Ven y enloquece

Ven y enloquece
Fotocomposición a partir de una imagen de Eva Green en la película “The Dreamers”

domingo, 15 de enero de 2012

Rebajas de enero.

Apenas llegó, se instaló para siempre en mi vida.
No hay nada peor que afrontar una crisis desmedida.


Huyendo del frío, la agencia de calificación Standard & Poor’s buscó en las rebajas de enero y halló a nueve naciones europeas que ya estaban mal. Cansada de tanto esperar el euro verdadero, le dio por bajar la nota de la deuda a largo plazo de estos países. La mayoría de los ministros de economía descalificados –incluidos el español– vivieron historias de gritos y recesos, de tila y de sal. Pero el representante francés no. El muy impertérrito aseguró que su paso de la matrícula de honor al sobresaliente era un mero reajuste y que en poco tiempo las cosas volverían a su estado habitual.


Mi eterna condición de acumulador de asignaturas pendientes, me lleva –tras oír a este economista chovinista– a esas tardes de domingo en las que encontraba, por casualidad, mis notas escolares a entregar a primera hora del lunes. El firmante de mi padre, tras respirar firmemente y mirarme con firmeza, se sentaba y abría el boletín antes de destapar su caja de los truenos.
Frente a la ira de este zeus desatado, de nada servían mis explicaciones: “La profe de lengua no sabe ni leer, fíjate que no entiende mi letra”, “al de inglés sólo le interesa hablar de francés con mis compañeras”, “la de mate no comparte mi planteamiento frente a los problemas”… Para él, mis razones eran sólo excusas. Y mi promesa de que todo mejoraría con las siguientes notas, sólo servía para pasar él a encolerizado y yo a castigado. La de episodios de Yo, Claudio; Curro Jiménez o Poldark que me perdí a causa de mi destierro al este del edén televisivo, tras ser mandado a la cama sin cenar.


Por fortuna, el paraíso de Internet me ha permitido rellenar los huecos en las series; y de atiborrar mi panza hambrienta se ocupaban los tigretones que guardaba en mi mesita, en previsión de que mi padre se pondría a rugir como un león.
Por desgracia, ciertas deficiencias siguen ahí. Ya fuera de clases y aulas, sigo entrando en bares. Ayer, tras saborear un plato del día, le pedí la nota a la camarera. Se acercó y me dijo en voz alta: “Necesitas mejorar”. ¡Luego se quejará de que no le dejé propina!


Al igual que yo, España mantiene sus deficiencias. Nos organizamos según un sistema que ha dejado de funcionar. Una pretendida democracia participativa que debería establecer nuestras pautas económicas, sociales y de organización territorial. Pero en realidad nos dirigen unos poderes económicos empeñados en que todo siga como estaba, pues los políticos se muestran impotentes o indolentes frente a especuladores fantasmales.
¿Quién elige a esas agencias de calificación? ¿Quién les da poder? ¿Acaso el dios Zeus, que se carcajea desde el Olimpo al ver las tribulaciones de unos humanos que han dejado de creer en él?
Estoy seguro de que junto con las llaves de La Bodeguilla y el fertilizante para los bonsáis, cuando el Presidente llega a La Moncloa le dan una agenda con los números de teléfono aquellos que cuando no nos aprietan, nos ahogan. Pero claro, con esto de la crisis tanto Zapatero como Rajoy hacen las llamadas a cobro revertido y los descalificadores no les devuelven los honores.


Nuestra democracia no es participativa, sino punitiva con nuestros deseos y necesidades. La renovación cuatrienal de los cargos políticos me produce la misma sensación de regreso al planeta de los simios que sentía cada septiembre, cuando al volver al colegio cambiaban algunos nombres  y libros, pero el tedio era el mismo.

Vivimos tiempos difíciles, en los que no podemos confiar en que los que nos gobiernan nos ayudarán. Debemos ayudarnos nosotros a mantener la marcha. Al igual que me ayudaban mis compañeros cuando me contaban el episodio que no había visto, para que así pudiera seguir la trama de mis series favoritas.
Al final, papá, mis razones son verdades: ¡Los profes nos tienen manía!
Nino Ortea