Ven y enloquece

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Ven y enloquece apoya la campaña de Nino Ortea a favor de la lectura responsable y los sentimientos apasionados

lunes, 10 de octubre de 2016

JOHN ROHNER, MARINO por Alfonso Font 4 de 4



Pese a lo leído, no crean que estamos ante un posicionamiento idealista o filantrópico. Les voy a referir a mis dos pasajes favoritos en la obra:

Pocas hojas más adelante, en el lance “La sangre del volcán”, veremos cómo el amor no sólo es presentado como una fuerza autodestructiva cuando se convierte en obsesión; también asistiremos a las maneras en que una deseable nativa humilla y anula a aquél que había cometido el error de convertirla en objeto de su atención.

O, en el soberbio relato final, “Los sembradores de estrellas”, disfrutaremos de un acercamiento acertado a la condición de ser diferente en una sociedad estereotipada, donde calificamos de monstruoso a lo disparejo; y en la que sentimos compasión hacia quien sólo nos pide comprensión.

A lo largo de los siete cuentos que componen este relato, todos ellos de una extensión que oscila entre las 10 y las 20 páginas, Font firma la que quizás sea una de sus mejores obras literarias. Como es habitual en él, deja que las acciones, y los diálogos definan a sus personajes, sin actuar de narrador omnisciente —sus textos de apoyo cumplen un papel bien lírico o explicativo— y sin asentar prejuicios en sus lectores. Es en lo breve del espacio donde despliega su destreza narrativa, al componer historias cerradas pese a contar con unos personajes repetitivos, que funcionan perfectamente de forma unitaria, prestándose cada una a ser leída en orden aleatorio.

Pese a que todas las leyendas presentan un arranque parecido —Jon rememora andanzas del pasado— y en muchas se incorporan fragmentos reales de la vida de Stevenson, su desarrollo e interpretación son múltiples, y difieren con cada lectura. Por ejemplo, al escribir estas líneas se me viene a la cabeza la coincidencia entre el número de capítulos y el de pecados capitales, a la vez que la forma en que todos éstos aparecen reflejados, incluso en los supuestos personajes positivos.

En cuanto a su trabajo gráfico, destaca una exaltación de la asimetría de los paisajes naturales frente a lo comedido de las figuras humanas, empequeñecidas en unos entornos que parecen idílicos en su plasmación realista. El coloreado, que no tiene que envidiar al de las acuarelas de William Turner, se plasma muy suelto, de gran luminosidad alternada con una bruma de abstracción lírica en el tratamiento de ciertas formas; trasmitiendo el conjunto de la obra una clara evocación naif.

Permíteme, amigo lector, no sólo aconsejarte la lectura de “Jon Rohner, marino” —una obra impregnada de la pasión de la juventud y que rezuma la experiencia de la madurez— si no sugerirte que se la regalen a un amigo. A ese amigo con el que les hubiera gustado compartir rutinas que a su lado se habrían convertido en aventuras.

Cuídate.

2 comentarios:

  1. Interesante entrada sobre algo que no conozco. Es interesante eso de Stevenson como personaje. Tiene sentido esa historia de la atención por una mujer. Creo que hay algo de eso en El diablo en la botella, con todo el peligro que afronta el protagonista por una mujer. Nada menos que esa botella que concede deseos, con aspectos indeseables. Se dice que hay quienes creían que Stevenson tenía esa botella.
    Interesante el dialogo en ese fragmento que incluís.
    Saludos.

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    Respuestas
    1. Hola de nuevo, Demiurgo:
      Sólo puedo agradecerte el aprecio y la cercanía que me regalas con cada uno de tus comentarios, GRACIAS.
      Aquí en España Stevenson se ha visto reducido a un autor para niños, no es fácil encontrar ediciones de cualquiera de sus obras y menos hacerlo fuera de las líneas infantil/juvenil de cualquier editorial. Es más, creo que mucha gente aquí atribuye sus obras a Poe, lo mismo que cualquier cita ingeniosa se vincula a Wilde.
      Un fuerte abrazo, Demiurgo.

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Hola, gracias por tu tiempo de lectura.