Ven y enloquece

Ven y enloquece
Aunque este blog lo firme Nino Ortea, pertenece a quienes lo sentimos nuestro al leerlo.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

TdAp: Movieland 03


Jerome Charyn // Movieland, chapter 10.
Two-Headed Man.
El hombre de dos cabezas.

10.3
Daniel Fuchs fue uno de esos guionistas que vivían dentro del laberinto. Llegó a Hollywood en 1937, el año en que nací, un año después de la muerte del yaciente Thalberg, “una pequeña y fina figura en una enorme cama”. Fuchs era un novelista de 28 años. No se había relacionado con el equipo del Algonquin. No era miembro de ninguna mesa redonda. Era un “interino permanente” en una escuela pública de Brighton Beach. Ganaba seis dólares al día. Era, a su manera, un hombre invisible.
Había publicado tres novelas, una trilogía sobre Williamsburg que fue recibida pobremente y había vendido un total de doscientas copias. Nadie en su vecindario le identificaba como escritor. Y el Williamsburg sobre el que escribía, no era ninguna escalera hacia el éxito. Philip Haynan, el protagonista de su primera novela, Summer in Williamsburg, se encuentra sin rumbo. La obra se abre con un suicidio y finaliza con otro, como si los límites estuvieran fijados para siempre. Los cables telefónicos que cruzan el piso de Philip “se asemejaban a los largos dedos negros de un esqueleto”. Y los gatos de la calle muestran “caras abultadas, crudas, parecidas a puños”.
Philip, el eterno novelista, entiende su Williamsburg. “Aquí todo era bello. El amor era una cálida broma... La poesía y el heroísmo no existían, pero sí las películas. La gente en sus pisos, vivía en un círculo sin importancia... Nacían, se hartaban de vivir, encallecían, resistían y morían”.
Fuchs dejó su trabajo en la enseñanza, su vida de “substituto permanente”. Un día dejó su clase y se fue a Hollywood, donde trabajó primordialmente en películas sobre gángsteres. No es sorprendente. Su trilogía está repleta de gángsteres y vidas de arrabal; como Papravel, y su pequeña banda formada por dos italianos, un negro y tres judíos. Papravel controla las rutas de autobús desde Williamsburg a los albergues de montaña de Catskill. Y, mientras echa de la calzada a las otras compañías de transporte, dice: “esto es sólo el principio, porque, recordar, aún hay un Dios sobre Norteamérica”.
Papravel es mucho más convincente que su sobrino Philip, precisamente porque no es un poeta. Él tiene el hedor y la furia de la gasolina, el olor de las pensiones, los aromas de un hombre abriéndose camino. Y es esa clase de tensión la que Fuchs capturaba en sus guiones, bien trabajando solo o como un hombre de dos cabezas.
The Gangster, con Barry Sullivan, giraba sobre un tipo salido del arrabal, al igual que Daniel Fuchs. En Hollow Triumph, Paul Henreid era un criminal con una cicatriz en la cara. El abrazo de la muerte, mostraba a Burt Lancaster como un ladrón entre ladrones. Fuchs ganó un oscar por Ámame o déjame, con Doris Day interpretando a la actriz y cantante Ruth Etting, y James Cagney como Moe “el cojo”, el marido mafioso que dirigió su carrera.
Yo había visto cada una de estas películas. The Gangster tiene toda la tristeza del mito. Recuerdo el traje a rallas que vestía Barry Sullivan, sus modales tranquilos, como si fuese un Philip Haynan convertido en Papravel. En Ámame o déjame, el infierno se cernía sobre un chico del Bronx. Lloraba cuando Cagney sufría uno de sus ataques de locura. Estaba loco por Ruth Etting. “Ruthie,” exclamaba, “Ruthie,” y destruía el mobiliario de un club nocturno. Pero no recordaba el nombre de Daniel Fuchs. Pertenecía al ejército silencioso que posibilitaba la película. Él no era Cagney, ¡por Dios! Él tan sólo era uno de los guionistas.
Y entonces, en 1971, como si hubiese regresado de entre los muertos, Fuchs publicó su cuarto libro, tras un lapso de treinta y cinco años. Era una novela más sobre Hollywood, West of the Rockies, sobre una actriz ya entrada en años. Fuchs no pudo regresar a casa, a Williamsburg. Pero debería haberme dado cuenta de que Hollywood era su casa. Había arrojado Williamsburg de sus sueños. Era como un inmigrante que había llegado a algún lugar al oeste de las Montañas Rocosas 1.
Los objetivos de su viaje se volvieron más claros cuando leí Days in the Gardens of Hollywood, un modesto libro de memorias que escribió para The New York Times Book Review en 1971. En él, hablaba de la tarde llena de alucinaciones en la que desapareció de su pueblo. “Me voy a Hollywood, Frank,” le dijo a un policía que se encontró en una esquina. Y se fue.
Fuchs era como un conquistador. Partía hacia un país subdesarrollado llamado California del Sur, “fresco, rebosante y por descubrir, en un principio... todo en esta nueva tierra era maravillosamente único, ardiente y amable”.
Ardiente y amable, como el sol de Hollywood.

¿Qué pasaba con las personas? Es sorprendente cómo se quedan aquí adheridos a los estudios, cómo éstos dominan sus vidas y mentes. Los estudios rezuman una excitación, una sensación de vida, una esperanza y un propósito, hasta cierto punto, difíciles de explicar”.
Era como el castillo de Kafka, aunque había ocho o nueve de ellos en La tierra de las películas, y podían ser “allanados” si uno poseía las credenciales adecuadas. Nada funcionaba sin estos reinos-castillo, Paramount, Warner, MGM... o formabas parte de las calles de sus laberintos o no existías.
Fuchs solía pasear por los decorados en las tardes soleadas, visitar “las calles del Western, los muelles, las vacías cocheras para trenes, el adormecido pueblo pesquero New Bedford con una ambientación de hace ciento cincuenta años. Veo a los bravos del estudio con sus disfraces y su perpetua actuación.”
Pero no era tan idílico cuando Fuchs tenía que bucear en su ensoñación. Él había pasado por “los holocaustos de Huntington Park y Long Beach, los furtivos preestrenos de sus propias películas, cuando la audiencia pincha”.
Una vez, en la decimocuarta semana de un encargo, durante la cual no había escrito una palabra, se pregunta si “puede pensar en alguna forma de cometer suicidio sin morirse”. Se ofrece a no cobrar, pero sus jefes lo miran como si estuviera loco. "¿Cómo podemos dejar que trabajes gratis?”.
Fuchs encuentra la respuesta “con una deslumbrante claridad que me asusta: “Todo lo que tengo que hacer para suicidarme sin morir es asesinar al productor”.
Siente un curioso afecto hacia ese “matón, cruel y despiadado” Harry Cohn de Columbia, quien al ver a Fuchs paseando por Beverly Hills con una caja de dulces, se recrea diciendo “que la elevada suma que su compañía le paga... se va en chocolates” y en el vestido azul que la esposa de Fuchs viste.
¿Qué hay del conquistador, Daniel Fuchs? Williamsburg ocurrió en otra vida. El crítico Daniel Golden ve una especie de angustia judía en el viaje de Fuchs. “El trabajo de Fuchs ha seguido a un segmento de su pueblo desde su desamparo financiero y físico en Brooklyn, a un empobrecimiento mucho más metafísico en la más adinerada y moderna California.”
Qué párrafo tan agradable y bonito; de novelista al estilo de Dostoievski, rico en espíritu, a personaje en “bancarrota” en Beverly Hills.
Pero yo veo un viaje diferente. No estoy tan seguro de que Fuchs se hubiera convertido en un mejor escritor de haber permanecido como “interino permanente” en Bristol Beach. Era la clase de trabajo pesado que habría derrengado un caballo. Yo debería saberlo. Fui un “substituto permanente” en una era posterior, un profesor itinerante de instituto.
¿Cuántos relatos sobre Williamsburg guardaba en su interior nuestro Daniel? Él buscaba nuevos territorios. Y, en mitad de la Gran Depresión, recibió un contrato de trece semanas con un estudio de Hollywood. Podría criar a sus hijos junto a arboledas de cítricos y árboles Joshua. “Aprecio mucho los huesos de sus cuerpos.” Y vivir en Beverly Hills no podía ser mucho más dañino que hacerlo en Williamsburg o Brighton Beach. Si Fuchs se vio “atrapado en los sueños adquisitivos y el aislamiento centrípeto de la cultura de los inmigrantes judíos”, lo mismo le ocurría a Jack Warner, Harry Cohn, Irving Thalberg, Louis B. Mayer y Darryl F. Zanuck, el cual ni siquiera era judío.
Por aferrarse a esas ciudades amuralladas, los reinos-castillo, y sentarse junto a Harry Cohn en el comedor de Columbia, no fue Hollywood quien mató a Daniel Fuchs. Cuando los viejos amigos le preguntaban cómo había caído en el silencio, Fuchs solía decir: “Yo escribo, a solas o en colaboraciones, partiendo de mi propio material o de otra fuente, por la mañana y por la noche, en el estudio y en mi tiempo libre, hasta que lleno los estantes y valoro la reticencia como la joya más escasa”.
Un hombre de dos cabezas en los jardines de Hollywood que nos dio The Gangster y Hollow Triumph. Guiones en lugar de los posteriores romances y planes de Philip Haynan y las tortuosas rutas de Papravel en la línea de Williamsburg a Catskill. Tal vez en otra época tengamos una teoría para guionistas principiantes que les proporcione una mayor cotización. Mientras tanto, Daniel Fuchs es un escritor que se casó con los reinos-castillo, no con Williamsburg Bridge. Y, ¿por qué? “Por la abundancia de trabajo, el placer del entretenimiento, los felices días de holganza; por los castillos y los soñolientos decorados; por todos los fortachones que he llegado a conocer, John, Bob y Sam; por las fiestas en casa de Barney, los buenos momentos en el bar de Phil, las flores, los sicomoros, las caricias del sol”.
Es un credo triste, así parece. El sacrificio de una creativa vida interior por un “asentamiento” en Hollywood, por una llave para todos esos pequeños reinos. Pero no tiene nada en particular que ver con la metafísica que describe Daniel Gordon, y sí con el temor. El novelista está aislado por naturaleza, debe vérselas a solas con el escaso talento que tiene,viva en California del Sur o en las salvajes calles de Brooklyn. No puede colaborar. No se puede “sentar” bajo el sol. Lo que convierte en conmovedoras las palabras de Fuchs, es saber que necesitaba la colaboración, la amistad y las flores tras los muros del laberinto.
1- West of the Rockies, en el original; jugando con el título de la novela y la ubicación de Hollywood al oeste de las Montañas Rocosas
©Nino Ortea Gijón 10-XII-08

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