, Tino, no es eso. Es que tengo la tira de trabajo sobre la mesa, y está el puñetero balance que tenemos que acabar antes del día veinte, y el presupuesto que hay que ajustar para optar al concurso.
—Venga, José, relájate fiera. Mira... más o menos tengo el mismo papeleo diario que tú. Lo del balance ya sabes, aunque en teoría lo tendríamos que realizar entre todos, lo acabaremos haciendo tú y yo; porque la otra... entre marcar culo y ajustarse el escote ya cumple el expediente. Y nuestros dos jefes mucho ir de compañeros y “A mí trátame de tú”; pero los cabrones se saben los dueños, y que nosotros somos los currelas que al final nos joderemos un fin de semana para ventilar el balance. ¡Coño, tío, pues ya está!, Venimos el sábado que viene y ¡raca! nos quitamos el muerto del puto balance. Luego felicitarán a Carmen por las fotocopias tan cojonudas que hizo, y a ti y a mí nos dirán: “¿Tendréis copias de todo, NO?” Como siempre, si ya sabes que...
—No, ¡joder tío, como siempre… no! El presupuesto ese es chungo, no sé a ti, pero a mí, la parte que me ha tocado... simplemente con hablar con los proveedores e intentar que nos hagan un descuento para así estar en precio, manteniendo nosotros cierto margen, ya me da un trabajo de la hostia. En dos días sólo lo he logrado con dos putos proveedores. Luego, atender a nuestros comerciales, contestar a las llamadas de los clientes, actualizar tarifas, ¡ando loco!
¡Vaya mierda de año, y acaba de empezar!

BaUt: Absurdia 2 de 4




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—Por eso, fiera. ¿Tú crees que nos agradecen que nos quedemos? ¡Joder, si nos consideran unos pringaos! Tú fíjate en cuando nos dan algún extra, o tienen algún detalle. ¡Yo preferiría que se los metieran porculo! ¡Que se dejen de coñas! Mira, Josín, cuanto más trabajas, más te explotan. Es como con las pellejudas, si eres bueno te toman por tonto, pero si te pones en tu sitio...
—Ya, Tino, tío... pero, mira cómo está otra gente. Mi hermano tiene una carrera y un master, y ahí lo tienes... tocándose la viruta en casa de mis padres. ¡Joder, si se sabe toda la vida y milagros de la Obregón esa! ¡Tío, hay que fijarse en los otros!
—Por eso, ¡coño! ¡Fíjate en la Carmen!; pero sin mirarle el culo, jaja.
Mira, ella es lista como sólo lo puede ser una pellejuda. La leidi llega siempre unos minutos tarde; eso sí, nunca se pasa. Se pone a hablar por teléfono con su prima la de Cuenca o con Manolo el de su futuro bombo. Atiende a algún baboso que había llegado tranquilo a la oficina y se marcha excitado. Se arregla las tetas, y se abre con un jefe, cuando no con los dos, a tomar un algo. Vuelve a la hora en que tú y yo nos vamos, nos dice una chorrada, y tú y yo actuamos como si estuviéramos oyendo las palabras de la diosa Atenea, cuando en realidad estamos ante las simplezas de una burda imitación de Venus. La tía se queda aquí sola, a su bola: seguro que aprovechará para pecar con alguno y sacar unos euros pa’ cremas.
Volvemos, y no falla, ¡siempre se va al baño, y se tira allí la del copón! Sale toda maqueada, que parece que quedó con el principito, en cuanto oye llegar a alguno de los jefes. Comenta las cuatro proezas con las que salvó el futuro de la empresa mientras chateaba por Internet. La chica nos vuelca una sonrisa, arroja un beso por el que nos pegamos todos... y ¡zasss, toda la tarde libre para hacer lo que le sale de sus deseables ovarios! Y ya ves,… los jefecitos y los mamones de los comerciales siempre la traen en palmitas.


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BaUt: Absurdia 3 de 4



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—Ya, los comerciales, ésos si que... ¡Coño es que no hacen bien una puta cosa, sólo jodernos! Cuando no se equivocan en un precio, prometen entregas en plazos imposibles, o garantizan descuentos que nos tenemos que currar nosotros. Pero ojo: en su comisión no aceptan una mínima rebaja, aunque supusiera una ganancia mínima para la empresa. Y es que como luego “Ellos son los que nos mantienen con sus ventas”, como dice el joputa el Javi.
Tío, cuándo me empieza a fardar de coche, de móvil y de mierdas... me pongo como el caballo de un indio. Y a los jefecillos sólo les falta recibirlos con una pancarta que ponga “¡NAMASTE!”
—Ya, José, pero mira, yo paso de ellos, ¡qué les den! Tengo claro que no son mis compañeros. Es más, si te das cuenta, incluso los jefecillos nos tratan como si nosotros fuésemos el batallón de castigo, y ellos la tropa de elite. Por eso te decía lo de Carmen. Yo me quito el sombrero, y lo que haga falta si me lo insinúa, ante ella.
No, en serio, fiera, no te rías. ¡Joder, es verdad! La jabata no se esconde: llega tarde, hay momentos en los que ni dios sabe donde está, trabaja más como secretaria de dirección que como administrativa, y ya me dirás el curro que eso le da: imprimir cuatro pijadas, hacer cinco llamadas, y dejar que la inviten los otros babosos a café, copa... pero nada de puro. No, eso lo guarda para el trapichero de su novio, el tuneado.
¡Ah, se me olvidaba, es la fotocopiadora oficial del reino! Si es que la tía es la más lista. Ya viste, entró más o menos cuando yo, y es el ama del cotarro. Cuando llegó el buen tiempo, se sacó de la manga eso de la jornada continua, para cuidar de la madre, y ¡joder! La madre debe de pasarse la vida metida en un horno, ya viste lo morena y crujiente que nos venía en verano. Y ahora, en invierno, estoy seguro de que está tumbada en casa, viendo a la tía esa de Antena 3,... la Patricia.
Luego se maqueará, le dirá a la vieja que le planche la ropa, y saldrá a la calle con su korki de cartera generosa. La tía por ahí hasta las tantas, y a la mañana siguiente al curro, a lucir palmito, que para eso cobra, que para currar ya estamos los otros palmos. A los que de vez en cuando bendice con su sonrisa mientras nos pide un favor, o nos cuenta lo buena que es y lo bien que se lo pasa.


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BaUt: Absurdia 4 de 4


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—Y tú, y yo, aplaudimos, recogemos las babas y a currar. Pero el caso es que a ella los problemas de la oficina no la afectan. A ella no le van con broncas, ni insinuaciones de despido, y a mí sí. ¿Y qué quieres, Tino?, ya sabes que con la mierda de contratos que teneos nos echan a la calle y somos nosotros los que pagamos al INEM. ¡Joder, tengo 33 años, y no puedo volver a casa de mis padres!

Además, estas Navidades estuve hablando con Sonia, y vamos a comprar un piso. Mira, este trabajo no es gran cosa, pero a mí me da para vivir, y si hace falta quedarse, me quedo.

—Pero bueno, tío, ¿acaso no nos lo curramos bien? Venga, ¡no me jodas!, si se nos amontona el trabajo no es porque no lo solventemos, es que somos dos haciendo el curro de cinco. Además, este tipo de faena nunca se puede acabar, siempre hay un pedido pendiente, una albarán por contrastar,... Si no nos echan es porque no lo hacemos mal. ¡Coño, somos administrativos, no unos carpinteros que tienen que hacer un número concreto de sillas! No nos podemos agobiar ante la acumulación de curro.

—Mira… ¡yo me quedo, tío! Marcha, sé que tienes razón, que el sacrificio de quedarme no lo valoran y que lo que es una deferencia casi lo he convertido en obligación. Pero, por eso... me quedo un rato más. Ya tomaremos esas cervezas otro día.

—¡No, nos las tomamos hoy!, pero aquí. Venga, fiera, bajo a por unas cervezonis y unos pinchos. Pero tú pagas, tío. Venga, dame 20 euros y…






Imágenes en blanco y negro pertenecientes a la película "Cabeza borradora" de David Lynch. La jamona computerizada es otro de mis sueños húmedos.
©Nino Ortea Gijón, 25-III-09



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domingo, 15 de febrero de 2009

BaUt: Prólogo 1/ 4


BaUt

PRÓLOGO


Es curioso cómo muchas veces la necesidad de cariño nos lleva a entregarle nuestro corazón a la primera persona que nos embruja con una sonrisa.
Máxime cuando, normalmente, somos bastante reacios a ampliar el espacio que en nuestras entretelas guardamos para aquellos que de verdad nos quieren, y cuyo único defecto es estar allí cuando los necesitamos.


Lo curioso se convierte en triste cuando uno se da cuenta de que tras ese supuesto enamoramiento se esconde en realidad una tremenda soledad; y de que el paso del tiempo, con el incremento de inteligencia emocional que teóricamente conlleva, no nos hace más intuitivos ante el embrujo de unos ojos, o el encanto de una sonrisa.
Lo peor viene después, cuando descubres que esa hechicera que infló tus ilusiones como un globo —al que pinchó con la espina de su indiferencia— se sorprende al ver tu dolor, y alega que fue tu tristeza, al ver cómo te excluía, la que te alejó definitivamente de ella.



ADELANTE

BaUt: Prólogo 2 / 4


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Y todo ello pese a que hay nombres cuya mera mención pone sobre aviso incluso al hombre más memo; por eso, las mujeres portadoras de ciertos patronímicos suelen ocultarlo bajo un apodo, mote o alias.
Vamos, que no es lo mismo que una chica te diga “Me llamo Dolores”, a que te susurre “Hola, soy Lola”.
En el primer caso te estaría avisando de lo que te espera si finalmente te animas a competir con su cigarrillo por rellenar la comisura de sus labios; en el segundo ocultaría, bajo el velo de su apodo, el doloroso final que te traerá intentar convertirte en el cinturón que bordea sus caderas.


Obviamente, dada su condición de depredadora de la especie, utilizará el señuelo del alias. Tú, mientras, quedas absorto por el sensual espectáculo que adopta su boca al pronunciar tan redondo nombre, y desistes de intentar saber qué apelativo real se esconde tras su sobrenombre.
¡Pensar! ¡Coño ni que eso hiciera falta en algo tan sencillo como la selección natural de pareja! ¿Es que acaso piensan los perros mientras se acercan, menando el rabo, a su perrita? ¿Por casualidad alguien ha visto a un elefante preguntarle a su elefantita el nombre, antes de ponerse a balancear sobre la tela de una araña? ¿O es que alguno cree que, si nos parásemos a pensar, abandonaríamos la seguridad del yo para adentrarnos en la quimera del nosotros?





BaUt: Prólogo 3 / 4



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El corazón es algo curioso; y ahora mismo no me estoy refiriendo a lo sorprendente de su función física, sino a la terquedad de su ceguera emocional.

Todos nos hemos sentido pasmados, avergonzados o decepcionados al comprobar como nuestra colección de sueños rotos, no nos impide volver a esos reinos de la ilusión y el deseo, limítrofes con la obsesión y la pasión.

Uno de los mayores problemas que tiene la revelación de la existencia de otra persona, es que del contacto pueden surgir unas chispas que encienden una hoguera que se convierte en un fuego difícil de controlar, y llegado el caso, sofocar.
Ni el tifón del desconocimiento, el extintor de la distancia, o los cortafuegos del silencio, sirven para contener ese fuego que te lleva a aventurarte en el lance del descubrimiento de lo que anida en el corazón de la que te hizo desear ser mejor.
Esa avidez por descubrir y compartirlo todo con aquélla de quien no sabes nada, hace que te aventures en el recorrido de distancias kilométricas —que montado en tu caballo de cartón se convierten en ciclópeas— habiendo empaquetado previamente tu maleta de esperanza con todos los atavíos que componen tu vida.
Te plantas irreflexivamente en la urbe del corazón ajeno —tan desorientado como Paco Martínez Soria cuando visita la gran ciudad— pero confiando, al igual que éste, en que el hecho de que ir guiado por tus buenas intenciones, impedirá que regreses a tu morada decepcionado con la mitad de la población humana.
Al final, cautivo y derrotado, sólo te queda consolarte pensando que al igual que hubo un rey, que ante el fracaso de su intento de conquista sólo pudo alegar que él no había mandado sus naves a luchar contra los elementos, tú emprendiste un viaje por las inseguras aguas del deseo creyendo que ibas a saber más sobre una persona, y no a chocar con un muro de indiferencia.


BaUt: Prólogo 4 / 4


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Es curioso comprobar cómo aquello que funciona en situaciones ficticias, fracasa en el mundo real. Y, ahora mismo, no me estoy refiriendo a esas escenas imposibles que pueblan las películas de acción. Todos sabemos que, al final, cualquier situación rocambolesca producto de la imaginación se ve superada en la realidad.
Son las actitudes planteadas en obras de teórico enfoque realista o cotidiano, las que no resisten su transvase al plano tangible; y pasan de provocar pasión, embeleso o agitación, a ser causa de desconfianza, burla o desatención.
El Leonardo DiCaprio que desató querencias con el sacrificio titánico de su vida por su amada, el Joaquín Sabina que se lamenta de que el deseo de la noche anide en el olvido del día, el Aureliano Buendía que recibió a Remedios Moscote con una bola en la garganta,... todos ellos serían considerados locos, pesados o inmaduros por aquellas a las que soñaron reinas de sus corazones y se revelaron como sotas de bastos de sus aflicciones.


Y es que, cuando dejas tu corazón en manos ajenas, lo único que puedes hacer es rezar para que no te lo devuelvan muy pachucho.
Normalmente somos muy cuidadosos a la hora de confiar nuestros bienes materiales. Y cuando vencemos esos recelos, y accedemos a prestar nuestro coche, nuestro abono futbolístico o nuestra caña de pescar, no lo hacemos sin pensar en a quien lo hacemos, ni sin recalcar que esperamos que nos lo regresen en perfectas condiciones, tal y cómo lo entregamos.
Con el corazón pasa como con los libros, cuando lo cedemos sólo podemos confiar en recuperarlo, aunque la experiencia nos hace prever que volverá marcado, sucio y ajado, y que recobrarlo supondrá poner fin a nuestra relación con la otra persona.
¿O es que acaso hay alguno de entre nosotros que no haya tenido que pasar por la embarazosa experiencia de tener que reclamar insistentemente un libro que nos es devuelto deteriorado, de malas maneras y peores palabras?

Pero bueno, dejémonos de generalidades, y unámonos a Tino Portea; después de todo, este fiel seguidor de Camilo Sexto en eso de enamorarse de quien de él no se enamora, es el protagonista de esta historia.



© Nino Ortea. Gijón, 15-II-09

jueves, 18 de diciembre de 2008

BaUt: necsito vert

necsito vert. Se q t dije q no sabrias + d mi pero t menti. X favor kdmos para 1 café y charlar. Perdoname
Tino posó el móvil sobre la mesa camilla. Dirigió la vista a la zona porticada bajo su mirador. Se quedó oteando la nada. Ausente.
Treinta segundos, quizás 30 minutos, pasaron antes de que se volviera hacia el teléfono. Accionó la opción de menú y guardó el texto en borradores.
Frunció el ceño. Quizás debería haberse acostado en lugar de pasarse la noche empantallado frente al ordenador. Todo para apenas sacarle diez líneas al teclado.
Se dirigió al baño. Tras remojarse la cara se acercó a la cocina. El gurgutido de la cafetera eléctrica le recordó a la melita negra en la que Sara preparaba su café ligero. Retiró del escurridor la taza que había comprado ayer. La llenó hasta el borde, sin leche ni azúcar. Así era cómo ella lo tomaba. Así era como él se estaba acostumbrando a beberlo.
Tras un primer sorbo, posó la taza. Estaba demasiado caliente. Regresó al salón. Ningún mensaje. Guardó el móvil en un bolsillo.
Miró el sillón donde ella nunca se había sentado. Acarició el respaldo.
El café ya estaba templado. Beber de la taza era como besar sus labios. Le había costado encontrar un establecimiento donde vendieran su marca de café. Obviamente no podía comprarlo en la tienda de Flor. Así que decidió hacerlo por Internet. La caja con los veinte paquetes le había llegado ayer. La fecha de caducidad era inferior a un año. La próxima vez se aseguraría de especificarlo en el pedido.
El sabor del café se asemejaba al que recordaba de su boca, y tenía el estómago revuelto, como cuando le sonreía al ofrecerle una tostada con aceite.
La echaba de menos.
Prendió un cigarrillo. Al poco de conocerla, había vuelto a fumar para estar cerca de ella. Ahora, cada vez que fumaba se sentía cerca de Sara. Nunca dejaría de fumar.
Acabó el café y no pudo evitar fijarse en el poso que había dejado en el fondo. Aclarar la taza no tenía sentido. Pronto llegaría el segundo.
Las 07:45. Ya estaría levantada. Ya le habría sonreído a la mañana gris, y ya estaría apurando el desayuno.
Permaneció sentado un buen rato junto a la ventana de la cocina. Pese al agua que había diluviado sobre ella, la madera había resistido sin hincharse. Tenía que pedirle un “comosellame” a su padre. Se lo pediría un día de estos.
Hoy no.
Ahora no.
El día se presentaba otoñal.
Tras volver a desperezarse, su mano alcanzó el bolsillo donde había guardado el móvil. Ningún mensaje. Releyó el texto y posó la terminal. Se quedó mirando cómo se desvanecía la luz de la pantalla.
Prendió otro cigarrillo.
Quizás Sara estaría ahora también fumando. Solía hacerlo poco antes de salir de casa.
Se fue hasta el balcón. Abrió el ventanal y salió al exterior. Pensó que ella podría pasar por la calle en cualquier momento. No quería que lo viera con ese aspecto. Entró acelerado.
Sobre la mesa de trabajo tenía una bolsa de doritos. La cogió mientras volvía al salón a abrir las ventanas para que ventilara la habitación. Colocó el teléfono sobre el aparador. Miró de refilón la pantalla. Ningún mensaje.
Otro café. Otros cinco minutos sentado inerte. Encendió el calentador y preparó la bañera para darse un baño. Sintonizó una emisora de radiofórmula mientras ordenaba la casa. Todas las canciones le hablaban de ella. Especialmente el tema de ese nuevo grupo… ¿Los Jarfirds?
Llevó el móvil al baño. Comenzó a desvestirse con desgana. El pijama se pegaba a su cuerpo como intentando recordarle que no había cumplido su misión de enfundarlo en el sueño. Con una manga aún por sacar, alzó el teléfono. Activó el menú y envió el mensaje. Miró su reflejo en el espejo. Se vio ridículo.
Habían pasado cinco canciones desde el primer chapuzón. Se sentía relajado. Prendió un cigarrillo y recostó la nuca sobre una toalla. En la radio sonaban Everything but the Girl y su Missing. Subió el volumen.
Could you be dead?
You always were two steps ahead
Of ev'ryone
We'd walk behind while you would run
I look up at your house
And I can almost hear you shout, down to me
Where I always used to be
Era el tercer mensaje que le enviaba en lo que iba de semana. Sabía que no le contestaría, pero no le importaba. Al enviarlos buscaba liberarse de la ansiedad que le producía su incomunicación. Era la mejor manera de hablarle respetando su silencio.
Recordó que mañana miércoles había quedado con Fermín para ayudarlo con el ordenador.
Se secó la mano antes de coger la terminal para releer el mensaje. Hizo bien en guardar el número antiguo de Sara. Ella ya sólo lo activaba cuando iba, en agosto, a Cádiz, al pueblo de sus abuelos, donde su operador actual no tenía cobertura.
Tenía que averiguar cuánto tiempo guardan las compañías los mensajes sin abrir.
Tenía que…
¿ADELANTE?
¿ATRÁS?
©Nino Ortea, Gijón 18-XII-08

lunes, 8 de diciembre de 2008

BaUt

Hola, este relato forma parte de la antología «Nada ha sido probado», disponible en Amazon por 0,99 €.

Gracias.
(C)Nino Ortea Gijón, 7-XII-08

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