Ven y enloquece

Ven y enloquece
Aunque este blog lo firme Nino Ortea, pertenece a quienes lo sentimos nuestro al leerlo.

martes, 18 de enero de 2011

Bloguea o revienta

No hay peores miedos que los que alimentamos con nuestras inseguridades.

A la pavura cotidiana que me entra al mirarme al espejo –y verme eternamente despeinado, perpetuamente desdentado y sempiternamente desfondado– se une la congoja que me sale ciertas jornadas que terminan en “-o” y algunos días que acaban en “-s”. Y no es que a este narciso le de por mirar su reflejo en charcos de lágrimas, pues prefiero los espejos para mirarme de lejos. Y ya estoy acostumbrado a que en cuanto salgo a la calle, se repita la misma vieja escena:

Las mamás y los papás me señalan con el dedo para asustar a sus hijos. Los tenderos salen a gritarme por pufista y el vendedor de la ONCE –alertado por el sonajero de mi corazón al verte– me monta el copón por deberle un cupón. Nada extraordinario, más bien todo ordinario. Pues no tengo la culpa de que mi insulso vecindario se acueste cuando yo me levanto; ni de que me griten pensando que soy sordo, cuando en realidad no quiero escuchar.

El caso –sí, eso que TÚ nunca me haces– es que hay momentos en los que me siento triste; pues me invade la añoranza de lo que nunca existió o un replantearme ahora lo que no me planteé entonces. En esos momentos se me olvida todo lo bueno, desactivo mi inconsciente y prendo mi consciente. Lo que me lleva a rebobinar la bobina de mi película de lastimero cual Calimero.

Cautivo, preso y desalmado por los agentes de la realidad ajena, permito que me inmovilicen miedos ajenos. Consiento que me esposen fuerzas de un orden que para mí es caos. Se me extravía que no soy un producto en serie, sino un tipo serio cuando hace falta y muy “sirio” cuando me vienen con judiadas.

Pese a mi buena memoria, soy despistado y olvido lo inolvidable: que al sentirme mísero me vuelvo un miserable. Pues al hacerlo, estoy despreciando a quienes me aprecian y tienen a bien compartir su tiempo conmigo. En este sábado en que me dio por sentirme melancólico –lo mismo que en otros me vuelvo daltónico– Juan Antonio me demostró que me escuchaba cuando creía que yo sólo le hablaba a mi ego. Toni me invitó a pasar un día con ella alejado de mi ruido. Isabel resolvió con satisfacción uno de mis burdos enigmas. José me encaminó a una agradable conversación. Lucía me hizo sentirme importante al redemostrarme que le importaba. Pedro escapó del gulag de la espera para compartir su ánimo. Sara me recordó que ciertas sonrisas no son falsas. Fran me invitó buen vino y mejor compañía. Y yo, vivía ese sábado soleado con el ánimo de un lunes tormentoso, entregándome a una conmoción nada benemérita.

Soy terco, inconveniente y republicano. Un caso clínico de enamorado de las causas perdidas. Nunca seré un caballero pues no tengo caballo ni montura. Lo mío es caminar a mi capricho. Venga sol o venga lluvia, estoy loco por incordiar a todo lo incordiable.

Volverán momentos en los que me apresará una sensación de tristeza que trasmitiré como lobo que ulula a La Luna inalcanzable. No te preocupes. Soy maestro escapista de mis propias trampas. El secreto está en nunca perder la ganzúa que nos libera de nuestros bloqueos anímicos. Imagino que tú también tienes tus trucos, al igual que yo tengo los míos.

Entre otros avíos, tengo este blog. ¿Tú que tienes? Cuando vuelva a encarcelarme tras barrotes de tristeza, por favor, no olvides mandarme una lima de esperanza entre el pan de tus palabras.

Ahora, en esta tarde lluviosa de martes, me siento frente al teclado con ánimo e ímpetu: ¡Que me atrapen si pueden!

¡Rocanrol!

Nino