necsito vert. Se q t dije q no sabrias + d mi pero t menti. X favor kdmos para 1 café y charlar. Perdoname
Tino posó el móvil sobre la mesa camilla. Dirigió la vista a la zona porticada bajo su mirador. Se quedó oteando la nada. Ausente.
Treinta segundos, quizás 30 minutos, pasaron antes de que se volviera hacia el teléfono. Accionó la opción de menú y guardó el texto en borradores.
Frunció el ceño. Quizás debería haberse acostado en lugar de pasarse la noche empantallado frente al ordenador. Todo para apenas sacarle diez líneas al teclado.
Se dirigió al baño. Tras remojarse la cara se acercó a la cocina. El gurgutido de la cafetera eléctrica le recordó a la melita negra en la que Sara preparaba su café ligero. Retiró del escurridor la taza que había comprado ayer. La llenó hasta el borde, sin leche ni azúcar. Así era cómo ella lo tomaba. Así era como él se estaba acostumbrando a beberlo.
Tras un primer sorbo, posó la taza. Estaba demasiado caliente. Regresó al salón. Ningún mensaje. Guardó el móvil en un bolsillo.
Miró el sillón donde ella nunca se había sentado. Acarició el respaldo.
El café ya estaba templado. Beber de la taza era como besar sus labios. Le había costado encontrar un establecimiento donde vendieran su marca de café. Obviamente no podía comprarlo en la tienda de Flor. Así que decidió hacerlo por Internet. La caja con los veinte paquetes le había llegado ayer. La fecha de caducidad era inferior a un año. La próxima vez se aseguraría de especificarlo en el pedido.
El sabor del café se asemejaba al que recordaba de su boca, y tenía el estómago revuelto, como cuando le sonreía al ofrecerle una tostada con aceite.
La echaba de menos.
Prendió un cigarrillo. Al poco de conocerla, había vuelto a fumar para estar cerca de ella. Ahora, cada vez que fumaba se sentía cerca de Sara. Nunca dejaría de fumar.
Acabó el café y no pudo evitar fijarse en el poso que había dejado en el fondo. Aclarar la taza no tenía sentido. Pronto llegaría el segundo.
Las 07:45. Ya estaría levantada. Ya le habría sonreído a la mañana gris, y ya estaría apurando el desayuno.
Permaneció sentado un buen rato junto a la ventana de la cocina. Pese al agua que había diluviado sobre ella, la madera había resistido sin hincharse. Tenía que pedirle un “comosellame” a su padre. Se lo pediría un día de estos.
Hoy no.
Ahora no.
El día se presentaba otoñal.
Tras volver a desperezarse, su mano alcanzó el bolsillo donde había guardado el móvil. Ningún mensaje. Releyó el texto y posó la terminal. Se quedó mirando cómo se desvanecía la luz de la pantalla.
Prendió otro cigarrillo.
Quizás Sara estaría ahora también fumando. Solía hacerlo poco antes de salir de casa.
Se fue hasta el balcón. Abrió el ventanal y salió al exterior. Pensó que ella podría pasar por la calle en cualquier momento. No quería que lo viera con ese aspecto. Entró acelerado.
Sobre la mesa de trabajo tenía una bolsa de doritos. La cogió mientras volvía al salón a abrir las ventanas para que ventilara la habitación. Colocó el teléfono sobre el aparador. Miró de refilón la pantalla. Ningún mensaje.
Otro café. Otros cinco minutos sentado inerte. Encendió el calentador y preparó la bañera para darse un baño. Sintonizó una emisora de radiofórmula mientras ordenaba la casa. Todas las canciones le hablaban de ella. Especialmente el tema de ese nuevo grupo… ¿Los Jarfirds?
Llevó el móvil al baño. Comenzó a desvestirse con desgana. El pijama se pegaba a su cuerpo como intentando recordarle que no había cumplido su misión de enfundarlo en el sueño. Con una manga aún por sacar, alzó el teléfono. Activó el menú y envió el mensaje. Miró su reflejo en el espejo. Se vio ridículo.
Habían pasado cinco canciones desde el primer chapuzón. Se sentía relajado. Prendió un cigarrillo y recostó la nuca sobre una toalla. En la radio sonaban Everything but the Girl y su Missing. Subió el volumen.
Could you be dead?
You always were two steps ahead
Of ev'ryone
We'd walk behind while you would run
I look up at your house
And I can almost hear you shout, down to me
Where I always used to be
Era el tercer mensaje que le enviaba en lo que iba de semana. Sabía que no le contestaría, pero no le importaba. Al enviarlos buscaba liberarse de la ansiedad que le producía su incomunicación. Era la mejor manera de hablarle respetando su silencio.
Recordó que mañana miércoles había quedado con Fermín para ayudarlo con el ordenador.
Se secó la mano antes de coger la terminal para releer el mensaje. Hizo bien en guardar el número antiguo de Sara. Ella ya sólo lo activaba cuando iba, en agosto, a Cádiz, al pueblo de sus abuelos, donde su operador actual no tenía cobertura.
Tenía que averiguar cuánto tiempo guardan las compañías los mensajes sin abrir.
Tenía que…
¿ADELANTE?
©Nino Ortea, Gijón 18-XII-08