Escribir es Soledad;
pero también Alegría y sobre todo Esperanza.
Las musas son muchas y, por suerte, son desiguales, de
ahí que no sean monótonas. Hay días en que vienen todas; en otros no visita
ninguna. Esperanza es la luz del sol
que hace que mi corazón no tenga edad al escribir.
Los humanos somos diferentes. Eso convierte en un
estímulo el conocer a cada persona. Los humanos no somos bits en una pantalla
de ordenador, somos latidos en una playa de sentimientos. La vida está allí fuera,
sobre el asfalto. Aquí evocamos o ensoñamos lo vivido, tú y yo lo sabemos bien,
amable leyente.
No debemos sacrificar nuestra realidad para consolidar
nuestros sueños, el equilibrio entre Realidad y Deseo debe protegernos del
vértigo de la caída.
La soledad es adictiva, el aislamiento da una falsa
sensación de autocotrol y seguridad que, como mínimo, se traduce en torpeza
emocional en ciertos contactos sociales. Soy una persona individualista, no
asocial; ése es el referente de equilibrio que debo mantener presente.
La soledad –entendida como aislamiento– es mala
compañía a la hora de escribir narrativa. Impregna a mis fabulaciones de una
melancolía en su fondo, y su forma acaba embebida de esta evocación. El
resultado son textos con altibajos en su ritmo narrativo, al presentar
fragmentos donde no busco comunicarme, sino exorcizar esa melancolía.
Gracias por la esperanza que me proporciona tu
compañía, afable leyente.
El caso es que mi vida va pasando sin que me entere de lo que me está
ocurriendo. Lo que ayer era importante… hoy es irrelevante. Pero me queda el
consuelo de que mañana será un nuevo día en el que podré refugiarme en mi
monotonía. Los días de vino y de rosas siempre concluyen en noches salvajes. A
mis casi 60 septiembres, aún confío en que los excesos primaverales del fin de
semana saciarán mis carencias afectivas otoñales.
Cartel de la miniserie "Tin Man".
Me
miro y no me reconozco. Pero la culpa no es mía. Es del otro que sólo existe
reflejado en mi pellejo ajado, es de esas pastillas que juro que no volveré a
tomar, es de esos labios que perjuro que no volveré a besar.
Llega
un momento en el que al mirar atrás no veo experiencias, sino vacío.
Me
he comportado como el hijo de los padres de un artista que llega a ser aquello
que sus progenitores no se atrevieron a intentar. Incluso he superado sus
expectativas. No sólo soy más alto que ellos, también tengo un buen trabajo,
una casa de revista y una mujer florista. Los niños vendrán cuando toque, que
alguien me tiene que cuidar. Hago bien en esperar. Dorothy ya está vieja. Mejor
los tengo con una nueva.
¿El
corazón?
No
recuerdo la última vez que lo he usado, pero creo que “Vudialen” tiene alguna
frase ingeniosa sobre ese musculito. De momento lo he escondido allí donde
amontono las ilusiones. Siempre es mejor que tenerlo en un puño. Además, tomo “Danacol”,
hago ‘futin’ los domingos y sólo me
enamoro los años bisiestos que acaban en 3. Así que lo tengo como nuevo para “baipasearlo” cuando, en mi tercera
juventud, lo saque a “marcapasear”. Sé
que aún funciona. El otro día se emocionó al leer esta noticia luctuosa que mi apreciada
amiga Florcompartió en su blog
Pieza dramática de un solo acto
extraida del “dramtis personae” «El
teatrillo de Ninillo» (o “Las
deventajas de creerte aún un lazarillo cuando ya eres un viejillo”)
Se alza el telón.
Cortinas. Música dentro.
Sobre la música, las
cortinas se descorren lentamente.
Estamos en una plaza
de Gijón.
A la derecha –en términos
del lector–, la casa del cuentista que contará este desencuentro: Nino. A la izquierda, una iglesia. Al
fondo, tras los soportales, una perspectiva delicada y minuciosa de unos jardines.
Imaginemos también, amable leyente, un banco de piedra blanca a cada lado.
Sentado sobre el más
blanqueado está un hombre, alopécico y algo pésico (1).
Posa su terminal telefónica sobre el sitial. Exhala con profundidad. Observa cómo
se apaga la pantalla del teléfono. Guarda silencio. Se frota la comisura de la
boca. Emite varios gruñidos. Se incorpora de manera quejumbrosa, víctima de los
achaques de su edad provecta.
El casi sexagenario
se apoya en su bastón y parece encaminarse al fondo, tras los soportales, hacia
su casa. detiene su caminar vacilante. Con la mano izquiera saca un pañuelo y
se suena sus bacilos. Lo guarda. Mira hacia atrás y ve su móvil sobre el banco.
Su vejez ha convertido su despiste adolescente en desmemoria añescente.
Tose. Caminar acelereado
lo ha fatigado. Imediatamente se ha sentado. Una vez que el teléfono ha
recuperado, mira su pantalla embelesado y comienza un monólogo descarnado:
—¿Qué
me ha podido llevar a públicitar mi cumpleaños de manera tan dicharachera que
hay quien, desde su bien quererme, me quiere otra vez casado?
—¡Vade retro Satana!
—¿Quizá
mis palabras cabalgaron a lomos de encabalgamientos líricos?
—¡Sí,
pardiez! Sin duda me dejé llevar por mis infulas autoriales y mi regusto fluido
por el melodrama. ¡Sí! Ellas, que no yo, son las culpables de los malentendidos
que provocan mis textos al ser leidos.
—Leer
es un ejercicio fallido, que induce sensaciones de euforia. Si lo sabré yo, que
cada vez que veo el nombre de un escritor me convierto en escribano del mío.
Imagino que, hace unos días, cuando fabulé mi última “enninación” me creí “El
bardo de Avon”, yo que soy “El cardo de Xixón”.
Nino
se acerca a la pantalla, mira a todos lados para asegurarse de que el parque
sigue vacío y continúa su vaciado de pensamiento.
—Lo
más llamativo, afable leyente, es que podía haber sido modesto y ensoñarme como
el molesto Edward de Vere; o –ya saliéndome del tiesto– como Christopher
Marlowe. Pero no… ¡Voy y me las doy de William Shakespeare!
—Lo
que no tengo de enloquecido me sobra de engreido
–Nino mira atento a la pantalla del
teléfono, quiere asegurarse de que su monólogo está siendo convertido en texto–.
—El
caso es que la lectura de la atenta Flor parte de dos verdades. La primera de
las mitades es que estar estoy casado, aún, según la doctrina de la Iglesia. La
segunda es que la noche antes de escribir mi texto equívoco, había visto un
episodio de la que es inequívocamente una de mis teleseries favoritas: “”Moonlighting”.
Episodio donde se loa al gran Shakespeare y se satiriza lo atómico del
matrimonio.
Justo en ese momento
la música vuelve a resonar.
—La
única diferencia está en que en nuestra boda el que sonó fue Prince; ya que mi
desposada Gominola no tenía
nada que envidiar en encanto a la encantadora Cybill. Así que imagino que ha
sido el destino el que convirtió mi desatino en un texto cristalino para una
lectora que me lee con el corazón más que con celazón.
—Obre
este texto como pretexto para agradecerle a mi amiga Florsu aprecio y para celebrar nuestra amistad. La vejez es una fierecilla que, por
el momento, tengo domada.
Cae el telón. Se escuchan
unos pasos alejarse, mientras un silbido desabrido intenta imitar la música de
la teleserie "Luz de luna"
.
Gracias por tu
lectura de esta nueva chapuza literaria.
Desde aquítambién felicito y le envío un saludo muy especial a mi estimado amigo Nino Ortea, con todo mi cariño y respeto por su persona y cuanto escribe. Por un tiempo él dejó de escribir en su blog. Te echamos de menos, amigo...Su último libro “Donde vive el recuerdo” https://www.amazon.es/Donde-vive-recuerdo-Nino-Ortea/dp/1086743520 lo tengo estos días en mi cabecera.
Lo que más me gusta del Nino escritor es su “dulzura” realista al escribir. Las cosas del vivir cotidiano las convierte en fantasías, y en ellas, el lector puede entender que hay palabras escritas con la sonrisa, para que no se parta el corazón. Ellas sostienen las escenas de la narrativa, y hacen que la obra luzca bella, quizá imborrable. Y entonces llega esa parte del libro donde la alegría del aire se siente fresca sobre la piel... Y sé que a otros lectores, al leer sus pasajes, le invaden sensaciones especiales, igual que siento yo.
“La mayoría de las personas son otras personas”, dijo Oscar Wilde, y pienso que con razón. Y ahí, en el lado propio, es donde encuentro a Nino, porque él sí es EL.
Y ahí, en el pasaje 42, que lleva por título: “No te asustes, mi niño, pero...” Las palabras cuentan lo que la narrativa de Nino no esconde...
“Con el paso del tiempo he comprendido que todos somos personajes y que nuestros actos responden al dictado de un destino tan cruel como lo es un escritor con sus creaciones una vez que no sabe qué hacer con ellas. Con el tiempo he comprendido que no hay mayor acto de libertad que el de decidir cuándo morir, y que no hay mayor piedad que la de ayudar a tus seres queridos a alcanzar esa libertad”.
Gracias, compañero.Un million de soleils pour toi!
Mi querida Clarisa:
Me he emocionado al leerte, emoción que me ha llevada a las lágrimas. Temía que mi corazón se había vuelto insensible, gracias por haberme demostrado que aún late ante el afecto.
Mi situación personal no es tan extraordinaria; pero reacciono ante ella con torpeza e inseguridad. Mis miedos e inseguridades me aíslan, me refugio en la soledad, gracias por sacarme de ella e invitarme a cruzar junto a ti el puente de la amistad.
No sé a qué se debe la suerte de contar contigo en mis vidas (en la personal y en la creativa), pero me reconforta el saber que estás a mi lado. Gracias por tenerme presente en tu ánimo y por haber comprado “Donde vive…”. La novela tiene poco de novedosa para una lectora tan atenta como tú; y no tengo novedades que compartir con una persona tan generosa como tú. He dejado que la realidad seque la fantasía. Tus palabras son lluvia fértil para mi vigor baldío.
Me comporto como ese “poema exiliado en el cajón”, sobre el que escribes. Confío en iniciar “otro comienzo alzado de la ruina que ahora invade”. Tu afecto palía mi aflicción. GRACIAS, compañera de vuelos.
Os deseo lo mejor a ti y a los tuyos, Clarisa. Ahora y siempre.