Ven y enloquece

Ven y enloquece
Fotocomposición a partir de una imagen de Eva Green en la película “The Dreamers”

sábado, 27 de diciembre de 2008

TdAp: Movieland 07



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Jerome Charyn // Movieland, chapter 10.

Two-Headed Man.
El hombre de dos cabezas




10.7
Nunca trabajé en Los jardines de Hollywood, ni tuve que cortarme la garganta con un plátano, pero sé exactamente cómo se siente uno. Pasté en Hollywood, sobre el Hudson, en las oficinas que Otto Preminger tenía cerca del tejado del viejo edificio de Columbia en la Quinta Avenida: Sigma Productions.
Yo fui bufón y payaso en la corte de Preminger.
Era 1976, y Preminger, uno de los primeros productores independientes, un hombre que se había enfrentado a La Lista negra de Hollywood y al Código de Producción, acababa de sufrir uno de los fracasos más grandes en su carrera, Rosebud: una película sobre terrorismo árabe que era a la vez infantil e incoherente. The New York Times la consideró “consistentemente estúpida”. La revista New York dijo que era “un incruento fastidio”.
John Lindsay, antiguo alcalde de Nueva York, se había convertido en actor para Rosebud. Interpretaba a un senador de los EE.UU. cuya hija había sido secuestrada. Resultaba tan acartonado en la pantalla, tan lleno de pasión fraudulenta, que uno se olvidaba del tiempo, el lugar y la trama; y se maravillaba con la manera en que un ser humano podía convertirse en marioneta. Era como si la idea básica del Cine se hubiera desmoronado, y la cara de Lindsay tomara los aterradores rasgos de un hombre sin personalidad. Él no era un fantasma en la pantalla. Su ineptitud lo acercó, a carcajadas, a la audiencia.


Y “Otto el terrible” —que había sido tan poderoso como cualquier magnate, que podía salvar a un gran estudio con la recaudación de una de sus películas, contratar a un guionista de la lista negra, mandar a Hollywood al infierno, gobernar un presupuesto como un zar, encontrar el logotipo perfecto para Éxodo o Anatomía para un asesinato, enfurecerse cuando quería, despedir a la mitad del personal o a una estrella como Lana Turner— no parecía poder financiar su próximo proyecto.



Hollywood se había quedado repentinamente sordo respecto a Otto. Él contrató a un novelista como yo, que no tenía ninguna película entre sus créditos, para trabajar en un obscuro guión televisivo sobre el magistrado de la Corte Suprema, Hugo Black. El maestro estaba matando el tiempo, malgastándolo con una cadena televisiva, mientras soñaba con un contrato multimillonario, sobre el que ya había esculpido mentalmente todos sus detalles.

Tenía setenta años.

Sus ojos eran del azul que siempre habían atesorado los de Paul Newman. Tenía una maravillosa forma bailarina de caminar, como si el suelo tuviera que ceder ante Otto Preminger. Sus trajes podrían haber sido confeccionados para un rey persa. Se adherían a su cuerpo con una sensación sedosa. Todo sobre él, o alrededor de él, parecía hecho a su medida: desde las letras blancas de su nombre sobre una pared negra desnuda, a las moquetas gruesas y mullidas, o las venas azules de su cráneo. Él era hollywoodiense, al igual que Orson Welles, un personaje más importante que cualquier película que pudiera hacer.
Yo tenía que suponer lo que le había llevado a contratarme. Había leído una de mis novelas, al menos eso decía. Giraba sobre un detective de homicidios judío, al que asesinaban. Pero Otto nunca se refirió a la novela. Hablaba sobre Truman Capote. Sobre Thomas Mann.
El padre de Otto había sido fiscal general del Imperio Austríaco, el primer jefe de fiscalía judío que Austria había tenido. “Mi padre era muy inteligente”, manifestó en una entrevista. “Teníamos una relación hermosa, como la de dos hermanos”. Su madre fue “una mujer de gran corazón; pero, realmente, no desempeñó un papel fundamental en la formación de mi carácter”.

Otto fue un actor de teatro en su adolescencia, y comenzó a dirigir mientras aún era un estudiante universitario. Max Reinhardt, el director y productor más arriesgado de Alemania, lo puso al frente del Teatro Josefstadt antes de que Otto cumpliera los veinticinco. Preminger se convirtió en el joven príncipe de los directores y productores.
Dejó Viena tres años antes del Anschluss, cuando Hitler anexionó Austria a Alemania, como si fuera una provincia de papel.

©Imágenes: Saul Bass

ADELANTE


©Tradución: Nino Ortea Gijón, 27-XII-08

1 comentario:

  1. hola nino: fué un placer encontrar hace unos meses éste blog, a veces disentía, pero vale la diferencia, que encuentres a tu nutria, que la pases re bien,felicce vacaciones, buen año 2009 para todos,sobretodo sin violencia, besotes y hasta el año que viene.

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Hola, gracias por tu tiempo de lectura.