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domingo, 25 de agosto de 2019

No luce la luna sin traerlas a mis sueños

Debo aceptar que me hago viejo –aunque me sienta rejuvenecer cada vez que me engalano de Nino Ortea–, y posiblemente por ello mi apasionamiento se ha vuelto más acomodaticio y cobarde. Muchos lo llamarán prudencia y madurez. En mi caso es puro vértigo al vacío de una vida que cada vez se escapa más deprisa. Vértigo que me lleva a alejarme de las instantáneas del Hoy y a cobijarme en las imágenes del Ayer.

Quizás por eso, más que un coleccionista de libros, películas o reprografía artística soy un acumulador: amontono sin ningún criterio fantasías ensoñadas por otras, sentimientos despertados en corazones ajenos o servilletas escritas por manos nerviosas de no tocarme. Quizá por eso más que redactor de historias, soy recolector de memorias asociadas a palabras de otros.

Fantasías, sentimientos o servilletas que se convierten en bofetones cuando quien me las dedicó yace en silencio eterno. Palabras que no luce la luna sin traerlas a mis sueños.




Videoclip de Radio Futura interpretando Annabel Lee. (C) 1987 RTVE/SONY MUSIC ENTERTAINMENT ESPAÑA, S.L.


lunes, 5 de marzo de 2018

El juego más delicioso

Resulta triste, aunque también lo encuentro curioso, el que ciertos actos que antes eran cotidianos ahora estén idealizados. Si el mero hecho de escribir una carta resulta inhabitual en nuestros días, ya nadie juicioso envía palabras de amor sencillas y tiernas. Y ya nadie talentoso compone canciones de amor como las que compuso Joan Manuel Serrat… El romanticismo ha quedado reducido a la Ficción, al igual que el heroísmo o la puntualidad. No en vano, encuentro mucho heroísmo en quien se atreve a enamorarse a tiempo y confía su corazón a intenciones ajenas.

En la vida real, quien bien te quiere siempre te aconseja que evites meterte en problemas. El sencillo acto de enamorarse lleva siendo el origen de muchas complicaciones desde que Adán y Eva desataron la ira de un dios intransigente ante el amor libre. Y es que a prejuicio de los cerebros más destacados —y de sus corazones enlatados— ¡¡el amor es el juego más peligroso!! Tenle miedo, mucho miedo, pues ese sentimiento hará de ti un tonto.

 
imagen de The Kid Brother, 1928, Harold Lloyd y Jobyna Ralston

Creo recordar que el contumaz Friedrich Nietzsche, en una de sus muchas reflexiones misóginas, venía a decir que el amor a una mujer es una encarnación de la pasión por el peligro que siente todo hombre de verdad. Para mí, que siempre me había temido un verdadero cobarde, fue todo un descubrimiento el saber que mi carácter enamoradizo no hablaba de mi debilidad ante la belleza, sino que elogiaba mi poca pereza ante lo azaroso.

Imagino que de haber leído esta reflexión intolerante de Nietzsche en su original alemán, el pavor de mi libido habría dejado lívido a mi corazón—idioma curioso el germano, donde incluso cuando te susurran parece que te están riñendo—. Pero, en mi bendita incultura, no sé alemán ni hago ademán de aprenderlo. Y siempre he ojeado las máximas filosóficas con una atención mínima, traducida en una búsqueda de ingenio mundano, no de sabiduría filosófica.

Y es que, atentoLector, luego de haber desoído las advertencias de tanto Zaratustra frustrado con la vida, y de haber correteado por el edén junto a algunas de las hijas más arrebatadoras de Eva, sólo puedo transmitirte mi experiencia mayéutica sobre el juego más delicioso: Una vez acabada la partida, el peligro está en volverte miedoso ante la oportunidad de empezar otro juego. Lo demencial está en no saber perder.

Si en algo coinciden mi persona y mi personaje, es por su pasión por el juego de la vida. Y el juego más divertido es aquel que se disfruta compartido.



Also sprach Ninortea. Ein Blog für Alle und Keinen.

Ich grüße dich, meine Liebe!

lunes, 22 de septiembre de 2014

Entre arritmias y anacronismos



Hay veces en que creo que el tiempo, no pasa, sino que nos pesa, como esa piedra que dejó desdentado al titánico Cronos.
Aseguran los que no pierden un minuto en imponernos la hora en que vivimos, que estamos en la “Era de la información”, en la que los avances tecnológicos contribuyen a mantenernos conectados con lo amado e informados de lo necesitado.
Una vez más, ni corazón de hojalata y mi cerebro de quita y pon me impiden comprender la verdad de esta aseguración. Quizá también influyen en mi incomprensión el que me conecto a Internet con señal prestada y que mi teléfono no es inteligente, sino un zapatófono de los que regala el Superintendente Vicente a todo agente licenciado con deshonor.




Y es que yo no quería estar con cualquier T.I.A, sino que ser tuyo, Lola. Por lo que en cuanto vi que, sin ningún respeto, me infidelizabas con un vulgar Anacleto, no hice ningún secreto de que me sentía un cateto.
Volviendo al tema del “tiempo que vivimos”, que es pensar en ti y me descentro, creo que sobrevivimos en la época de la desinformación y del desapego. Los teléfonos ¿inteligentes? atontan a muchos adultos, que ven en regalarle un móvil a su hijo impúber una oportunidad para escurrir el bulto de la responsabilidad.
¡Si le tienen más cariño al teléfono que al niño! Están todo el día pendientes de su pantalla, presumen de él ante sus amigos y si pasa un rato sin oírlo se ponen nerviosos y lo miran con rostro decepcionado.
Y en cuanto a lo de que la nuestra es una sociedad informada, creo que el periodismo no está viviendo su periodo más digno, sino uno que oscila entre el tremendismo y el adoctrinamiento. Eso sí, al final todos iguales; ya que tanto los medios de comunicación públicos como los privados son la voz de su amo repanchingado.
En estos aconteceres de llamadas a cuatribanda y mensajes automáticos, tú sigues fiel a tus procederes de hablarme con el silencio de las llamadas perdidas, Lola, mientras pierdo la razón y se me acelera el ritmo cardiaco intentando conjeturar por qué, yo que me vanaglorio como un gran simio, dejo que me trates como al  macaco más nimio.




Entre las arritmias de mi corazón y el anacronismo de mi percepción, no sé de qué te extraña el que no sepa el día en que vivo si no lo desvivo a tu lado.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Donde habite el olvido, por Luis Cernuda.





Es curioso el que seamos muchos los que creemos ver en la POESÍA algo ajeno, propio de un uso amanerado de palabras que no forman parte de nuestro lenguaje, sino de ese pseudolenguaje con el que “dicen los poetas”.


Me sorprende comprobar que hay poetas ajenos cuyas palabras los convierten en profetas propios. Tal es el caso de Luis Cernuda y su imperecedero Donde habite el olvido. Al que, quizá porque no se me impuso su lectura, he escogido en mi LIBERTAD.






Donde habite el olvido, por Luis Cernuda.


Donde habite el olvido,

En los vastos jardines sin aurora;

Donde yo solo sea

Memoria de una piedra sepultada entre ortigas

Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje

Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,

Donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,

No esconda como acero

En mi pecho su ala,

Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

Allá donde termine ese afán que exige un dueño a imagen suya,

Sometiendo a otra vida su vida,

Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,

Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;

Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,

Disuelto en niebla, ausencia,

Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;

Donde habite el olvido.

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